Un mundo de ensueño bajo las estrellas de Sevilla.
Pet Shop Boys eligieron este pasado 17 de junio la majestuosa Plaza de España, dentro de la programación del Icónica Sevilla Fest, para convertir Sevilla en una pista de baile emocional, sofisticada y vibrante. Lo hicieron como solo ellos saben: con una propuesta total que no fue solo música, sino una experiencia inmersiva en la nostalgia, el deseo y la ironía que han marcado sus cuatro décadas de trayectoria.
El espectáculo arrancó como un acto de magia: dos siluetas blancas emergiendo entre haces de luz, rostros cubiertos por máscaras imposibles, mientras sonaban los acordes inconfundibles de Suburbia. Desde el primer momento, quedó claro que esto no sería un repaso rutinario de éxitos. Era un ritual contemporáneo, donde Neil Tennant, en su rol de maestro de ceremonias futurista, y Chris Lowe, imperturbable como un tótem de sintetizadores, tejieron un mapa emocional a través del pop electrónico.
La escenografía —teatral, digital y deliciosamente excesiva— no restaba protagonismo, sino que amplificaba el carácter de cada canción. El repertorio, meticulosamente seleccionado, fue un desfile de clásicos que cruzan generaciones: Can You Forgive Her?, Rent, I Don’t Know What You Want but I Can’t Give It Any More, Domino Dancing, It’s a Sin, West End Girls, Paninaro, Being Boring… Pero lo más impactante no fue la sucesión de títulos, sino cómo cada uno se transformaba en una postal emocional diferente, entre luces estroboscópicas, bajos contenidamente vibrantes y proyecciones de realismo poético.
Hubo momentos de clímax coral, como la aparición de Clare Uchima en el inolvidable dueto What Have I Done to Deserve This?, o la ráfaga operística de Left to My Own Devices, que convirtió el escenario en una rave con alma barroca. Y también instantes de inesperada ternura, como Se a vida é, que desató un aire festivo y sensual, como si Mardi Gras hubiera aterrizado por unas horas en Andalucía.
Tennant manejó con elegancia el contraste entre ironía británica y emoción a flor de piel. En un instante podía narrar una distopía urbana y al siguiente soltar un juego de palabras sutil. Porque eso es también parte de su poder: hacer de la pista de baile un confesionario, un espacio para recordar y reinventarse. Y anoche, en Sevilla, cada compás fue una cápsula del tiempo que nos devolvía una versión de nosotros que creíamos perdida.
Más allá de la calidad sonora y visual, el concierto dejó una huella más difícil de medir: esa sensación de haber asistido a algo irrepetible. Una noche en la que el calor no importó, los cuerpos bailaron con entusiasmo contenido y el pop dejó de ser un género para convertirse en refugio.
Pet Shop Boys no ofrecieron un concierto. Entregaron una celebración sofisticada del ser, del pasado y del deseo. Sevilla les dio el lugar perfecto, y ellos respondieron con precisión matemática y alma de poeta. Cuando se apagaron las luces, no terminó la noche: empezó el eco que durará días en quienes lo vivieron.
Galería del concierto de Pet Shop Boys en Sevilla





