Crítica: Call Me By Your Name de Luca Guadagnino

Por Martín Godoy 0

Crítica: Call Me By Your Name de Luca Guadagnino

Desde el festival de Sundance del año pasado se viene comentando (si no alabando) esta película. Con la chapa que han dado ya puede merecer la pena. Ayer vi Call me by your name y hoy os la cuento.

Elio, el adolescente más ilustrado de Italia, pasa el verano con su familia en un cortijo que quita el hipo. Se tira el día leyendo libros en arameo, transcribiendo música clásica, dando vueltas con la bici… en fin, que está más aburrido que una mona. Todo cambia con la llegada de Oliver, un americano que va a vivir con ellos para ayudar a su padre durante unas semanas. Al principio Elio le tiene que dejar su cuarto y le sienta como una patada en la boca. Sin embargo, pronto su cuerpo, hasta ahora impúber, empezará a reaccionar con agrado al nuevo invitado, desarrollándose entre ellos una especial relación.

Resulta que la expectación era fundada, mira tú qué cosas. El film, dirigido por el ahora admiradísimo Luca Guadagnino, nos guía por el viaje de autodescubrimiento de su protagonista, y lo hace de una forma sosegada, sutil, tan veraz que emociona. Elio es tan solo un adolescente al que, este verano, sin él esperarlo, le ha tocado madurar. Y vamos a madurar con él. Porque Guadagnino te transporta de nuevo a tu adolescencia. En lo bueno y en lo malo. Muestra el desconcierto propio de la edad, la incertidumbre, el “quiero, pero no”. Independientemente de la historia concreta, consigue que nos veamos reflejados en los pequeños detalles. Esos matices que revelan el amor del que aún no sabe qué es enamorarse.

Para ello, el director se apoya en una cuidadísima realización; en una ambientación y exteriores preciosos (rodando en Italia, como para no); en una banda sonora a medida; y, sobre todo, en la actuación de sus protagonistas. El peso del film recae sobre Timothée Chalamet, que no ha cosechado más que elogios y nominaciones desde el estreno. No es de extrañar. Poco le hace falta decir para hacernos entender por lo que está pasando. El deseo y la indiferencia. La pasión y el rechazo. La ilusión y el desencanto. Un ejemplo de ello son los créditos finales (¡cómo aguanta un primer plano, el jodío!), en los que su expresión refleja cómo hace suyas las palabras de su padre. Porque esa es otra. El final es desgarrador, pero culmina con un monólogo memorable. Todos los diálogos están bien, en general. Son inteligentes y comedidos, sin exagerar el mensaje (a veces demasiado discretos). Eso sí, las conversaciones se pasan un poquito de pedantes.

La película es además un retrato certero del verano. El entorno, la diversión, la abulia, la quietud, las moscas. Se sienten las vacaciones. Aunque tampoco es perfecta. Los cortes entre escenas son como hachazos del editor. Duelen. Además, da la sensación de que Elio podría cuidar más su higiene personal. Después de comerse el melocotón (ya veréis…) se limpia un poco en la sábana y a dormir. Ese chaval se levantará pegado. Pero bueno. Os animo a ir a verla pronto. No sé cuánto durará en cartelera. Las salas de cine no siempre se rigen por la calidad. Culparemos al capitalismo.