Crónica del concierto de Beyoncé y Jay-Z en Barcelona (Estadio Olímpico)

Por Marta Vélez 0

Este pasado miércoles Beyoncé y Jay-Z demostraron por qué son la pareja de los 1.000 millones de dólares. El Estadio Olímpico de Barcelona cayó a sus pies y conquistaron tanto al los casi 50.000 fans como a los que, como yo, acabamos allí un poco sin saber ni cómo. Me explico: probablemente esta será la única crónica que leáis al respecto de alguien que no conoce nada de la discografía de la gran diva (vale, el “Crazy in love”, sí), y mucho menos de la del Jay-Z . “¡Sacrilegio¡ ¿qué hacíais allí?” Pues cubrir a un periodista que no pudo venir. Animada que es una. Yo, que la noche anterior había visto a Pearl Jam, uno de mis grupos favoritos, acabé disfrutando casi tanto como con ellos con la diosa Bey y su marido. Mi culo no podía estarse quieto en el asiento viendo como ella movía el suyo de esa manera que solo Beyoncé puede hacer. Menudas coreografías, me quito el sombrero. Qué poderío, qué voz, y qué todo. Bien, empecemos, que me lío.

El matrimonio de artistas más famoso sobre la faz de la tierra venían a Barcelona con su gira “OTR II”, (“on the Run II) a justificar su amor y a demostrar al mundo que se han reconciliado tras sus cuernos públicos. Desde luego, hay dos modos de contar en público la infidelidad si eres un artista: o “te haces un Sonic Youth” ( léase, disolvemos el probablemente mejor grupo “noise” de la historia y de paso Kim Gordon se despacha a gusto y lava los trapos sucios en un libro) o haces caja. Sinceramente, esta última opción es, para los fans, mucho mejor. Sí, todavía estoy cabreada con el Thurston.

Pues bien, Beyoncé parece haber perdonado y olvidado la infidelidad que Jay-Z contó en su tema “4:40” y ella en su disco “Lemonade” y, de hecho, ha salido fortalecida. Ella es la diva de los dos, él es un mero consorte, no nos engañemos. Y sí, sé que tiene tropecientos Grammys y que es de los mejores en lo suyo, que a pesar de no ser fan me he documentado in extremis. Pero si vas como yo casi de nuevas y te plantas y ves el espectáculo, es ella la que parte el bacalao. Las miradas son para Bey, los gritos y los aplausos. Y, me apuesto la mano, la mayoría de los que estuvieron allí fueron a adorar a su particular reina. Los temas del rapero en solitario no desmerecían, no me entendáis mal, pero ni sus cambios de vestuario casi al nivel de su mujer ni sus canciones tuvieron la misma acogida.

En total fueron más de 30 temas y casi 2 horas y media de concierto milimetrado. Un despliegue de medios como no he visto nunca. Ni sus satánica majestades están al nivel. El escenario, leí antes de ir y corroboré, es uno de los mayores que se hayan podido ver en una gira, con dos pasarelas que se adentraban hasta casi la mitad del estadio, una plataforma flotante que se movía hasta mitad de la pista y un muro-pantalla gigante que dejaba a ratos ver la estructura de varios pisos donde se lucían casi 20 bailarines y 30 músicos. Yo, ilusa de mí, hasta que abrieron la pantalla estuve pensando que quizá lo llevaban grabado. Mentalidad de pobre, dice mi marido. Y es que aquello sonaba demasiado bien. Como para no: una banda increíble acompañaba a los tortolitos.

Fui pensando que tras haber publicado juntos (con el alias de The Carters) el álbum, ‘Everything is love’ sería el protagonista del grueso del concierto, pero fue al revés: ni una. Tras comprobar el set list al acabar el concierto (no os penséis que me dio tiempo a empollarme dos discografías en unas horas) corroboré que no había ni rastro. Arrancaron, eso sí, con ‘Lemonade’ siguieron con ‘4:44’, de Jay-Z. Es decir, con el temita candente. Ya nos había quedado claro con las imágenes que iban apareciendo cada ciertos temas en las pantallas gigantes. Un poco empalagosas, no os voy a engañar: que si os enseñamos la pedazo de choza, que si mirad que piscinaca, que si vaya movida, te he pillado… que si ahora nos reconciliamos en vete a saber qué isla paradisíaca, que si mira a mis niños, que si nos grabamos a punto de… ¿de verdad era necesario? Para mí estos mini vídeos fueron lo más hortera y prescindible de la noche. Que sí, que ya nos ha quedado claro que ahora la princesa y el macarra se quieren a tope otra vez. ¡Seguid bailando!

Los temas que más arrancaron ovaciones y que más me sorprendieron a mí fueron ‘Holy grail’, con Beyoncé sustituyendo a Timberlake, ”03 Bonnie & Clyde” y “Drunk in love” de Jay-z que es, la verdad, un temazo. El rapeó de lo lindo con “Clique” o “Fuckwithmeyouknowigotit” y “Formation” encadenada a “Run the world (Girls)” (otra que me sonaba) fueron un no parar de bailar. Hubo de todo, con algún baladón (“Resentment”) incluso, pero los mejores momentos fueron los coreografiados hasta el extremo, con bailarines superdotados acompañando a una Beyoncé mayúscula, en voz, estilo y ritmo mientras Jay-Z daba saltitos. Pobre. Si al final me acabó dando pena y todo, entre la redención y esto.

“Niggas In Paris” y “Crazy in love” fueron momentazos de esos que no se olvidan: público extasiado, fuegos artificiales y llamaradas, que calentaban literalmente más la cálida noche estival. “Freedom” y “U don’t know” fueron la traca final hasta llegar a esa versión del “young” de de Alphaville en versión semi rap que hizo unirse en un canto global al estadio entero. Sí, esa yo también la cante.
Resumen: maravilla de concierto. “Si ha tocado en Coachella no sé por qué no iba a poder disfrutarlo yo, ¿verdad?”: Eso me iba diciendo a mí misma camino del estadio. Volví casi flipando y llamé a mi madre de camino a casa para decirle: “No te lo vas a creer, acabo de ver a Beyoncé”. Y no hace falta que le explique quién es, claro. Igual que conoce a Pearl Jam a sus 66 porque me compraba los discos de adolescente, Beyoncé, directamente, no necesita presentación. Es una artista global, al nivel mediático de Michael Jackson o Madonna. Y, visto lo visto, no es casualidad. Larga vida a la Reina Bey, y de paso, a su marido.

Web Hosting