Nacho Vegas convierte la fragilidad en resistencia

Por Javier Sierra 0

Hay artistas que pisan el escenario para confirmar lo que ya sabemos de ellos. Y luego está Nacho Vegas, que sube a las tablas para tensionar su propio relato, para ponerlo en crisis y reconstruirlo delante del público. En la sala Custom, ante unas 600 personas el asturiano presentó Vidas Semipreciosas como algo más que un nuevo capítulo discográfico: como una declaración de principios. No hizo falta colgar el sold out para que la temperatura emocional de la sala rozara el límite.

Desde los primeros compases de “Alivio” quedó claro que la noche no iba a girar en torno a la nostalgia. La banda —compacta, precisa, cómoda tanto en la contención como en la descarga eléctrica— dibujó un paisaje sonoro donde conviven la aspereza y el detalle minucioso. Vegas, lejos de sobreactuar el dramatismo que muchos asocian a su figura, optó por una interpretación sobria, casi quirúrgica. Su voz, más asentada que en giras pasadas, manejó los silencios con una autoridad que convirtió cada pausa en un gesto político.

Porque si algo atraviesa esta gira es la idea de dignificar lo vulnerable. “Nuevos planes, idénticas estrategias” y “El don de la ternura” funcionaron como ejes conceptuales: canciones donde el desencanto no se traduce en cinismo, sino en una lúcida exposición de las grietas del presente. En directo, esos temas adquieren una musculatura distinta, menos introspectiva y más colectiva. El público no escucha: acompaña.

El repertorio avanzó sin concesiones fáciles. No hubo picos prefabricados ni intentos de manipular la emoción. “La plaza de la Soledá” y “Crujidos” aparecieron integradas en el discurso actual, no como piezas de museo. Incluso cortes de combustión más lenta, como “Los asombros” o “Les ales”, encontraron su sitio dentro de una narrativa que hablaba de pérdida, pero también de comunidad.

Uno de los momentos más reveladores llegó con “La gran broma final”. En disco es una reflexión amarga; en vivo, se transforma en un espejo compartido. Vegas permitió que la canción respirara, que el público se apropiara de ella. No hubo grandilocuencia, solo una certeza: las historias individuales, cuando se cantan al unísono, se vuelven relato colectivo.

La recta final del set principal mostró al Vegas más incisivo. “Morir o matar” y “Tiempos de lobos” tensaron la atmósfera con una energía casi eléctrica, mientras “Mi pequeña bestia” equilibró la balanza entre ironía y desgarro. Y entonces llegó “Bravo”, la versión del cubano Luis Demetrio, interpretada sin ornamento, como un gesto de respeto hacia la tradición latinoamericana de canción política. Fue uno de esos instantes donde el concierto deja de ser promoción y se convierte en posicionamiento.

El bis confirmó la tesis de la noche. “Ser árbol” y “Seis pardales” sonaron íntimas, casi domésticas, pero nunca frágiles. Y el cierre con “La pena o la nada” evitó el estallido épico en favor de algo más difícil: una emoción sostenida, madura, consciente de que la intensidad no siempre necesita volumen.

Lo que ocurrió en Sevilla no fue una exhibición de catálogo ni una celebración autocomplaciente. Fue la puesta en escena de un artista que ha aprendido a habitar sus contradicciones sin resolverlas del todo. En tiempos de estímulos rápidos y consignas huecas, Nacho Vegas propone algo más incómodo: escuchar, pensar y, sobre todo, sentir sin anestesia. Y esa, en 2026, sigue siendo una forma de resistencia.

Galería del concierto de Nacho Vegas en Sevilla

Setlist:
Alivio
La plaza de la Soledá
Nuevos planes, idénticas estrategias
Crujidos
Fíu
El don de la ternura
Los asombros
Deslenguarte
La gran broma final
Les ales
Morir o matar
Mi pequeña bestia
Tiempos de lobos
A ver la ballena
Bravo

Encore:
Ser árbol
Seis pardales
La pena o la nada