Crónica del Download Madrid 2018

Por Álvaro Martín Revuelta 0

Os contamos todo lo sucedido en el Download Madrid 2018 con Judas Priest, Parkway Drive o Rise Against como triunfadores.

Segunda edición española del festival metalero por excelencia al que asistieron más de 100.000 personas (una media de 35.000 cada día). Buena organización, urinarios bastante limpios, precios excesivos (sobre todo en la oferta gastronómica) y algunos detalles importantes que pueden tener complicada solución: el mal olor y las comunicaciones. Lo primero puede ser un factor decisivo para el devenir del evento, porque parece complicado trasladar o mitigar los efectos de una depuradora de aguas ubicada muy cerca del recinto, a orillas del Manzanares. El olor fétido y podrido era muy desagradable. En cuanto al transporte, un error no haber dispuesto de más opciones dentro del servicio público, ya que incluso los afortunados poseedores de vehículo propio no dispusieron de un servicio de parking como el año pasado.

DÍA 1 (Jueves 28)

Comenzamos el periplo con Backyard Babies (Stage 2), pioneros en lidiar con uno de los “problemas” que sufrieron todos los grupos que actuaban a primera hora de la tarde: un calor asfixiante. Tardaron en apretar el acelerador, pero la capitanía del frontman, Nicke Borg, sirvió de acicate para desarbolar el barullo de sonido que emanaba de la guitarra punkarra de Dregen con “Made Me Madman” o “Dysfunctional Professional”. Estrenaron tema nuevo (“Shovin´ Rocks”) y remataron con “A Song for The Outcast”, “Nomadic” y el ya clásico “Minus Celsius”.

Arch Enemy por Alfredo Arias

Ya en el escenario Principal, otro de los denominadores comunes que se repetiría durante las 3 jornadas: el sonido fue sensiblemente peor que el del recinto secundario. Los suecos Arch Enemy fueron la primera víctima. Y eso que el tridente formado por la vocalista Alissa White-Gluz y sus dos compinches a la guitarra no se intimidaron por las “inclemencias” técnicas y climáticas. Con la pasión escénica que la garganta de Alissa atesora –aunque sonaba demasiado baja respecto a sus compañeros-, las idas y venidas de sonido fueron la nota predominante en un setlist marcado por su último trabajo de 2017 (Will To Power) y acompañado de un repaso discográfico donde tuvieron cabida “The World is Yours”, “War Eternal” o “The Eagle Flies Alone”, para cerrar con “We Will Rise” y “Nemesis”.

De vuelta al Stage 2, el encaje de grupos en los horarios dejan estampas surrealistas y que suponen un reto para grupos acostumbrados a shows con la noche como protagonista. Kreator y su thrash suplieron el peso visual de sus luces y llamaradas con ¿serpentinas? y columnas de humo. Funcionó mejor la llamada al respetable para que botaran como posesos con frenéticos “pogos”. Tras un comienzo rítmico dubitativo con “Phantom Antichrist” y “ Hail To The Hordes, “Enemy Of God” introdujo su dinámica más conocida. Tras “Hordes Of Chaos”, el punto final a su repertorio lo pusieron “Violent Revolution”, “Pleasure To Kill” y la despedida con “Apocalypticon”.

Que Marilyn Manson ya no es el artista transgresor que cubrió el rock industrial con un manto efectista de glam oscuro es vox populi desde hace años. Su forma física, vocal y su actitud están ya muy lejos de los gloriosos años 90, a pesar de retomar el pulso cada ciertos minutos de su show con momentos álgidos (y esperados) como “Sweet Dreams”. Cumplidor por contrato y acompañado de un atril y una lona como único atrezzo, a duras penas sus conciertos seducen más allá del pulso nostálgico. Arrancó con “Irresponsable Hate Anthem” y “Angel with the scabbed wings”, transitó por caminos conocidos (“Disposable Teens”) y se desdibujó con los nuevos temas. Tras invitar al escenario a algunos de sus más acérrimos para compartir unos minutos, finalizó magistralmente con la dupla formada por “Antichrist Superstar” y “The Beautiful People”.

El punk/hardcore melódico (y comprometido) llegaba al escenario 2 con Rise Against. Nuevamente gran sonido en este recinto, mucha conexión con propios y extraños -su vocalista Tim McIlrath se homenajeó con un crowdsurfing entre el público- e intensidad libre de ornamentos visuales. Si suman la calidad de la guitarra de Zach Blair y la garganta de Tim, los de Chicago tienen asegurado un show con nota alta. Dosificaron las canciones diseminadas por su discografía sin perder de vista a su último álbum Wolves (2017): “The Violence”, “Survive”, “Ready To Fall”, “Welcome To The Breakdown”, “Give It All”, “Savior” (cientos de voces se alzaron al unísono), “People Live Here” y “Player of the Refugee” como broche final.

Avenged Sevenfold por Alfredo Arias

Sensaciones encontradas cuando hablamos de uno de los platos fuertes de la jornada: Avenged Sevenfold. Dejando a un lado que el grupo es un compendio de la suma notable de grandes influencias, la parafernalia visual protagonizada por vídeos, fuego y demás juguetes escapistas (un globo) desborda una carente personalidad que seduzca desde las tablas. Ningún pero, eso sí, a la ejecución de su mezcla de hard rock y heavy de corte clásico: la simbiosis entre los guitarras Synyster Gates y Zacky Vengeance resulta en una sinergia notable donde se unen la voz de M. Shadows (alternó momentos desgañitado con otras fases más templadas, contemporizando las fuerzas) y el virtuosismo de uno de los mejores bateristas del mundo: Brooks Wackerman. Abrió fuego “The Stage”, continuó “Afterlife” y las coreadas “Hail to the King” y “Welcome to the Family” hasta llegar al exquisita rítmica de “God Damn”. Hubo tiempo para los homenajes a los ausentes (Vinnie Paul y el fallecido batería de la propia banda, Jimmy, en la pantalla con “So Far Away”) y alcanzaron el climax con “Nightmare”. A partir de ahí, de más a menos, tortuoso camino aderezado por las voces del público, quienes llevaron en volandas al grupo hasta el cierre final con “Unholy Confessions”.

El Stage 2 bajaba telón con un grupo muy deseado y que no se prodiga mucho por nuestras tierras. La lluvia (que hizo acto de presencia al filo de la medianoche) se detuvo cuando comenzaban A Perfect Circle, pero otro tipo de agua fría cayó como un jarro sobre los asistentes en uno de los momentos polémicos y tensos de la edición de este año: durante el primer tema (“Counting Bodies Like…”), el sonido de los angelinos se apagó (paradójicamente en el escenario bendecido por la técnica de las mesas de mezclas, como ya hemos comentado anteriormente). El caso es que la “avería” debió de ser compleja, porque la actuación se detuvo durante casi media hora. Levantaron el vuelo como si no hubiera pasado nada: “The Hollow” y “Weak And Powerless”. La intensidad de la atmósfera etérea de la banda de Maynard James Keenard alcanzó altas cotas con “Disillusioned”, “The Contrarian” o “Thomas”. Bañadas con un exquisito juego de luces y proyecciones marca de la casa, tras “The Doomed”, “SoLong, and Thanks for all the Fish” y “The Outsider” nadie de la organización tuvo en consideración compensar la gran pérdida de tiempo acumulada al comienzo. Y antes de llegar a las 2 de la madrugada el grupo se despidió ante las miles de caras de asombro de los congregados. Un error imperdonable.

DÍA 2 (Viernes 29)

California daba la bienvenida a los asistentes para iniciar la segunda jornada desde el Escenario 2. Cuna de grandes grupos y estilos, entre toda la mezcolanza de géneros que se fusionaron durante la década noventera, el post-hardcore sirvió de crisol para aunar riffs potentes, experimentación, agrias melodías y el lamento emo. Thrice ya han superado cualquier etiqueta desde hace tiempo, imprimiendo elegancia no solo a su música sino a sus directos. A ello contribuye el armazón compacto tejido bajo la batuta del cantante Dustin Kensrue y plasmado en temas que arrastran al espectador desde la calma (“Exile” o “Deadalus”) hasta la ira (“Black Honey” o “Silhouette) pasando por la épica de ambas facetas (“Hurricane”). Los fans disfrutaron también de un nuevo single (“The Grey”), el cual indica que el futuro del grupo pasa por un nuevo disco.

Bullet For My Valentine son eternos aspirantes a entronizar el metalcore como género popular dentro de la escena heavy/metal, pero a pesar del empeño tras dos décadas, los corsés del género, la escasa evolución mostrada (también en tablas) o la irregularidad de algunos discos, impiden que su nombre acompañe a otros grupos clásicos en los anales del rock duro. Arriesgaron, eso sí, con un setlist más propio para fans que siguen sus recientes andanzas en salas (acaban de publicar Gravity). Gafados por el sonido, se mostraron tibios con las nuevas “Don´t Need You” u “Over It”, pero obtuvieron mejor respuesta cuando atacaron clásicos como “Your Betrayal”, “Scream Aim Fire” o “Tears Dont Fall”.

Clutch por Sergio Albert

El estilo árido y pétreo de Clutch ya esperaba. La sola presencia de Neil Fallon y su garganta suelen ser garantía de fuerza y pasión. Bailes y mucha diversión fueron los ingredientes de su habitual receta. A la espera del nuevo álbum (Book of Bad Decisions), disfrutamos de los dos adelantos (“Gimme the Keys” y “How to Shake Hands”), pero son clásicos como “Firebirds”, “Earth Rocker” y la –imprescindible- oda musical “Electric Worry”, que arenga al oyente con su estribillo redactado en lengua castellana (‘Bang, bang, bang, bang, vámonos, vámonos’), los que sellan con sobresaliente los conciertos de los de Maryland.

Llegamos al meollo del día: Guns N’ Roses. Comencemos por el resumen: ‘ande o no ande, no siempre mola el caballo grande’. Traducción: tres horas y media de show para un grupo lejos de su mejor nivel no compensa a casi nadie. Pero sea porque su legión de fans viven inoculados por el paroxismo de la añoranza, sea porque el sambenito de clásico ofrece protección extra contra la decadencia o sea porque esto del reencuentro se terminará pronto (cuando Slash ya tenga suficientes billetes en su bolsillo), los asistentes reventaron el aforo de la Caja Mágica. No vamos a cebarnos con las condiciones físicas/vocales de Axl (debate que arroja conclusiones evidentes: el cantante no llega a ciertas notas y le falta fuerza y magia para hilar las melodías), así que vayamos al repertorio y su ejecución: si abrir apetito con “It´s so easy” y “Mr. Brownstone” es un arriesgado plan, meter con calzador “Chinese Democracy” solo obedece a rellenar un guión de más de 180 minutos. Porque eso es lo que sucede cuando, tras ejecutar “Welcome to the Jungle” (con una intro infinita), “Double Talkin’ Jive”, “Better” o “Estranged”, admites que ha llegado el momento de convertir gran parte del show en un karaoke de versiones: “Live and Let Die” (McCartney), “Slither” (Velvet Revolver), “New Rose” (The Damned), “Wichita Lineman” (Jimmy Webb), “Wish You Were Here” (Pink Floyd) “Layla” (Clapton), “Black Hole Sun” (Soundgarden) o “The Seeker” (The Who). Suma solos interminables y partes instrumentales prolongadas innecesariamente. Pues vale, así si salen las cuentas. Pero quitan al menos esa hora de versiones y dejan el concierto en dos horas largas y el resultado es más que satisfactorio. Por lo demás, aparte de repasar casi entero Appetite For Destruction, momentos cumbre con la terna “Civil War”, “Yesterdays” y la progresiva “Coma”, que eyacularon, tras uno de los solos de Slash y una versión de El Padrino, en una fulgurante “Sweet Child O’ Mine”. O “November Rain” interpretada por Axl al piano, mientras las cuerdas de Slash refulgían entre una lluvia de chispas que invadieron el escenario.

En cuanto a la sintonía entre los integrantes y sus cualidades, solo hay un titular: Slash está en una forma excelente. Slash maneja el timón. Slash sostiene al grupo. Duff y su bajo no desentonan tampoco, aunque su presencia esté reservada en la retaguardia. En la otra guitarra, Richard Fortus se anima acompañando y alternando algunos solos. Y como ya se ha dicho, Axl es un histograma de claroscuros donde pesa más la cal que la arena. Comenzó bien, pegó un gran bajonazo pero al menos se desgañitó en el tiempo de bises, bajando por fin el telón con “Don’t Cry” y “Paradise City”.

Ojo, que faltaba el broche final a la jornada en el Stage 2. Si comenzamos el día en EEUU, el punto final lo ponía Australia con Parkway Drive. Capada la posibilidad de impresionar con detalles efectistas (batería giratoria o fuego) por limitaciones del cuadrilátero, el despliegue de potencia y rabia puesto en escena superó todas las expectativas. Como una bebida energética hiperanfetamínica, “Wishing Wells” y “Prey” encendieron la chispa que continuó con “Carrion”, “Vice Grip” o “Dedicated”, sin respiro alguno para el respetable, quienes sacaron fuerzas de flaqueza para ejercitar circle-pits o moshing de lo más variopinto. Todo el mundo contuvo la respiración hasta que “Wild Eyes”, “Crushed” y “Bottom Feeder” marcaron el final de uno de los mejores conciertos de esta edición 2018.

DÍA 3 (Sábado 30)

Abrió la última jornada en el Escenario 2 el grupo paralelo del único músico que repitió actuación en esta edición del Download: el guitarrista Dregen y sus Hellacopters (el jueves en Backyard Babies). Más garaje, punk y hard rock sucio desde Suecia, pues. El tándem que forma junto a Nicke (voz y 6 cuerdas) funcionó una vez más, desde la inicial “Hopeless Case of a Kid in Denial” hasta el petardazo final con “(Gotta Get Some Action) Now!”. Por momentos, los problemas técnicos presagiaban un contagio del nefasto sonido proveniente del stage Principal. Fue algo puntual, porque trallazos como “Soulseller”, medios tiempos bluseros (“I’m In The Band”) o el sedoso teclado de “Toys and Flavours”, encajaron en la atmósfera musical que descargaron ante sus fans.

Transitamos hacia otro país nórdico, ya que nos esperaban los daneses Volbeat en el Stage 1: sinónimo de positivismo melódico en el contenido y de pildorazo rítmico condensado en formato de 180 segundos. Así lo siguen demostrando en su último trabajo del 2016 (Seal the Deal & Let’s Boogie), grueso de un repertorio que contó también con “Lola Montez”, “Goodbye Forever” -dedicado al recién fallecido baterista Vinnie Paul-, “16 Dollars” o “Dead But Rising”, algún guiño a su idolatrado Johny Cash (“Sad Man’s Tongue”) o el cover sesentero “I Only Want to Be with You” de Dusty Springfield. Un setlist correcto, que funcionó sin forzar mucho y culminado con la festiva “Pool Of Booze” y la imprescindible “Still Counting”.

Judas Priest por Sergio Albert

Si colocas a Judas Priest el mismo día y casi a la misma hora que Ozzy Osbourne, uno de los dos símbolos británicos debe ocupar el trono antes que el otro. Pero la organización quiso que las descargas fueran sucesivas, por lo que el grupo liderado por Ian Hill y Rob Halford tuvo que actuar antes en el “deseado” Stage 2. Resultado: colapso absoluto de movimientos entre los dos escenarios principales. Normal, nadie se movió ante uno de los grandes conciertos que serán recordados de esta edición, tanto por sonido como por disposición de los protagonistas. Tan pronto como los primeros acordes de “Firepower” dieron paso al micro de Haldford, se despejó la incertidumbre: el cantante saludaba la noche con una notable voz, bendecido por la compañía de un brillante Richie Faulkner y un más que cumplidor Andy Sneap a las guitarras (suple desde hace meses a Glenn Tipton por su cada vez más notorio Parkinson). Así lo apuntalaron temas como “Grinder”, “Sinner” o “Lightning Strike”, que sirvió de correa de transmisión para adentrarse en terreno clásico (miles de gargantas acompañaron “Turbo Lover”) e irremediablemente lanzados por la pendiente con “Freewheel Burning”, “You’ve Got Another Thing Comin” o “Hellbent for Leather” (fusta y motocicleta incluidos) y el lucimiento total de las cuerdas metálicas y vocales en “Painkiller”. Pero es que faltaba lo mejor: los bises regalaron la aparición estelar de Glenn Tipton, quien se unió a la comitiva para ejecutar “Metal Gods”, “Breaking the Law” y “Living After Midnight” en un final apoteósico.

El listón estaba altísimo para un Ozzy, que llegaba al imaginario colectivo generando muchas más dudas que Guns N’ Roses o los propios Judas Priest. La cita era obligada para cualquier seguidor del heavy metal: con 69 años asegura que tras esta gira (No More Tours II) se retira. Así que decenas de recuerdos, imágenes y simbolismos se agolpaban en la mente de los presentes al visionar un vídeo-resumen de toda la trayectoria de quien impulsó este género al frente de Black Sabbath hace ya 50 años. Después, la luz del gigantesco crucifijo que adornaba el escenario se iluminó y por los laterales del escenario accedieron el teclista Adam Wakeman, el bajo de Blasko, Tommy Clufetos dispuesto a cabalgar desde su batería y la clave de que el concierto tuviera la intensidad que merecía: Zakk Wylde. ¿Y Ozzy? Pues él es todo carisma, simpatía, interacción y ánimo, pero su presencia a estas alturas es, por desgracia, “un quiero y no puedo”. Sí, hay gente que se conforma con que verbalice las letras, aguante hasta ciertos tonos y simule un correteo infantil por el escenario. Pero su voluntarioso esfuerzo palidece ante la fastuosidad de quienes le acompañan. Eso sí, nada que reprochar al repertorio, aunque sí que se antojan pocas las dosis de Black Sabbath. “Fairies Wear Boots” y “War Pigs” –con un solo infinito de Wylde atravesando público a una distancia considerable de la tarima- son las únicas afortunadas, pocas siendo los conciertos que jubilan no sólo al cantante sino a la Leyenda. Por lo demás, la inicial “Bark at the Moon” dispara peligrosamente la adrenalina para rememorar lo mejor de su discografía en solitario con gemas del calibre de “Mr. Crowley”, “I Don’t Know”, “Suicide Solution” o “No More Tears”. Acto seguido, el medley “Miracle Man”/“Crazy Babies”/“Desire”/“Perry Mason” desemboca en los minutos más gloriosos (exceptuando bises) protagonizados por “Shot in the Dark” y la acelerada “Crazy Train”. Porque después ya solo queda el éxtasis en medio de las tinieblas: la emocional “Mama, I’m Coming Home” y la inmortal “Paranoid”.

Y ya que 2018 será recordado como el año del alzamiento definitivo por la igualdad de sexos y la denuncia contra abusos de género, el punto final de la crónica lo ponen las angelinas L7. Artífices del rock femenino (y feminista) desde mediados de los 80, se retiraron con el cambio de siglo, pero hace tres años decidieron volver. El grunge y todo el movimiento Riot grrrl les deben mucho a Donita, Suzi, Jennifer y Demetra (de baja temporal por una fractura de brazo), las cuales solo se guían por un dogma: el rock encuentra su virtud en el punk y las guitarras distorsionadas. Así que eso es lo que nos regalaron: “Fast And Frightening” y “Shove” (Smell The Magic, 1990), “One More Thing” (Bricks Are Heavy, 1992), “Andres” (Hungry For Stink, 1994) o el single de 2017 “Dispatch From Mar-A-Lago”. Porque como reza uno de los temas interpretados: “I Came Back to Bitch”. Que volvieron para perrear a lo bestia, vaya. Pero no de eso latino que se baila en las discotecas…

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