Fatboy Slim, entre la memoria del SOS 4.8 y el presente del Warm Up
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El regreso de Fatboy Slim a Murcia no es solo una incorporación llamativa al cartel del Warm Up Estrella de Levante, es, sobre todo, una de esas decisiones que explican cómo piensan hoy algunos de los festivales más veteranos del panorama nacional: no basta con programar artistas, hay que programar también memoria.
Antes de llamarse Warm Up, aquello fue el SOS 4.8. Y en ese mismo recinto de La Fica, Norman Cook ya dejó hace años uno de esos cierres que sobreviven en el recuerdo colectivo del festival. Su vuelta, por tanto, no funciona como descubrimiento ni como apuesta de riesgo. Funciona como otra cosa: como la recuperación de un nombre que conecta pasado y presente con bastante más eficacia de la que muchos artistas emergentes querrían para sí.
Fatboy Slim ya estaba llenando pistas en los 90 cuando una parte del público del actual Warm Up aún gateaba y otra empezaba a tomarse en serio eso de salir de noche. Treinta años después, gran parte de esas generaciones coinciden delante del mismo escenario. Ahí es donde se entiende por qué el festival ha apostado por Fatboy Slim. Su nombre interpela a quien estuvo allí en 2010 cuando el SOS 4.8 todavía era una marca central en el calendario festivalero, pero también a una generación más joven que quizá no vivió aquel contexto y lo recibe ya como icono, como una figura reconocible de la gran liturgia festivalera de sus hermanos mayores.
Fatboy Slim ocupa en el cartel el papel más reconocible: el del artista capaz de condensar la idea de fiesta, cierre y memoria compartida. No viene a reinventar el festival ni a marcar el sonido del presente. Viene a recordarle al cartel que, en este negocio, la nostalgia bien administrada sigue cotizando alto.
Pero la cuestión interesante no es si su actuación funcionará. Lo lógico es pensar que sí. La cuestión de fondo es otra: qué dice de un festival como el Warm Up que siga recurriendo a figuras así para reforzar su relato. Y la respuesta probablemente sea bastante clara: en una época de públicos fragmentados y escenas menos estables, pocos activos resultan tan rentables como un nombre capaz de hablarle y mover a varias generaciones a la vez.
Los que fuimos al primer SOS 4.8 no solo tenemos casi veinte años más: también miramos el cartel con otra edad, otro oído y, seguramente, otra resistencia. Y quizá ahí esté una de las claves de este regreso: no tanto en nostalgia de manual, sino en la forma en que ciertos nombres sobreviven al paso del tiempo y siguen encontrando su sitio en públicos que ya no son exactamente los mismos.
