«Bárbara» de Osamu Tezuka

Por Marcos Gendre 0

Osamu Tezuka Bárbara

Hablar de Osamu Tezuka siempre va a derivar en un sinfín de epítetos entusiastas hacia su figura, siempre citada bajo las palabras “Dios del manga”. Dicho título es uno de los más indiscutibles de la historia del noveno arte, a la altura de gigantes como Will Eisner o Alan Moore. A subrayar esta condición ayudan títulos imprescindibles como “Fénix”, “Adolf”, “Black Jack”, Buda” o “Astro Boy”, pero sobre una serie interminable de cómics inolvidables menos citados que los de arriba, que hacen de su obra un mural infinito en el que poder perderse toda una vida. Así de apabullante es la obra de un tipo que conjugó como nadie los verbos “trascender” y “crear sin descanso”. Fruto de esto son joyas como “Alabaster”, “Vampyrs”, “La canción de Apolo” o un manga tan crucial dentro de su carrera “Bárbara”, el manga del que hoy nos toca hablar, recientemente reeditado por Planeta Agostini, que prosigue con su monumental labor en torno al rescate de la obra de Tezuka.

Pero, ¿por qué “Bárbara” destaca dentro del universo tezukiano? Escrito entre 1973 y 1974, a lo largo de sus páginas asistimos a una proverbial resituación contextual de una inspiración occidental. Dicha metodología, ya llevada a cabo en otras ocasiones, ahora es aplicada a través de la inspiración en torno a los “Cuentos de Hoffman”, ópera de Jacques Offenbach, la cual Michael Powell reinventó en modo celuloide por medio de una de las películas más mágicas de la historia del cine.

Ahora la obra maestra proviene del mundo del manga, mediante el cual Tezuka prosiguió con su distanciamiento de sus años de público adolescente. No en vano, lo que aquí tenemos es un desfile de viñetas armadas con una disposición tremendamente arriesgada y original. Todo un deleite compositivo, dentro del cual sucede una historia sobre el espíritu creativo que nos sumerge en temas como el sadomasoquismo, la brujería, la zoofilia o el ocultismo.

Con semejante ramillete de temas de fondo, Tezuka vuelve a demostrar su habilidad para dosificar de humor el tono brutal que subyace en todo momento, dando con una atmósfera que atrapa a lo largo de 430 páginas tan actuales como lo fueron en su momento, hace ya medio siglo. Sencillamente, magistral.

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