«Ice Cream Man vol. 9» de W. Maxwell Prince y Martin Morazzo
Por 21 enero, 2025 11:460

Resulta sorprendente cómo un título del nivel sobresaliente de “Ice Cream Man” no haya aparecido en la mayoría de las listas confeccionadas con los mejores cómics del año pasado. Por desgracia, el yugo pedante posmodernista sigue marcando las directrices de lo que merece la pena ser leído y lo que no. Algo así como cuando nos hacían creer que escuchar electrónica de salón, o sea, IDM, nos propinaba chutes de sabiduría a las neuronas… Un hecho tan estúpido como lo puede ser dejar pasar este título esencial para todos los amantes del género de terror más bizarro. Porque lo que tenemos en este nuevo volumen de la colección es ni más ni menos que otro alarde de imaginación a la hora de trucar el ejercicio narrativo en distintas formas de aprehensión y desconcierto hacia el/la lector/a.
Para que nos entendamos, la dupla creativa conformada por W. Maxwell Prince, Martin Morazzo y, sin duda, el colorista Chis O’Halloran (no mencionar a este último sería un delito) sigue manteniendo el memorable nivel alcanzado en el cuarto volumen de “Ice Cream Man”. Sin duda, una muestra de talento a la hora de distorsionar referentes que pueden llevarnos a cómo sería “Twin Peaks” en la mente de Junji Ito o cómo trastocar el ADN del sci-fi de terror por medio historias que podrían haber salido desde un punto de fuga menos surrealista del gran Josep María Beá.
El gran abanico de influencias y paralelismos con los que juega tan inspirado trío de artistas no riñe con la homogeneidad de esta colección de historias auto conclusivas. Las mismas que tienen en el propio heladero y su esperpéntica familia y enemigos un guion central sobre el que también se asienta un relato en progresión fabulosamente complementado por historias que aplican el surrealismo como forma atroz de ampliar el espectro del terror psicológico, en esta ocasión, a través de los números que van del 33 al 36 de la colección en su edición americana. En los mismos, nos encontraremos con espeluznantes viajes al vientre de una ballena, trágicas miradas de infortunio y todo un caudal de fantasía desplegado desde un extremo deformante de los códigos de estilo. Un arco iris de oscuridad donde la sonrisa helada es el fin último de tal despliegue de imaginación truculenta.
