Siempre que llega de gira un artista que suele tener a público y crítica a su favor, tenemos, o yo al menos, la sensación de que el resultado va a ser al menos notable. Kevin Parker, dueño del proyecto, lleva una carrera, también como productor, bastante sólida, y eso tiene mérito porque son ya más de diez años con discos importantes, incluyendo cambios y evoluciones en su sonido bastante grandes.
En un recinto con tres cuartas partes del aforo ocupado (los altísimos precios a los que tristemente nos hemos acostumbrado pueden tener algo que ver en que las entradas no volaran), Tame Impala salieron puntuales a un escenario semicircular no muy grande, pero que el excelente juego de luces haría gigante y espectacular. Los primeros 80-90 minutos de música estuvieron a la altura. Se intercalaron temas de (casi) todos los discos y diferentes intensidades, abriendo con acierto con “Apocalypse Dreams” y “The Moment” y así hasta llegar a tres momentos álgidos: “Elephant”, o cómo la sinergia entre rock clásico y psicodelia se funden a la perfección, “Feels Like We Only Go Backwards” y “Dracula” para terminar una primera parte redonda.
A partir de este momento, tras diez temas, el show se volvió más irregular, y aquí es donde llegó la decepción inesperada. Empezó un set de música electrónica, con Parker tirado en una plataforma al fondo de la pista rodeado de lámparas y sintetizadores a la que llegó a pie, tras pasar antes por el urinario del backstage, todo retransmitido por las pantallas. Además de desconcertante, por ser tibio, esto fue un parón en el ritmo del concierto muy grande. Pero no acabó ahí el desatino. Al bueno de Kevin le hicieron gracia los vendedores de cerveza y llegó otro parón al canto, rompiendo el ritmo del concierto una vez más. Tampoco ayudó la elección de canciones en este tramo. Salvo “Let It Happen”, fue un periodo de vagar por el desierto. Sólo al final, con temas incontestables como “Eventually”, “The Less I Know the Better “y “End of the Summer” lograron salir con buen sabor de boca.
Fueron 135 minutos, quizás demasiados, que se hicieron largos, y aunque Tame Impala tienen una calidad musical y escénica fuera de toda duda, quizás falte algo de eso tan intangible como es el carisma en su discurso o buen “timing”, tanto en el orden como en la elección del setlist. Cabe mencionar, y esto no es responsabilidad del artista, un ambiente en el recinto un poco frío; yo tengo mi teoría, y es que parecía más un evento para expatriados anglosajones que otra cosa, y también me atrevería a decir que hoy habrá mucha actividad en redes sociales confirmando la asistencia como es debido.
No sé puede decir que fuera un mal concierto, fue bastante correcto, pero las expectativas creo que no sé alcanzaron, y ahí reside la diferencia entre una buena banda o un supergrupo. Hace falta más “sustancia” más allá de los efectos especiales.
Foto de portada: Sergio Albert.
