Crónica del concierto de Leo Mateos en Madrid (El Sol)

Por Ana Rguez. Borrego 0

Presentaba algunas de sus nuevas canciones de su proyecto en solitario

Desde finales del año pasado, Leo Mateos nos ha ido dejando miguitas de su nueva senda creativa. Le veíamos en el estudio de grabación ejerciendo como productor de lo nuevo de Disciplina Atlántico, pero lo más sorprendente estaba por llegar. Nada más comenzar 2020 nos compartía una canción, “Valentino Envenenado”, con la que ya advertía un planteamiento más allá de lo convencional. No era un adelanto, no era parte de un EP: era uno de los temas del que será su primer trabajo en solitario, que irá compartiendo poco a poco, recreándose en el placer de la creación, en el arte como forma de independencia.

Y así, sin apenas conocer sus nuevas canciones, Leo Mateos anunciaba concierto en Madrid, en la sala El Sol. Algunos podrían considerar que era un acto de fe, pero precisamente por eso, ¿por qué no apostar por él? Son muchos años de trayectoria, muchas canciones grabadas en nuestra memoria emocional, ese sonido inconfundible… Había que descubrir más.

Sabiamente, Leo Mateos tuvo el tino de intercalar entre sus nuevas canciones otros temas de Nudozurdo (“Mil Espejos”, “Ha sido divertido”, “El hijo de Dios”, “Úrsula hay nieve en casa”…). ¿Ventajismo, para aprovechar la sentimentalidad huérfana de los seguidores del grupo? Ni mucho menos, pues era una forma de comprobar que no había perdido músculo a la hora  de componer. Algunas eran la primera vez que las escuchabas, otras, como es el caso de “Valentino Envenenado”, “El Sacrificio de la Reina” o “Seres que Brillan”, querías tímidamente cantar el estribillo que se te había quedado, y adentrarte aún más en ese universo de sensaciones lacerantes.

Un sello inconfundible en una evolución coherente, que fue mucho más allá esa noche. Porque no fue sólo Leo Mateos, el creador, el intérprete, sino el grupo de músicos que le acompañaron. Con razón decía que sería algo especial. ¿Era cosa de la calidad de cada uno de ellos? ¿Fue un momento de gracia? ¿Ambas opciones? ¿Le acompañarán en sus siguientes conciertos? Si es así (sí, por favor, te rogamos, óyenos), ¿cuándo será el próximo? La batería de Jorge Fuertes (Agrio, WAS, los inicios de Nudozurdo), el bajo de Ojo (La Débil), la voz y los teclados de Nieves Lázaro y la guitarra rítmica de Juanma (Campeón, Disciplina Atlántico, El Pardo) le dieron una nueva vida a lo que ya conocíamos.

¿Es que estaban aletargadas esas canciones? Ni mucho menos, pero fue algo similar a escuchar una pieza orquestal dirigida por Previn o Karajan: hay matices en la interpretación que pueden construir otro mundo de un tema conocido por todos. Si ya de por sí Leo Mateos gusta de la variación y el virtuosismo en las partes instrumentales, encontró a los cómplices perfectos para esta evolución sonora. Cierto es que en esta ocasión había guitarra rítmica y teclados, pero también es verdad que batería y bajo dieron un halo de sutileza y sofisticación a esos temas.

Pero esa evolución no se quedó en lo instrumental. La voz de Mateos ha ganado en protagonismo en esta nueva fase, que además se deja acompañar por voces femeninas. Vuelve a ese registro que probó en Tara Motor Hembra (2011), para el cual ha encontrado la compañera perfecta: el tono de Nieves Lázaro empasta a la perfección con el de él. Su voz tomaba protagonismo en “El Sacrificio de la Reina” y “Seres que Brillan”, y abría “El diablo fue bueno conmigo” con una rotundidad que hacía suya esta canción.

Tras unos minutos en los que abandonaron el escenario, volvió él solo para cantar una de sus nuevas canciones, inédita, en formato acústico, a la que le sucedió “Dosis Modernas”, acompañado de todos los músicos. Un cierre en el que representó el pasado y el futuro, que resumió la brillantez de todo lo que habíamos vivido esa noche. Porque no fue sólo escuchar: fue emocionarse y dejarse encandilar con cada interpretación.

Galería del concierto de Leo Mateos en Madrid

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