Antes de que el miércoles abrieran del todo las compuertas musicales del Roskilde Festival 2026, el festival ya se había explicado a sí mismo como algo más grande que una sucesión de conciertos. En un tour guiado para prensa, mientras recorríamos esa ciudad efímera levantada al sur de Roskilde, volvía una y otra vez una idea: aquí la música importa, claro, pero no lo explica todo. Roskilde es música, arte, activismo, comunidad y una forma muy concreta de entender lo que puede ser un festival cuando nadie se lleva los beneficios a casa.
La historia empieza en 1971, casi como empiezan las mejores historias: con entusiasmo, inconsciencia y una deuda contraída con el espíritu de Woodstock. Dos estudiantes daneses volvieron fascinados por aquella idea de reunir a una generación alrededor de la música y decidieron intentar algo parecido en su propia ciudad. Así nació el primer Roskilde, entonces todavía una aventura más romántica que organizada. Fue un éxito de público, pero no exactamente de taquilla: sin apenas dinero para levantar vallas y controlar los accesos, muchos entraron sin pagar. El sueño, en su primera edición, acabó económicamente maltrecho.
Pero la semilla ya estaba plantada. Al año siguiente, el festival pasó a manos de una fundación sin ánimo de lucro, una estructura que sigue siendo el corazón del Roskilde Festival más de medio siglo después. Desde entonces, RF funciona con una lógica casi insólita dentro del circuito de los grandes festivales europeos: no hay propietarios ni accionistas esperando dividendos. Los beneficios se destinan a fines culturales, humanitarios y sociales. Y sin los voluntarios —casi 30.000 personas implicadas en levantar, sostener y hacer funcionar el festival— Roskilde, sencillamente, no existiría.
Durante una semana, el festival se convierte en la cuarta ciudad de Dinamarca: más de 130.000 personas viviendo, moviéndose y ocupando un recinto que tiene algo de campamento, algo de laboratorio cultural y algo de utopía temporal. En RF26 había siete escenarios musicales, pero también espacios para performances, cine, poesía, debates, reivindicaciones, skate, arquitectura efímera, gastronomía y arte urbano. Porque Roskilde no se limita a programar bandas: también convoca ideas, cuerpos, discursos y formas de ocupar el espacio público. Quizá por eso, antes incluso de hablar de los conciertos, conviene mirar sus muros. Cada año, el festival reúne a artistas del grafiti de primer nivel internacional para transformar el recinto en una galería al aire libre. Murales, mensajes políticos, piezas monumentales y pequeñas intervenciones visuales acompañan el camino entre escenarios, recordando que en Roskilde también se mira, se escucha, se discute y se toma posición.
Con ese contexto, el miércoles no empezó como un simple primer día de conciertos. Empezó como la entrada a una ciudad que solo existe una vez al año, pero que durante esos días parece tener sus propias normas, su propia memoria y una energía colectiva difícil de fabricar. A partir de ahí, de miércoles a sábado, Roskilde 2026 desplegaría su verdadera dimensión: cuatro jornadas de música, descubrimientos, cansancio, barro simbólico (y a veces literal), euforia compartida y esa sensación, tan propia de los grandes festivales, de estar viendo algo que desaparece justo mientras sucede.
Miércoles: abrir con guitarras, cerrar en trance
El miércoles fue, en realidad, el primer gran aterrizaje musical del Roskilde Festival 2026. Después de los días previos de convivencia, exploración y descubrimientos dentro del recinto, el festival activaba sus escenarios principales y empezaba esa sensación tan particular de RF: la de no saber nunca si estás siguiendo una ruta lógica o dejándote arrastrar por una ciudad que late a varias velocidades a la vez.
La primera parada fue Iceage, que funcionaron muy bien como punto de partida. Había algo casi simbólico en empezar el Roskilde con una banda danesa de postpunk: áspera, seca, sin demasiada ceremonia, pero con la energía justa para sacudir la tarde y recordar que esto ya iba en serio. No fue un concierto de grandes gestos ni de épica forzada, sino un arranque con nervio, de esos que sirven para ajustar el cuerpo al ritmo del festival.
Después llegó Tuvaband, en un registro mucho más recogido. Si Iceage habían abierto la jornada desde la electricidad, Tuvaband bajó las revoluciones. Fue un concierto tranquilo, casi de transición, que permitía respirar dentro de un día que todavía tenía mucho por delante. En un festival tan grande como Roskilde, esos momentos también son necesarios: no todo puede funcionar a base de impacto, volumen y aceleración.
Antes de Wolf Alice todavía hubo tiempo para Smertegrænsens Toldere, que fueron justo lo contrario a una pausa. Puro punk, canciones cortas, casi sin respirar entre una y otra, al más puro estilo Ramones: entrar, golpear y salir antes de que nadie tenga tiempo de acomodarse. La propia lógica del concierto parecía construida contra cualquier forma de solemnidad. Imposible de contar, pero más de 20 canciones en algo más de media hora, y esa sensación encaja perfectamente con lo que se vivió allí: velocidad, ruido, urgencia y cero concesiones. Uno de los integrantes llevaba una camiseta de Suicidal Tendencies, y aquello parecía más que una camiseta: era casi una declaración de intenciones. No hacía falta explicar demasiado el código. Venían a descargar, no a decorar la tarde. Y lo hicieron con esa energía bruta de las bandas que no necesitan grandes discursos porque todo está ya en el tempo, en la distorsión y en la manera de encadenar canciones como si fueran pequeñas detonaciones.
Con el cuerpo todavía acelerado llegó Wolf Alice, y ahí la jornada empezó a coger verdadera altura. La banda británica demostró que está en ese punto en el que puede moverse con naturalidad entre la contundencia alternativa, el pop melancólico y los estallidos de guitarras sin que nada parezca impostado. Arrancaron con “Bloom Baby Bloom” y “White Horses”, una entrada que ya dejaba claro que no venían solo a cumplir expediente. A partir de ahí fueron alternando músculo y emoción, con momentos más afilados como “Yuk Foo” o “Smile”, y otros de expansión más luminosa como “The Last Man on Earth” y “Don’t Delete the Kisses”. Fueron muy buenos: compactos, seguros, con canciones que crecían en directo y una presencia escénica capaz de llenar el espacio sin necesidad de sobreactuar. En un miércoles dominado por la expectativa de The Cure, Wolf Alice no sonaron como simple antesala, sino como uno de los conciertos importantes del día.

Y entonces llegó The Cure. A esas alturas, Orange ya estaba lleno. La escena tenía algo de ritual generacional: veteranos, curiosos, fans de toda la vida y público joven esperando juntos a Robert Smith y los suyos. The Cure dieron uno de esos conciertos que explican por qué ciertas bandas no envejecen del todo, sino que van acumulando capas de sentido. Empezaron desde el territorio más atmosférico y emocional, con ese sonido amplio, oscuro y reconocible, y fueron construyendo el concierto poco a poco, sin prisa, como si supieran exactamente cuánto tiempo necesitaba cada canción para instalarse en el público.
Lo mejor llegó en los bises, cuando el concierto dejó de ser solo una actuación impecable para convertirse en una celebración colectiva. Ahí lo petaron. “Friday I’m in Love” encendió Orange como si de pronto todo el festival hubiera encontrado una canción común, y “Boys Don’t Cry” fue el cierre perfecto: sencillo, directo, luminoso a su manera, con esa mezcla tan de The Cure entre tristeza, euforia y memoria sentimental. Fue uno de esos finales en los que no hace falta mirar alrededor para saber que todo el mundo está dentro de lo mismo.
Después de algo así, podía parecer difícil seguir. Pero Roskilde tiene esa capacidad de cambiarte el cuerpo de golpe. Monolord fueron la respuesta ideal para romper el hechizo pop de The Cure y entrar en otro tipo de intensidad. Buena caña, riffs densos y una descarga física que devolvía la noche al terreno del volumen y la distorsión. Si The Cure habían apelado a la memoria emocional, Monolord fueron puro heavy, vibración y músculo.
La noche terminó con ¥ØU$UK€ ¥UK1MAT$U, el japonés Yousuke Yukimatsu, que llevó la madrugada a otro lugar completamente distinto. Después de guitarras, nostalgia, postpunk, dream pop y doom, su sesión funcionó como una última mutación del día: electrónica extrema, mezclas imprevisibles, tensión física y una energía de pista que parecía hecha para quienes todavía no querían aceptar que el miércoles hubiera terminado. Fue una forma muy Roskilde de cerrar la primera jornada grande: no con una bajada suave, sino empujando el cuerpo hasta el límite y dejando la sensación de que el festival acababa de empezar de verdad.
Jueves: botas, barro, lluvia y política en Arena
El jueves costó arrancar. Después de un miércoles larguísimo, Roskilde amaneció con esa combinación tan suya de botas, barro y lluvia que convierte cualquier desplazamiento entre escenarios en una pequeña expedición. La idea inicial era empezar antes, con Adrián Quesada, pero con la que estaba cayendo decidimos retrasar la salida. A veces el festival también se mide por eso: por la capacidad de aceptar que el plan perfecto no existe y que el barro, igual que los solapes, acaba decidiendo parte de la jornada.
Nuestro jueves comenzó con el primer gran hallazgo personal del día —y probablemente del festival— de la mano de Royel Otis. La banda australiana fue mi descubrimiento de Roskilde 2026. Tienen algo inmediato, ligero sin ser banal, de indie pop hecho para sonar al aire libre incluso cuando el cielo no acompaña. Fue uno de esos conciertos en los que no llegas necesariamente con grandes expectativas y sales con la sensación de haber encontrado una banda a la que vas a volver. Canciones luminosas, melodías que entran rápido y una naturalidad escénica que, en medio de un festival tan gigantesco, se agradece mucho.
A continuación llegó Ecca Vandal, y fue una buena forma de entrar en calor de manera definitiva. Su concierto funcionó como un chute de energía híbrida: punk, rap, electrónica, guitarras y una actitud muy física, de esas que no necesitan pedir permiso para ocupar el escenario. Ecca Vandal fue guay precisamente porque no parecía encajar del todo en una sola etiqueta. En un día gris, embarrado y algo lento de inicio, su mezcla de nervio y descaro sirvió para activar el cuerpo.
Después llegó Ethel Cain, que llevó el Arena a otro terreno completamente distinto. Frente a la frescura más directa de Royel Otis, lo suyo fue una bajada hacia un universo mucho más denso, gótico y narrativo. Ethel Cain no funciona desde la euforia festivalera, sino desde la atmósfera: canciones largas, tensión emocional, épica triste y una puesta en escena que parecía hecha para aislarte del ruido exterior. No era el concierto más fácil para una tarde de lluvia, cansancio y público disperso, pero precisamente por eso tenía algo magnético: obligaba a entrar en su mundo o quedarse fuera.
La noche dio uno de sus giros más extraños con Uncle Acid and the Deadbeats. Veníamos preparados para una buena dosis de psicodelia oscura y riffs pesados, pero el concierto quedó cortado antes de tiempo. Oficialmente, el problema tuvo que ver con el viento y las condiciones técnicas. Extraoficialmente, la lectura que empezó a circular allí mismo fue otra: Lagune y Orange estaban demasiado cerca en términos sonoros y, al otro lado, Gorillaz ocupaban el escenario grande. El cantante salió a dar explicaciones y dejó caer que, al parecer, habían molestado a alguna estrella. No hacía falta ser detective para entender hacia dónde apuntaba la sospecha: Damon Albarn, el eterno niño mimado de Roskilde.
La polémica se encendió después en redes. Uncle Acid acusaron directamente al entorno de Gorillaz de haber provocado el parón; los defensores de Albarn respondieron que no había sido cosa suya, sino una decisión de la organización por el viento y las condiciones de sonido. Probablemente la verdad completa esté en algún punto entre la meteorología, la jerarquía de escenarios y la política interna de un macrofestival. Pero como experiencia de público, lo que quedó fue una sensación incómoda: una banda de culto obligada a cortar justo cuando debía estar construyendo su viaje, y la impresión de que, en Roskilde, como en cualquier ciudad, también hay clases.

Por suerte, el jueves todavía guardaba su gran momento. Kneecap fueron el concierto del día. Arena estaba llenísimo, con un ambiente eléctrico desde antes de que salieran. Había expectación, sí, pero también algo más: una tensión política acumulada, una sensación de que aquello no iba a ser simplemente una fiesta. Empezaron criticando a Israel y también al gobierno danés, y desde ese momento quedó claro que el concierto no iba a separar música y discurso. Con Kneecap todo forma parte del mismo artefacto: el rap, el humor, la rabia, la identidad irlandesa, el idioma, la provocación y la solidaridad política.
El público respondió como si llevara horas esperando exactamente eso. Los pasamontañas con la bandera de Irlanda se habían agotado en la tienda de merchandising del festival, pero la falta de ese uniforme no impidió que cada uno encontrara su propia manera de entrar en el dress code del concierto. Había gente con pañuelos, banderas, camisetas y hasta máscaras de lucha libre. Nosotros incluidos. Arena se convirtió en una mezcla de mitin, rave, mosh pit y celebración colectiva. Más allá de la polémica que siempre acompaña a Kneecap, en directo tienen algo difícil de discutir: saben prender una sala y mantenerla ardiendo.
Y sin movernos de Arena llegó el remate perfecto: Brutalismus 3000. Después de la intensidad política y física de Kneecap, el dúo berlinés llevó la noche al terreno de la tralla electrónica. Fue una forma ideal de cerrar el jueves: beats duros, estética industrial, cuerpos ya agotados, pero todavía dispuestos a bailar, y esa sensación de que Roskilde siempre encuentra una última marcha cuando crees que ya no queda energía.
Si el miércoles había sido el día de la entrada ceremonial al festival, el jueves fue otra cosa: barro, cansancio, lluvia, descubrimientos, polémicas de backstage, política explícita y una recta final que convirtió Arena en el centro emocional de la noche. De Royel Otis a Kneecap, pasando por la suspensión extraña de Uncle Acid, el segundo día grande de conciertos dejó claro que Roskilde no solo se recuerda por lo que suena, sino también por todo lo que ocurre alrededor.
Viernes: anti-héroes, descubrimientos y David Byrne poniendo orden
El viernes empezó con Folk Bitch Trio, que fueron una buena manera de entrar en el día sin forzar demasiado la máquina. Después de dos jornadas largas, lluvia, barro y muchas horas acumuladas en el cuerpo, se agradecía un comienzo amable, de esos que no necesitan imponerse para funcionar. Fue un concierto bien colocado: suficiente para abrir la tarde, respirar un poco y volver a enganchar con el ritmo del festival.
La cosa cambió con Getdown Services, uno de esos conciertos que explican por qué Roskilde sigue siendo un lugar ideal para descubrir bandas que quizá en un cartel convencional pasarían más desapercibidas. Lo suyo fue divertidísimo. No parecen rockeros al uso, ni lo intentan: más bien todo lo contrario. Tienen algo de anti-héroes orgullosos de serlo, con barriguita, pantalón corto de deporte y una pinta muy poco preocupada por ajustarse a la imagen habitual de banda cool. Pero ahí está precisamente su gracia: tienen aura. Getdown Services funcionan porque convierten esa aparente falta de glamour en una forma de carisma. Se permiten bromas de pedos, de sexo y de mal gusto británico, y de pronto, sin que parezca contradictorio, gritan “Free Palestine” y el concierto cambia de registro durante unos segundos. Esa mezcla entre gamberrismo, conciencia política, grooves bailables y actitud de pub llevado a un festival gigante hizo que su bolo fuera una pequeña fiesta. Una de esas sorpresas de media tarde que luego recuerdas con más cariño que muchos nombres grandes.
Después llegó Sierra Ferrell. Sobre el papel, tenía sentido: americana, country, raíces, una voz con oficio y una propuesta muy bien defendida. Y estuvo bien. Pero también fue uno de esos conciertos en los que reconoces la calidad sin terminar de entrar del todo. Country correcto, bonito, bien tocado, pero algo aburrido para el momento del día y para el estado del cuerpo. A la media hora decidimos movernos.
Y ahí apareció otra de las cosas más Roskilde del viernes: descubrir a Rizwan-Muazzam Qawwali casi por accidente. Cambiar el country estadounidense por la tradición qawwali pakistaní fue exactamente ese tipo de giro que el festival propone constantemente si te dejas llevar. Rizwan y Muazzam llevaron el día a otro lugar: tablas, palmas, voces en trance y una intensidad devocional que no tenía nada que ver con lo que veníamos escuchando. Fue curioso, hipnótico y muy RF: perderte de tu plan inicial y acabar encontrando algo que no esperabas.
Luego llegó Addison Rae en Orange, y ahí el viernes tocó fondo. Si no era playback, lo parecía demasiado. Y si las conversaciones con el público no estaban guionizadas, también lo parecían. Todo resultaba artificial: mucho vestuario sexy, mucha pose de superestrella pop, mucha producción pensada para la imagen, pero muy poca sensación de voz, riesgo o presencia real. Duramos quince minutos. Lo suficiente para entender que aquello no era para nosotros y que el mejor uso posible de ese tiempo era ir a coger sitio para David Byrne.

La comparación fue brutal, casi injusta. Donde Addison Rae apostaba por la exuberancia, la sensualidad prefabricada y el brillo de escaparate, David Byrne demostró justo lo contrario: que con sencillez, inteligencia y buen gusto se pueden conseguir resultados infinitamente más poderosos. Fue el mejor concierto del festival. La puesta en escena era exquisita. Vestuario sencillo y futurista, escenario despejado, movimientos medidos y una coreografía en la que no había jerarquías evidentes: músicos, bailarines y el propio Byrne formaban parte de una misma maquinaria escénica. Nadie estaba allí solo para acompañar. Cada cuerpo, cada instrumento y cada desplazamiento tenía una función. Era teatro, concierto, performance y lección de economía visual al mismo tiempo.
En medio del concierto, Byrne contó una anécdota que quizá mucha gente conocía, pero yo no. Explicó que de joven él solía estar triste, mientras que una amiga suya parecía estar siempre contenta. Un día le preguntó por qué, y ella le respondió preguntándole si conocía una fábrica situada a las afueras. Él dijo que sí. Entonces ella le contó que iba allí, tomaba LSD y se quedaba mirando al cielo. De esa imagen nació “And She Was”. La historia funcionó como una pequeña llave para entrar todavía más en el concierto. Porque “And She Was”, escuchada después de esa explicación, dejaba de ser solo una canción luminosa de Talking Heads para convertirse en una escena casi cinematográfica: una chica flotando, escapando de la gravedad cotidiana, encontrando una forma extraña y lisérgica de felicidad a las afueras de la ciudad.
Byrne no necesitó levantar un muro de estímulos para llenar el escenario. Le bastó con ordenar el espacio, confiar en las canciones y hacer que todo pareciera inevitable. El repertorio ayudó, claro: “Heaven”, “And She Was”, “This Must Be the Place”, “Psycho Killer”, “Life During Wartime”, “Once in a Lifetime” y “Burning Down the House” fueron apareciendo como piezas de una arquitectura pop perfectamente ensamblada. Pero lo impresionante no fue solo escuchar esos temas, sino ver cómo seguían vivos dentro de una propuesta escénica que no jugaba a la nostalgia, sino a la reinvención.
Después de aquello, cualquier cosa parecía inevitablemente menor. Aun así, todavía hubo tiempo para cerrar la jornada con Lechuga Zafiro, en una línea electrónica más nocturna y latina. Estuvo bien, sin más: un final correcto para seguir moviendo el cuerpo, aunque ya con la sensación de que el viernes había alcanzado su punto más alto mucho antes. Miércoles fue la entrada al festival. Jueves fue barro, política y Arena on fire. But Friday, I’m in love.
Sábado: cumbia amazónica, última tralla y despedida en Arena
El sábado empezó con Eee Gee, en un tono tranquilo, perfecto para volver a entrar poco a poco en el festival después de tres días de conciertos, caminatas, barro, cerveza y falta de sueño. Además, había una pequeña razón sentimental para repetir: ya habíamos escuchado “Killing It” en petit comité al terminar el tour de prensa, así que verla ahora en escenario tenía algo de círculo que se cerraba. Fue una forma amable de empezar el último día, sin sobresaltos, pero con esa elegancia pop que funciona especialmente bien cuando el cuerpo todavía está negociando con el cansancio.

Después fue el turno de Los Mirlos, y ahí el sábado cambió por completo. Fue, probablemente, el concierto en el que mejor nos lo pasamos de todo el festival. La cumbia psicodélica amazónica de la banda peruana convirtió el recinto en una fiesta instantánea. Había mucha gente hispanohablante, pero también daneses con sangre latina real o imaginaria, todos entrando en el mismo código sin demasiadas explicaciones. Se bailó, se tomaron “tragos”, hubo congas, fotos grupales y esa clase de subidón colectivo que no se puede programar del todo, pero que cuando aparece justifica medio festival.
Los Mirlos fueron pura alegría sin cinismo. Guitarras tropicales, ritmo, sonrisa, desorden bueno y una sensación de celebración popular que en Roskilde encajaba de maravilla. Porque este festival también va de eso: de pasar de una propuesta experimental o solemne a una fiesta de cumbia amazónica sin que parezca una contradicción. En ese momento, el sábado dejó de ser la última jornada y se convirtió en una despedida bailada.
Luego Igorrr fue una buena forma de cerrar la parte más dura del festival. Después de Monolord, Brutalismus 3000 y todas las descargas acumuladas en los días anteriores, todavía quedaba espacio para una última dosis de tralla. Lo de Igorrr siempre tiene algo de locura organizada: metal extremo, electrónica, barroquismo, cambios imposibles y una energía casi grotesca, como si el concierto quisiera demostrar que el cuerpo y en especial el cuello aún podía aguantar una vuelta más. Y la aguantó.
Lily Allen fue una de las sorpresas buenas del sábado. En un festival tan grande, su propuesta podía haber quedado fría o demasiado teatral, pero funcionó muy bien. No fue un concierto pensado para arrasar desde la pirotecnia ni para convertir Orange en un karaoke gigantesco, sino algo más contenido, más narrativo y más extraño. Después del artificio vacío que nos había dejado Addison Rae el día anterior, Lily Allen demostró que también se puede construir una actuación pop desde la distancia, el personaje y la inteligencia escénica sin que todo parezca hueco.
Y para terminar, Zar Paulo.

Nos habíamos quedado con ganas de verlos en 2024, cuando tocaron por la tarde en Arena y ya se hablaba de ellos como una de esas bandas danesas capaces de convertir un concierto en una fiesta nacional. Esta vez llegaban convertidos en ídolos, encargados de cerrar Arena, y no es para menos. La progresión tenía todo el sentido: de promesa local a banda capaz de reunir a una multitud en plena madrugada y hacer que el final del festival pareciera una celebración doméstica, como si todo Dinamarca supiera las canciones y nosotros estuviéramos invitados a aprenderlas sobre la marcha.
Fue una buenísima forma de acabar. Zar Paulo tienen algo contagioso, una mezcla de new wave, pop danés, teatralidad y euforia popular que, aunque no entiendas todas las letras, se entiende perfectamente en directo. Arena estaba entregado, y esa entrega decía mucho: no era solo el cierre de un escenario, era la confirmación de una banda que ha crecido con Roskilde y que en 2026 parecía tocar ya en casa, pero en una casa enorme.
Así terminó nuestro Roskilde 2026: no con una sensación de agotamiento, aunque lo hubiera, sino con la certeza de haber pasado por una de esas experiencias que justifican todo el viaje. De Iceage a The Cure, de Kneecap a Brutalismus 3000, de David Byrne a Los Mirlos, de la lluvia del jueves a la euforia final del sábado, el festival volvió a demostrar que su grandeza no está solo en los nombres del cartel, sino en la manera en que los mezcla, los cruza y los convierte en memoria.
In my humble opinion, Roskilde es el mejor festival del mundo. Y no solo por la música. También porque sigue siendo independiente, non-profit y construido por una comunidad de voluntarios que lo hacen posible año tras año. En un circuito cada vez más dominado por grandes marcas, experiencias premium y festivales que se parecen demasiado entre sí, Roskilde conserva algo difícil de comprar: propósito, identidad y alma.
Volveremos el año que viene. Seguro.
