Anoche la Plaza de España de Sevilla no fue un simple escenario: se convirtió en trinchera, en plaza pública, en grito colectivo. Dentro del marco del Icónica Santalucía Sevilla Fest, tres bandas con estilos distintos, pero un mismo pulso rebelde, tomaron el centro simbólico de la ciudad para recordarnos que la música aún es un refugio libre —y un arma cargada de presente.
Abrieron fuego los Reincidentes, veteranos del rock combativo, con una descarga de himnos que no han perdido ni filo ni urgencia. Denunciaron, como siempre, sin ambages: Palestina, Europa fortaleza, los recortes de dignidad. Con clásicos como Grana y oro, Jartos de aguantar o La republicana, y alguna pincelada de su último disco Peligro, demostraron que no necesitan artificios para sonar a verdad. El momento cumbre llegó con Los hijos de la calle, junto a Albertucho, en una interpretación que cruzó generaciones y heridas abiertas.
El testigo lo recogieron los O’Funk’illo, que demostraron que se puede bailar y luchar al mismo tiempo. Mezclando funk, soul, rap, descaro y electrónica, con invitados de todas las edades —desde jóvenes promesas hasta leyendas del groove—, ofrecieron un show tan irreverente como comprometido. Entre Riñones al jerez y Esso cuenno, pasando por Mary Jane o Nos vamos p’al kely, dejaron claro que la fiesta también puede ser subversiva. En manos de Andreas Lutz, Pepe Bao y compañía, el funky se volvió pancarta con ritmo.
Pero fue con La Raíz cuando la noche alcanzó su cima emocional. El regreso de la banda valenciana, seis años después de su despedida, no fue una simple reunión nostálgica: fue una continuación necesaria. Sin Pablo Sánchez —aunque su espíritu flotó entre los versos—, Panxo, Sen-K y Julio tomaron el relevo lírico con naturalidad y convicción. Desde los primeros acordes de Muérdeles hasta el clamor final con Entre poetas y presos, su actuación fue una avalancha de emociones, coraje y ternura organizada.
Hubo pogo y lágrimas. Himnos como Elegiré, Nuestra nación o El circo de la pena mezclaron rabia política y poesía de barrio. Con Nos volveremos a ver, la plaza entera se fundió en un solo canto: técnicos, músicos, seguratas, público… todos. No fue una canción; fue un reencuentro.
Entre los metales afilados, las guitarras encendidas, los coros como ráfagas de consigna, y un público que no solo escuchaba, sino que respondía, la noche fue algo más que música. Fue una declaración. Sevilla recordó que aún sabe temblar junta. Que aún quedan rincones donde el arte es trinchera y la cultura, un acto de resistencia.
Galería de los conciertos











