Crónica del concierto de Amorante en Madrid (Inverfest)

Por Ana Rguez. Borrego 0

Según comentó, era la segunda vez que actuaba en Madrid

Amorante es una de esas joyas que aún está por descubrir. Puede que sea difícil hacerlo, pero siempre hay que ir más allá, no conformarse con las canciones que encuentras en las plataformas digitales. Sí, quizás en YouTube haya “bastantes” videos, pero esa visión en diferido no es suficiente. Iban Urizar es uno de esos músicos que hacen de su interpretación toda una experiencia. No es sólo escuchar su música: hay que observar cada uno de sus pasos sobre el escenario. Siendo así, el resultado más probable es que acabes fascinada, como me ocurrió a mí en el Monkey Week 2019. ¿Cómo podía ser que apenas supiera nada de él hasta entonces?

Por eso Amorante era una de las citas indispensables del Inverfest, es un espacio tan especial como el Conde Duque. La disposición del escenario del auditorio le ofrecía la posibilidad de “cuidar” su forma de presentarse. Tras salir por la puerta de la izquierda, tomó su trompeta, con la que fue entonando una melodía cadenciosa mientras subía y bajaba, con paso calmo, por las escaleras que rodeaban el centro del escenario, hasta que acabó por situarse en la silla que había en el centro.

Una presentación sobria, tan sosegada que desasosegaba, que no sabías muy bien las sensaciones que te iba a crear si la severidad iba in crescendo. Tres temas que él mismo denominó “trilogía eclesiástica”, que no tenían nada que ver con las siguientes canciones que iba a tocar. Porque esa es la claves de Amorante: un amplio conocimiento de la música, de su tradición, de los géneros, de los instrumentos, que le permite desmontar lo conocido hasta crear algo nuevo, desde el respeto y la transgresión. ¿Chocante? La humildad (que no falsa modestia) con la que se presenta Iban Urizar engrandece lo que hace.

Porque no olvidemos que es un hombre orquesta, de los que son capaces de recrear una auténtica banda sumando pistas. Voces que se desdoblan hasta hacerse coros y monodias, esa trompeta con nos llevaba a un espacio atemporal, el harmonium y la guitarra tradicional conviven con sus diferentes pedales… Entre lo artesano y lo virtuoso te fascina esa facilidad que tiene para hacer crecer su música en progresión geométrica. Incluso cuando los elementos electrónicos se le ponen en contra y no le dejan avanzar, es capaz de improvisar un rap en el que se queja de ellos hasta volver a empezar.

Pero no se queda ahí: hay un interés por que el público entienda lo que está contando con su música. Efectivamente, Amorante canta en euskera y él es consciente de que, fuera de su tierra, es más que probable que no le entienda el público. Por eso, antes de cada tema explicaba brevemente qué es lo que contaba. ¿Pero realmente es necesario? Puede que no. Tiene un don especial, que le permite que comprendas un significado más allá del código lingüístico. Son sus gestos, el ritmo elegido para cada tema y su vinculación con un género u otro (un ritmo latino que te sitúa a medio camino de Cuba y París, una verbena de denuncia, un corrido mexicano de amor prohibido…), su forma de cantarlo, los instrumentos que le acompañan en cada ocasión. Todo son secuencias con significado, que te llevan hacia esa pequeña narración que te está contando: las historias de su tío Jose Mari, las referencia a Mikel Laboa, Iparraguirre, Bilintx, Joxean Artze o Joseba Sarrionandia… El sentido, la sensación, se te queda. Y nos recuerda ese lenguaje universal que es la música.

Casi como empezó terminó, con melodías lánguidas, casi eclesiásticas, quizás para rebajar esos ánimos que estaban por todo lo alto, dispuestos a pedir un bis. Porque él no lo iba a hacer, como él mismo reconoció: nunca lo hace. Y si lo piensas detenidamente, qué sentido tendría: se rompería el sentido global del setlist. Y por qué no, ¿no hay mejor bis que volver a verlo en directo? Ojalá no tengamos que esperar un año.

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