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Eurovisión 2018: chica gorda, chica feliz

Por Diego José Fabián 0

Crónica del festival de Eurovisión 2018 que tuvo lugar en Lisboa

Eurovisión, eurofans. Amor, odio. Este pasado fin de semana he tenido la suerte de asistir en directo con un grupo de [email protected] al programa-concurso musical más importante del universo (y eso es así).  Como no podía ser de otra manera en un país atrasado en tantas cosas como España, tuve que oír insultos varios en muchos de mis círculos cuando asociaron la fecha con mi estancia en Lisboa. Que si eres un friki, que si Eurovisión es para “maricas”, que si eso solo lo ven mis padres… Los tópicos de siempre, vaya. Pero me río. Y os puedo asegurar, que la mayoría del público era gente joven. Con lo que los que ven declive, pueden callarse de una puta vez.

El caso es que a las 20.00 horas del sábado (hora local lisboeta, una menos que en España, que me costó asumirlo), el festival comenzaba con la apertura por parte de las fadistas Ana Moura y Mariza. A esa misma hora, en el Eurovision Village de la Praça do Comercio, las colas para acceder al recinto llegaban casi hasta la Torre de Belém. La ciudad se vio desbordada ante la presencia de eurofans llegados de toda Europa, aunque la presencia más notoria fue sin duda la española. Otras, como la irlandesa, fue algo menor, pero ruidosa como en el fútbol. Un grupo de cuatro chicas ataviadas con los tréboles verdes típicos del país amenizaron con sus cánticos descocados el largo rato que tuvimos que aguantar de cola para acceder al Altice Arena. Creo que iban un poco borrachas.

Después de toda esta maraña aperturística, Ucrania con Mélovin inauguraba el concurso con su piano incendiario, que bien se podría haber ahorrado tranquilamente. No impactó al ser algo ya muy visto. Alfred y Amaia fueron los siguientes y sinceramente, no sé si lo hicieron bien o mal, ya que ni se les escuchaba al estar medio estadio (la furia española) coreando “Tu canción”. El puesto final (23) parece decir que fue una mierda, pero no es menos cierto que “Europa no nos comprende”. Eslovenia con Lea Sirk presentó uno de los mejores temas de esta edición, en clave R&B, sin embargo, solo consiguió un puesto por encima de España. La lituana Ieva Zasimauskaité pretendió ganar dando pena, y eso en Eurovisión, es jugar sucio. No lo pasó del puesto 12. Después se enlazaron las actuaciones de Austria y Estonia, de lo mejor de la noche. Cesár Sampson logró un muy meritorio tercer puesto para los austriacos y la soprano Elina Nechayeva, con una voz que debió romper alguna de las copas de champán que circulaban por los sofás de los artistas, dejó a los bálticos octavos. Noruega volvía con Alexander Ryback y aunque pasen los años, este chico sigue siendo un dolor de muelas; acabó el 15 y gracias puede dar. Portugal quedó último con Clàudia Pascoal, pero ya se sabe que la canción anfitriona en Eurovisión suele pintar poco por la improbabilidad de ganar 2 años seguidos; aunque la chica lucía un interesante color de pelo.  A Reino Unido solo le faltaba ya que un imbécil le boicoteara la canción: Sun Rie fue despojada del micro durante unos segundos, aguantó bien el tipo dando palmas, y cuando la seguridad se lo devolvió siguió cantando visiblemente enfadada.  Creo que es la estocada definitiva para que la BBC abandone definitivamente el festival. Serbia con Sanja Ilic & Balkanika solo llegaron al 19 con su mezcla de folk gótico y tecno, pero un pajarito que andaba por Lisboa me dijo que por la mañana en la final de las familias se alzaron con el primer puesto como falsos ganadores de Eurovisión 2018 y que no lo celebraron, porque su sofá lo ocupaba un figurante. Qué cosas.

La canción alemana de Michael Schulte, para ser soporífera, logró un injusto cuarto puesto. Albania con Eugent Bushpepa hizo una gran ejecución con una canción que no termina de enganchar (11). Sí se pega más Francia con  Madame Monsieur, pero aún le fue peor (13). Del sosito de Chequia (6), prefiero no comentar. Como de Dinamarca (9), que con Rasmussen recurrieron al ya tan sobado mito vikingo. Jessica Mauboy por Australia  (20) cantó regulera pero lució el mejor vestido de gala. Incomprensible fue que la finesa Saara Aalto concluyera penúltima, porque tenía un rollazo gótico de quitar el hipo. Bulgaria con Equinox tampoco fue muy allá (14), pero sus juegos vocales merecían estar entre los 5 primeros, al igual que Serbia, es un tema que no entra ni a la primera, ni a la segunda, pero que te acaba gustando. Moldavia (10) con DoRedos, continuó con su habitual tónica de canciones infames pero muy divertidas; algún día darán la sorpresa y se liará parda. Benjamin Ingrosso, de Suecia (7), presentó un tema funky que me está terminando por gustar y al chico se le vio implicado. Ya se sabe que los nórdicos son de tradición eurovisiva y se lo toman más en serio que nadie.  La intensidad se apropió de la recta final con el fuego rockero de los húngaros AWS, que elevaron a 45 grados la temperatura del Altice, pero no fue suficiente para pasar del puesto 21. Y llegó el momento de la ganadora final, la israelí Netta, que con su “Toy” fascinó a la mayoría, –detractores tampoco le faltan- arrancó sonrisas, obtuvo bailes, buen rollo, colorido… quizá por su aspecto (está entrada en carnes), su vestimenta y su maquillaje, los anti-Eurovisión se jactarán con el frikismo, -pesados- pero creo que no hay mejor manera que esta canción y su puesta en escena para mandaros a tomar por culo. Holanda (18) e Irlanda (16), tras el espectáculo de Netta, fueron intrascendentes (el niñato irlandés algo más) y así salió al escenario Eleni Foureira por Chipre, que con “Fuego” parecía ser la ganadora de calle y acabó segunda. Al menos, Europa, ya tiene a su Beyoncé. Y el temazo sonará este verano tanto en garitos de mala muerte como en discotecas elitistas. El cierre con Italia (5), representada por Ermal Meta y Fabrizio Moro, me pilló ya de camino a la barra del bar y no les hice ni puñetero caso.

Durante el descanso antes de las votaciones se vivieron dos momentos memorables. En primer lugar, el ganador de 2017, y la razón de ser que nos llevó a Lisboa, Salvador Sobral, interpretó la victoriosa “Amar pelos dois” mano a mano con Caetano Veloso y las lágrimas entre el público eran palpables. Hay canciones para reír, para gritar, para dormir, etcétera, pero esta siempre, siempre y siempre será para emocionarse, llorar y sentirse feliz. ¿Cuántas canciones han ganado Eurovisión a lo largo de la historia? He perdido la cuenta, pero lo que nunca olvidaré es que en 2017 venció Portugal. Punto.

El otro puntazo del descanso fueron las reacciones del público al ver el extracto de cada canción repetida en pantalla. Cada vez que salía Netta, todo el mundo coreaba y ya se hacía presagiar el segundo puesto de Chipre.

En las votaciones, tras las puntuaciones casi siempre obvias de los jurados, la parte maquiavélica se vivió con los resultados del público. La lucha final fue a muerte entre Israel y Chipre, lo esperado. Italia se coló de improviso, pero hubo un momento en que se mascó la tragedia ante la posible victoria de Moldavia. Tardaban tanto en darle los puntos (aquí la tardanza es buena: más tarde, más puntos) que por un momento el primer puesto parecía posible. Para morir.

Tras todo esto, Salvador Sobral le cedió el micro de lentejuelas a Netta, que repitió eufórica su actuación y nos citó a todos en Israel 2019. Y estaba tan feliz…

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