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Crónica del concierto de Josephine Foster en Madrid (sala 0)

Por Ana Rguez. Borrego 0

concierto de Josephine Foster

Lo cotidiano se hizo música en este cita del 100% Psych

Se agradecen las veladas musicales que se salen un poco de la norma. Especialmente si tenemos en cuenta que, a veces, es más rupturista volver a lo artesanal, a la esencia. Y eso es lo que ocurrió el pasado miércoles en la sala 0 de Madrid: el concierto de Josephine Foster y L’Ocelle Mare hizo de “lo cotidiano” lo más revolucionario.

La protagonista de la noche era ella, pero L’Ocelle Mare es de esas propuestas que te dejan gratamente sorprendida. Detrás de ese nombre está Thomas Bonvalet. Él y solo él es capaz de hacer música de lo cotidiano, tanto que demuestra que la vida y los procesos diarios tienen un ritmo que merece ser explorado a nivel musical. A veces recurre a una guitarra o a un banjo, pero son pocas si lo comparamos con el resto de instrumentos. Claves, campanillas, un metrónomo, amplificadores, su propio cuerpo… cualquier elemento es susceptible de convertirse en un instrumento musical.

Se sitúa a medio camino entre el observador y el experimentador. Es capaz de ver esos ritmos ocultos que hay en lo cotidiano y desarrollar música a través de ellos. Pisa el escenario, se sienta entre sus cacharritos y se concentra; parece alguien pequeñito hasta que empieza a encadenar secuencias de sonidos. Un taconeo sincopado, tres campanillas que se suceden, el tic-tac continuo del metrónomo, el palmeo de sus manos contra sus muslos… comienza poco a poco con uno de los elementos y va combinándolo con otros, de manera que te descubre el encanto de esos ritmos cotidianos que nos pasan desapercibidos. Es el encanto de los “ruiditos”.

Tras él, al que se le pidió un bis por el puro encantamiento que provocó entre los asistentes, salió Josephine Foster. Es mucho más que una cantautora: aunque suene intenso o petardo, es una maga. Sí, por su capacidad de autoexploración musical, por ese destilado de sensaciones que desarrolla, porque contagia ese sentimiento a los músicos que la acompañan y que varían según el país. Como ella misma decía, estaba muy contenta de tocar por primera vez con Josefin Runsteen a la batería y el violín y Rosa Gerhards al bajo; también la acompañaba Víctor Herrero con la guitarra, pero ya es un “viejo conocido” para ella. No sólo ha tocado con él en otras ocasiones sino que también ha colaborado en su último disco, Faithful Fairy Harmony (2018). Se nota que están en la misma sintonía emocional.

Lo de Josephine Foster es delicadeza y fortaleza al mismo tiempo. Esa tesitura de soprano, esa fineza a la hora de afrontar el folk… es como esos tejidos manufacturados al detalle, tan finos que parecen demasiado frágiles para el día a día. Pero no es así. Es la falsa idea de que no ocultar las emociones nos hace más débiles, pero nada más lejos: es todo un ejercicio de resistencia, de reconocerse, de ser ejercitar la autoconsciencia. A medida que escuchas sus canciones, parece que escuchas tu interior: es tal su intimismo que parece traducir en notas cualquier instante cotidiano, por ínfimo que sea.

Pero lo grandioso es que esas sensaciones y esa musicalidad se la contagie a los músicos que la acompañan.Sí, era la primera vez que tocaban los cuatro juntos, y sobre todo ellas, necesitaban consultar las partituras. ¿Pero desentonaban? En absoluto. Todo era parte del encanto: no podías dejar de observar con fascinación cómo todo aquello se desarrollaba. Llegaba un momento en el que parecías suspenderte y estar completamente inmerso en el universo de Josephine Foster.

Pocas veces se reconoce lo terapéutico que es percibir las emociones.

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