Crónica de Roskilde 2025: Tak for alt

Por Redacción EER 0

Un año más, la primera semana de julio está reservada para el festival de Roskilde. Un lugar único que sólo los que lo han vivido alguna vez alcanzan a comprender verdaderamente. Y sigue teniendo la misma atmósfera que lo hace especial, aunque su cartel no sea como el que nos impresionaba cuando vinimos por primera vez, durante la ya lejana primera década de este siglo. Tras el día de rigor reencontrándonos con viejos amigos en Copenhague y disfrutando de grandes restaurantes y bares (apuntad ‘Warpigs’, ‘Fermentoren’ y ‘The Moose’), pusimos rumbo hacia el camping de Roskilde, nuestra particular tierra prometida.

Miércoles 2 

El cielo de Roskilde amaneció gris, con lluvias intermitentes que, lejos de amedrentar a los asistentes, creaban una atmósfera de barro y euforia tan característica del festival. A pesar de que el primer día de festival siempre es más corto (de hecho, la acción empieza a las 5pm, en vez de al mediodía como el resto de días), este año prometía mucho por la calidad de los grupos del cartel.

Las primeras horas las dedicamos a deambular por el festival con algo de bebida en la mano, para entender mejor los cambios acontecidos en escenarios y puestos varios, antes de llegar al primer nombre apuntado en rojo en nuestra agenda, Fontaines D.C. en el escenario Orange. Los irlandeses salieron poco después del atardecer, con un viento frío que parecía hecho a medida para su sonido: guitarras crudas, bajo hipnótico y la voz grave de Grian Chatten, que más que cantar, recita con una intensidad que hipnotiza. El setlist repasó lo mejor de su repertorio: “Boys in the Better Land” y “Televised Mind” resonaron con fuerza, mientras que en “A Hero’s Death” el público coreaba el mantra “Life ain’t always empty” como si fuera un himno de supervivencia colectiva. El momento más comentado llegó cuando invitaron a activistas palestinos al escenario, cediéndoles el micrófono para un contundente mensaje politico (que, sin embargo, pareció extenderse más de lo necesario en mitad de una actuación musical). La multitud respondió con aplausos ensordecedores y una oleada de manos levantadas, sellando un instante que trascendió lo musical.

Acto seguido, Wet Leg en la carpa Arena, uno de los grupos que más ganas teníamos de ver este año, tras haber escuchado incontables veces su primer y homónimo disco, y justo días antes de que sacasen nuevo LP. El dúo británico recogió la energía de Fontaines D.C. y la transformó en pura diversión. Rhian Teasdale y Hester Chambers aparecieron con sonrisas cómplices y un set cargado de ironía, riffs simples pero pegajosos y letras que mezclan humor con un filo sarcástico. Temas como “Wet Dream” y “Chaise Long” captivaron al personal, mientras que “Ur Mum” se convirtió en el gran momento de catarsis colectiva: cientos de personas gritaron al unísono ese famoso “aaaaaah” prolongado, rompiendo la tensión acumulada. Entre canción y canción, las bromas y guiños con el público hicieron que el concierto se sintiera como una gran fiesta de amigos (de hecho, durante su show hicimos amistad con algunos daneses que nos ofrecieron el característico Snuss).

Tras ellas, decidimos pasar de largo cuando Charlie XCX subió al Orange para animar al público más joven, y en su lugar guardamos fuerza para Deftones a medianoche en la misma carpa Arena. Las luces rojas y azules bañaban el escenario cuando un muy mejorado Chino Moreno (que ha perdido numerosos kilos en los últimos años) apareció sobre el escenario y, en pocos segundos, “Be Quiet and Drive (Far Away)” sumergió al público en un trance colectivo. El concierto osciló entre la agresividad cortante de “Rocket Skates” o la celebérrima “My Own Summer (Shove It)” y las atmósferas expansivas de “Sextape” y “Rosemary”. La voz de Moreno se movía con naturalidad entre susurros cargados de tensión y gritos que hacían vibrar el suelo. Me atrevería a decir que me gustó más su concierto que la última vez que los vi en Roskilde allá por 2014 (!), y es que no han perdido un ápice de su fuerza, pero parece que han envejecido como el buen vino. De hecho, al contrario que la mayoría de sus congéneres, han conseguido tener sus seguidores entre la juventud tiktokera a pesar de tener 3 décadas de música a sus espaldsa, y eso se notó también durante el concierto. Con el buen sabor de boca de Deftones, y con un día corto pero con 3 conciertos estupendos, decidimos plegar velas y guardar energías para los días restantes.

Jueves 3 

La jornada arrancó con un sol suave que iluminaba el campo del festival, liberando del barro del día anterior y llenando de promesas la atmósfera. Empezamos el día dejándonos caer brevemente por Seu Jorge en el Orange con sus ritmos brasileiros, que hicieron las delicias del público más tempranero. A continuación, rumbo al Gaia para ver a Wisp, una veinteañera americana que desplegó su shoegaze poético en un set cortísimo, pero impactante, culminando con su viral “Your Face”. Fue una pausa onírica en medio del bullicio. Habrá que estar atentos a su disco de debut, que saldrá en agosto.

Tras la americana, el primer show ineludible en nuestra particular agenda, Beth Gibbons en la carpa Arena. La cantante de Portishead subió al escenario con un aura casi ceremonial. Su voz—atemporal, rota, intensa—transformó la carpa en una catedral emocional, centrándose casi por completo en las canciones de su último disco, ‘Lives Outgrown’. El momento cumbre llegaría con la única canción de Portishead, “Glory Box”, pero nos quedamos con ganas de que tocase al menos otra más, y es que un concierto de Beth Gibbons/Portishead sin “Roads” debería ser un sacrilegio.

Acto seguido turno para los americanos Bright Eyes en el Avalon. El público, aún con el eco emocional de Beth flotando en el aire, se arremolinó junto al escenario a la espera del grupo liderado por Conor Oberst, que ofreció una narrativa emocional tan fuerte como melódica. Su repertorio incluyó canciones como “Four Winds”, “First Day of My Life”, “I Won’t Ever Be Happy Again”y “Rainbow Overpass”, generando una conexión íntima con todos los presentes. Tras ellos, de nuevo decidimos pasar de largo del cabeza de cartel del día, el rapero inglés Stormzy, y en su lugar nos dirigimos al EOS para ver a Knocked Loose y su caos controlado. Reivindicaron su energía brutal con temas como “Blinding Faith”, “Counting Worms”, “Mistakes Like Fractures” y “God Knows”, desplegando breakdowns masivos que convirtieron el lugar en un torbellino de sudor, gritos y pogos (en los que algunos de nuestros integrantes sufrieron más de lo esperado, pero es que los años no pasan en balde). Y, para terminar el día, los belgas Amenra en el escenario Gaia sumergieron al público en una experiencia densa y casi ritualista con su post-metal catártico, en lo que fue la guinda de un día muy correcto, a pesar de que no nos gustasen demasiado la mayoría de los grupos que tocaban en el Orange.

Viernes 4 

El viernes arrancó con la energía justa y la sensación de que el festival iba a explotar: por la tarde Artigeardit calentó motores en la franja diurna con ese pop electrónico ingenioso que te hace mover la cabeza sin querer, y poco después (hora tardía de tarde) Doechii dejó claro que la nueva generación de rap-pop viene a tomarse el Orange con descaro y flow. Ya entrados en la noche, la cosa se puso más heterogénea: Electric Callboy aterrizaron con su locura metal-core-electrónica, un mosh-pit juguetón y coros que parecían diseñados para acabar con la voz del público al día siguiente —una pasada de adrenalina y litros de sudor para los que buscaban caos con sonrisa.

Antes de la medianoche, tomó el testigo: la danesa transformó el escenario en un club poliglota donde los hits se mezclaron con momentos de pausa íntima; su carisma sigue intacto y la comunión con el público nórdico era tangible. Snow Strippers, curiosa aparición en el cartel, aportó esa textura indie-punk que funciona a modo de parche entre el pop y la electrónica y que encaja de maravilla en el ecosistema Roskilde: guitarras sin complejos, coros contagiosos y un punch joven.

Y llegó ella: Olivia Rodrigo cerró la programación grande de la noche desde el Orange Stage. Fue un espectáculo de pop adolescente convertido en músculo festivalero: hit tras hit, guitarras que rasgaban lo melódico y un torrente de emociones que oscilaba entre la mordacidad y la ternura. Había momentos muy coreados —de esos que hacen temblar la tarima— y otros en los que la cantante bajaba las revoluciones para entregarte una frase en voz casi rota. No fue magia absoluta en todos los compases, pero sí un rodillo emocional que dejó contentas a las hordas generacionales. Para rematar la noche, Jamie XX pinchó a altas horas como solo él sabe: beats espaciales, paletas tímbricas y un final que hizo que los que quedábamos bailando nos sintiéramos parte de una sola pista de baile infinita.

Sábado 5

El sábado amaneció con la resaca artística propia de Roskilde: tarde de descubrimientos y sets que calan. La jornada arrancó con propuestas como Rachel Chinouriri, que abrió con sensibilidad y repertorio íntimo; después, Anohni and the Johnsons subieron la apuesta: su set fue más que música —una performance con mensaje ecológico y visuales que remataban la emoción. Hubo momentos en que la canción parecía una plegaria hermosa y punzante a la vez, y el público respondió con un silencio respetuoso que solo se rompía con aplausos que sabían a agradecimiento.

A media tarde Lola Young ofreció una sesión para el público que busca sofisticación pop: su voz, arreglos exquisitos y esa sensación de estar escuchando algo que podría sonar en las radios, pero con un poso artístico que la eleva. Esto Is Lorei (This Is Lorelei en algunos carteles) tomó la tarde con una propuesta shoegaze/dream-pop que hizo flotar a la gente entre paredes de delay y capas de guitarra; ideal para aquel rato de reposo con cerveza en mano y mirada perdida.

La noche fue creciendo y, cuando los focos bajaron al Orange para el cabeza de cartel más esperado, Nine Inch Nails explotó en la oscuridad industrial que les define. Fueron 90 minutos de tensión y catarsis: la maquinaria sonora, los cambios dinámicos y la teatralidad de la banda convirtieron el escenario en un paisaje sonoro post-apocalíptico que reventó el recinto. El público, que venía de jornadas pop y electrónicas, se volcó con la intensidad cortante de cada tema —un cierre de sábado tan violento como necesario.

Para los noctámbulos, la programación se alargó con sets de DJs y colaboradores que mantuvieron la pista viva hasta la madrugada; Roskilde demostró otra vez esa virtud: mezclar sin rubor la delicadeza arreglada de Anohni con la brutalidad industrial de NIN en solo 24 horas. ¿Resultado? Un sábado que supo a todo: emocional, ambicioso, impredecible y tremendamente humano.

Domingo 6

Y así, entre polvo, confeti y la última cerveza tibia, Roskilde 2025 bajó el telón. El domingo ya no era un día: era una resaca colectiva envuelta en sol, abrazos y la sensación de haber vivido algo irrepetible. No importaba si venías por Olivia Rodrigo, por Nine Inch Nails o simplemente por perderte en la locura naranja del festival; todos sabíamos que habíamos sido parte de esa burbuja mágica que solo se da una vez al año en este rincón de Dinamarca.

Roskilde no es solo un festival: es una ciudad efímera con sus propias reglas. Es ese momento en el que bebes una cerveza en un cuerno tallado con sus propias manos por un vikingo. Es bailar bajo la lluvia sin importar el barro, porque ya estás tan dentro que nada puede estropearlo. Es ver cómo un grupo que no conocías te sacude el pecho y te deja mirando al escenario con una mezcla de sorpresa y gratitud. Cada canción, cada pogo, cada palabra mal pronunciada en danés era parte del mismo ritual: sentirnos vivos.

Los highlights de los días previos seguían flotando en el aire: el estallido pop de Olivia Rodrigo, la delicadeza de Anohni o Beth Gibbons, el caos feliz de Electric Callboy, el trance elegante de Jamie XX, la electricidad emocional de NIN, la potencia de Deftones o la ligereza de Wet Leg… Todo eso se entrelazaba en un único recuerdo colectivo, una especie de banda sonora que nos acompañará semanas, incluso meses después. Porque Roskilde no se termina cuando el cartel baja; se queda pegado a la piel, en los oídos, en las voces roncas y los cuerpos cansados.

Cuando por fin el silencio se impuso y solo se escuchaba el sonido de las tiendas desmontándose, uno entendía lo que hace diferente a este festival: aquí no vienes solo a ver música, vienes a pertenecer. Roskilde es una prueba de que, durante unos días, el mundo puede ser un lugar mejor: más libre, más sonoro, más humano. Hasta el próximo verano, Roskilde. Tak for alt.

Foto de portada por Malthe Ivarsson.