Un alma del norte

Crónica Festival Prestoso 2026

Por Armando Rendón 0

El Prestoso 2026 confirma que realmente lo importante de un festival es la suma de varios factores: música, trato, entorno y experiencia.

Hay festivales que se miden por el tamaño de sus escenarios, por el número de cabezas de cartel, por las pulseras vendidas o por los millones invertidos en pantallas. Y luego está Prestoso. Un festival que sigue empeñado en demostrar que otra manera de hacer las cosas es posible. Que se puede escuchar música en mitad de un paisaje imposible, encontrarte a los artistas tomando algo a tu lado, asistir a un concierto en la plaza del Ayuntamiento y acabar unas horas más tarde saltando en un prao asturiano como si no hubiera mañana.

Prestoso 2026 volvió a ser muchas cosas a la vez: música, naturaleza, gastronomía, pueblo, descubrimiento, fiesta y, sobre todo, comunidad. Durante tres días prácticamente desaparece la frontera entre artistas, público y organización. Por allí estaban también los integrantes de Pantomima Full, convertidos durante el fin de semana en unos asistentes más, disfrutando de los conciertos (menudos pogos se pegaron) y del ambiente. Porque una de las virtudes del festival es precisamente esa: aquí casi todo el mundo termina formando parte del paisaje.

1. El entorno, las actividades y esa extraña sensación de que todo funciona

Hablar de Prestoso sin hablar de su entorno sería explicar solamente la mitad del festival. El Valle de Cangas del Narcea no funciona como simple decorado. Es parte de la propuesta. Las montañas, las carreteras que atraviesan Asturias, los pueblos, el Ayuntamiento, el Prao y esa sensación permanente de estar bastante lejos de casi todo convierten el viaje en una experiencia que comienza mucho antes de sonar la primera guitarra.

Prestoso ha entendido además que un festival no tiene por qué limitarse al eje concierto-barra-concierto-barra. Las actividades paralelas, la gastronomía, los encuentros y la vida alrededor del pueblo permiten bajar las revoluciones y disfrutar del festival con otro ritmo. Aquí todavía es posible hablar con alguien, sentarse, caminar, comer bien y después volver a la música.  La organización mantiene esa escala humana que probablemente sea uno de sus mayores activos. Evidentemente, mover a varios miles de personas hacia un entorno rural no es sencillo, pero Prestoso consigue conservar una sensación de cercanía difícil de encontrar en los grandes festivales.

Y cuando terminaban los conciertos tampoco terminaba necesariamente la noche. Las cabinas fueron pasando por manos tan distintas como las de Antonio Vicente, Tulsa, Javier Ferrara —Parquesvr— o el incombustible Dj Coco, demostrando que en Prestoso la selección musical continúa incluso cuando desaparecen las bandas del escenario.

2. Jueves 6: Lucas, una guitarra y Lorena Álvarez

El jueves sirvió para volver a entrar poco a poco en el universo Prestoso. Y entre los momentos de la jornada apareció Lucas, guitarrista de Axolotes Mexicanos, protagonizando uno de esos conciertos que terminan teniendo más importancia de la que inicialmente parecía concederles el programa. Lucas tiene esa mezcla entre espontaneidad, fragilidad y despreocupación que hace que algunas actuaciones parezcan estar siempre a punto de romperse y, precisamente por eso, resulten especialmente emocionantes. En Prestoso encontró además el contexto perfecto para hacerlo.

Pero hubo un instante que terminó definiendo la jornada: su conexión con Lorena Álvarez. Dos maneras de entender la música aparentemente diferentes pero conectadas por algo mucho más importante: la naturalidad. No hizo falta convertirlo en un gran acontecimiento. Precisamente lo bonito fue que pareciera suceder porque tenía que suceder. Con un grupo de incondicionales granadinas se terminó de fusionar el norte y el sur (donde vivió Lorena).  Son esos momentos los que explican Prestoso mejor que cualquier campaña de publicidad. Las colaboraciones inesperadas, los músicos apareciendo en conciertos ajenos, las conversaciones que después continúan en cualquier esquina. El jueves dejó claro que aquello había empezado. Y que iba en serio.

3. Viernes 7: del Ayuntamiento al Prao

El viernes seguramente resume mejor que ningún otro día la personalidad del festival. A mediodía, el Ayuntamiento se convirtió en escenario de algunas actuaciones extraordinarias. Música a plena luz del día, en mitad del pueblo, con artistas y público prácticamente compartiendo el mismo espacio. La escena podría parecer extraña en cualquier otro festival. En Prestoso resulta completamente lógica.

Esos conciertos de mediodía terminaron convirtiéndose en algunos de los momentos más especiales de esta edición. Porque obligan a escuchar de otra manera: sin grandes producciones, sin oscuridad, sin luces que ayuden a construir atmósferas. Canciones, intérpretes y público. Horas después todo se trasladaba al Prao. Y allí apareció Nadadora. Ver a la banda gallega nuevamente sobre un escenario tiene algo de acontecimiento para cualquiera que haya seguido la escena independiente española durante las últimas décadas. Su música conserva intacta esa combinación de melancolía, ruido y emoción que convirtió al grupo en una de las formaciones más queridas de su generación.  No necesitaban demostrar demasiado. Simplemente tenían que volver a tocar aquellas canciones. Y funcionaron.

Después llegó Él Mató a un Policía Motorizado, una banda que prácticamente pertenece ya al patrimonio sentimental de varias generaciones de aficionados al indie en español. Los argentinos llevan años actuando en España, pero siguen teniendo la capacidad de convertir cada concierto en una celebración colectiva. Santiago Motorizado y los suyos desplegaron ese repertorio enorme en el que conviven épica, melancolía y canciones que empiezan aparentemente pequeñas y terminan siendo coreadas por todo un festival. No faltaron “Chica Rutera”, “Yoni B” o “Chica de Oro”.

En mitad de ese viernes hubo todavía espacio para otro tipo de experiencia. Ortiga decidió convertir su actuación en una fiesta descontrolada. Diversión extrema. Sin demasiadas explicaciones. Ortiga entiende perfectamente que después de varias horas de intensidad emocional llega un momento en el que un festival necesita abandonar cualquier pretensión intelectual y dedicarse simplemente a bailar. Y Prestoso bailó. Mucho.

4. Sábado: Standstill (el concierto del festival), Rufus T. Firefly y Sprints

Lo primero que debemos referir de este día fue una de las ausencias de las que duelen: la baja de joseluis. Días antes del festival se confirmó la caída del cartel del murciano, al que teníamos muchísimas ganas de ver de nuevo, especialmente en un formato como este. A pesar de esto, el sábado llegó con la sensación de que todavía quedaba muchísimo festival. Y entonces llegaron Standstill. Y ocurrió lo que muchos sabíamos que iba a pasar. Llegó el concierto del festival. Hay grupos que regresan porque toca regresar y grupos cuya vuelta sirve para recordar por qué fueron importantes. Standstill pertenece claramente a los segundos. La banda salió al escenario con una intensidad brutal. Su repertorio sigue teniendo algo físico, emocional y casi violento. Canciones que nunca fueron fáciles, que exigían atención y que muchos años después mantienen intacta su capacidad para atravesarte. Aquello no tuvo demasiado de ejercicio nostálgico. Fue presente. Fue ruido. Fue tensión. Fue emoción. Y durante un buen rato dio la impresión de que prácticamente todo Prestoso estaba mirando hacia el mismo lugar. Ese tipo de conciertos son los que justifican recorrer cientos de kilómetros para llegar a un festival.

Después aparecería Rufus T. Firefly, posiblemente una de las bandas españolas que mejor entiende actualmente el concepto de directo.  Lo suyo hace tiempo que dejó de ser simplemente interpretar canciones. Víctor Cabezuelo y Julia Martín-Maestro han construido un lenguaje propio en el que psicodelia, rock, electrónica y largas construcciones instrumentales terminan formando una experiencia casi hipnótica. En un entorno como Prestoso, además, todo parece cobrar todavía más sentido.

Y quedó probablemente lo más cañero y atrevido. Sprints fueron una tormenta desatada, como la que vivimos de granizo el viernes a media tarde. La banda irlandesa llevó al escenario esa combinación de post-punk, tensión y energía física que ha convertido sus directos en uno de sus principales argumentos. Un concierto urgente, afilado y sin demasiadas concesiones. Y aun quedaba el remate final y fin de fiesta con la “discomovil”, como llama el propio festival a la sala de DJ`s.

Quedaba incluso esa resistencia absurda que aparece la última noche cuando nadie quiere aceptar que el festival se está acabando. Porque Prestoso tiene una característica peligrosa: consigue que uno se acostumbre demasiado rápido a vivir así. Tres días escuchando música rodeado de montañas, encontrándote a músicos entre el público, viendo a Pantomima Full paseando por el festival, escuchando a Tulsa o Javier Ferrara detrás de una cabina, descubriendo conciertos inesperados en el Ayuntamiento y terminando la noche bailando en un prao. Después llega el domingo. Recoges. Subes al coche. Empiezas a atravesar nuevamente Asturias. Y durante algunos kilómetros aparece inevitablemente la misma pregunta: ¿Por qué no pueden ser todos los festivales un poco más Prestosos?

Foto @lorkiano