Un golpe irregular con final glorioso en la periferia sevillana

Por Javier Sierra 0

Hay algo romántico —y ligeramente temerario— en plantarse un sábado por la noche en un polígono industrial, lejos del centro y del bullicio amable de las calles de Sevilla, para ver a La Paloma, una de las bandas llamadas a sostener el relevo generacional del indie estatal. La sala Supra, encajada en la áspera geografía de la zona Hytasa, acogía la parada sevillana de la gira de presentación de Un golpe de suerte, el último trabajo de los madrileños. Tres cuartos de entrada y un público eminentemente joven —con notable presencia de cuarentones fieles a la trinchera guitarrera— confirmaban que, aunque alejados del circuito más cómodo, el tirón sigue intacto.

Abrió la noche Pony Pool Club, joven banda sevillana que ejerció de telonera con solvencia y frescura. Su propuesta, aún en construcción pero cargada de intención, funcionó como perfecto calentamiento: guitarras afiladas, actitud desprejuiciada y la energía de quien todavía no ha aprendido a medir fuerzas. Dejaron el escenario con la sensación de haber ganado nuevos adeptos.

A las 22:30, puntuales, aparecieron La Paloma. Nico Yubero (guitarra y voz), Lucas Sierra (guitarra y voz) y Juan Rojo (batería) sostienen el núcleo emocional y sonoro del proyecto. En esta gira se acompañan de Ade Martín al bajo —ex Hinds, ahora en Shangai Baby— y Diego García a la guitarra, ampliando la arquitectura del directo con una tercera guitarra que, sobre el papel, debería ensanchar el espectro. En la práctica, la jugada dejó claroscuros.

Un arranque prometía incendio. En Mucho Tiempo abrió la noche, seguida muy pronto por un bloque que, sobre el papel, debería haber sido demoledor: Sé lo que quiero, No es una broma y Si no me muevo entre los cuatro primeros temas. Canciones con músculo, con ese nervio entre el desgarro y la urgencia que define su ADN. Sin embargo, algo no terminó de prender. El sonido —falto de definición en algunos pasajes, con las guitarras apelmazadas— y quizá un público aún acomodándose dejaron ese inicio demasiado frío para el potencial que encerraba.

El sonido tampoco terminó de acompañar. Hubo momentos en los que la mezcla se sentía saturada, menos definida de lo deseable, y la presencia de la tercera guitarra, lejos de aportar matices, pareció restar frescura a la propuesta. La Paloma siempre ha brillado en la tensión contenida, en ese equilibrio entre nervio post-punk y melodía luminosa. Aquí, en algunos pasajes, el muro de sonido se volvió más plano que expansivo.

El setlist avanzó alternando prácticamente uno a uno cortes de Un golpe de suerte con los de Todavía no. Esa estructura, que buscaba equilibrio entre presente y pasado reciente, terminó fragmentando la narrativa emocional. Cuando el concierto parecía asentarse en un clima concreto, el siguiente giro lo desplazaba. Polvo, Intacto, Sigo aquí y Todo esto mantuvieron el tipo, pero sin alcanzar la combustión que se intuía posible.

Hubo, eso sí, momentos donde la noche encontró su centro. Las Cosas Que Me Gustan bajó las revoluciones: Nico, a guitarra acústica y voz, consiguió el silencio más elocuente del concierto. Una interpretación íntima, honesta, que recordó que más allá del ruido y la distorsión hay canciones con esqueleto firme. También Vuelta a casa logró conectar, con un crescendo bien administrado que por fin alineó banda, sala y emoción.

El tramo medio —Cosquilleo, Sale El Sol, Elegante, Mi Hueco— sostuvo la tensión con corrección, pero sin esa sensación de peligro controlado que otras veces los hacía imparables en Sevilla. Incluso los primeros intentos de pogo fueron tímidos, casi protocolarios. Todo cambió en la recta final.

Quejas célebres encendió la mecha. Algo ha cambiado y La edad que tengo terminaron de romper la contención. Y entonces llegaron los dos himnos incontestables de su primer EP, Una Idea pero es triste: Bravo Murillo y Palos. Ahí sí. Ahí estaba la banda que se esperaba desde el minuto uno. El pogo, sostenido durante las últimas cinco canciones, convirtió la Sala Supra en un hervidero. Para Palos, los propios Pony Pool Club subieron al escenario, multiplicando coros y euforia en un cierre comunitario que borró de un plumazo cualquier duda previa.

El sabor final fue bueno, incluso emocionante. Pero también quedó la impresión de haber asistido al concierto menos intenso de todas las visitas de La Paloma a Sevilla. No por falta de canciones —las hay y de sobra— sino por una cuestión de pulso, de narrativa y de un sonido que no terminó de hacer justicia a su energía.

Galería del concierto de La Paloma en Sevilla