Crónica del Degusta Fest 2026: el festival que respiró mejor

Por yerman 0

El Degusta Fest volvió este año al recinto de Fermasa con pocos cambios visibles respecto a su primera edición. Y la verdad que en este caso no tiene por qué leerse como una falta de ambición. Hay festivales que se obsesionan con crecer, añadir capas, multiplicar estímulos pero la cita granadina parece que quiere jugar a otra cosa: una escala manejable, una propuesta clara y una experiencia que, al menos desde dentro, se vivió con bastante comodidad.

La diferencia más evidente respecto al año pasado fue la afluencia. A falta de una cifra oficial publicada, la impresión sobre el terreno fue la de una edición menos concurrida que la de 2025. También hay que ponerlo en contexto. El festival coincidió con un fin de semana especialmente competido en Granada: La Plazuela el viernes y Viva Suecia el sábado, dos citas con evidente cruce de audiencias capaces de seducir al mismo público natural del perfil del Degusta Fest.

Ahora bien, una cosa es la lectura de convocatoria y otra la experiencia del asistente. Y ahí la menor presión de público tuvo un efecto inmediato: todo fue más fluido. Menos colas para entrar, menos espera en las barras, menos agobio en los baños, menos embudos y una circulación cómoda por el recinto incluso en los momentos de mayor concentración frente al escenario. Fermasa funciona razonablemente bien dentro de sus propias limitaciones. No es un recinto espectacular ni especialmente escénico. El escenario principal sigue siendo sobrio, casi desnudo, sin grandes alardes visuales ni demasiada pirotecnia ornamental. Pero esa sencillez tampoco juega necesariamente en contra. Hay algo bastante honesto en un festival que no intenta disfrazarse de macroevento ni llenar cada esquina de tics comerciales o photocalls innecesarios.

Aquí el centro estuvo bastante claro: música, comida y tránsito cómodo. La parte gastronómica, además, este año la vi más asentada. Los puestos de restauración estuvieron bien planteados, bien distribuidos y orientados a sostener de verdad esa mitad del nombre del festival: el “Degusta”. En otros eventos, la comida funciona como simple combustible de supervivencia: algo que compras entre concierto y concierto para no caer al suelo. Aquí, en cambio, se nota una intención más cuidada. No hay una acumulación caótica de puestos ni una oferta disparatada sin criterio. Hay una zona reconocible, bien integrada y con voluntad de construir una experiencia propia. Ese equilibrio no es tan fácil como parece. Porque juntar música y gastronomía puede salir muy bien o puede acabar oliendo a feria Frankenstein bizarra. En esta edición la fórmula quedó bastante bien resuelta: la restauración no devoró al festival, pero tampoco apareció como un simple adorno.

Otro de los grandes aciertos del recinto fue seguir contando con esa gran nave central que ya estuvo el año pasado. Un espacio interior para descansar, sentarse, huir del sol de la tarde, desconectar un rato del exterior musical y tomar aire sin necesidad de abandonar el festival. Puede parecer un detalle menor, pero no lo es. En un circuito de festivales cada vez más pensados para empujar al público de un estímulo a otro, encontrar una zona real de pausa tiene algo casi revolucionario. Una cámara de descompresión entre concierto y concierto. Un lugar donde el cuerpo deja de funcionar en modo supervivencia y recuerda que también ha pagado por estar cómodo, no solo por resistir.

Pero quizá el mejor detalle del festival como engranaje estuvo en algo aparentemente secundario: los DJs entre concierto y concierto. Una cosa tan sencilla, y tan poco común. Y no, no es una tontería. Hay festivales que tratan los intermedios como un trámite administrativo: silencio raro, playlist sin alma de ultratumba o, peor todavía, publicidad metida con calzador justo cuando el público necesita seguir dentro del clima del evento. Eso corta la energía, enfría el ambiente, y al fin y al cabo te saca de forma abrupta de un buen (o no tan buen) viaje en directo. El festival hizo justo lo contrario. Los DJs se integraron en la escena de una forma espléndida y brillante. Buena selección, buen volumen, buen sonido y una música muy alineada con el espíritu del festival. Salvando las distancias, es algo que recordó a los primeros años del FIB, cuando una de las cosas más entrañables era precisamente lo que sonaba entre actuación y actuación. Luego aquello, como tantas cosas buenas, se fue perdiendo: entró la publicidad, desapareció la continuidad o se empezó a tratar el intermedio como una forma sutil de enviarte a consumir.

Ese fue, probablemente, uno de los grandes aciertos del evento: entender que un festival no solo sucede cuando hay alguien tocando sobre el escenario. También sucede en los márgenes, en las transiciones, en ese rato en el que decides si vas a por algo de comer, si te quedas cerca del escenario o si simplemente sigues moviendo la cabeza porque alguien ha puesto el tema exacto.

En lo técnico, el sonido general estuvo correcto. No fue un sonido memorable pero tampoco hubo sensación de desastre ni de pelea constante con la mezcla. La nota estaría alrededor de un 7. Bien. Funcional. Suficiente. Hubo cosas que sonaron muy bien y otras que se quedaron más regulares, más planas o menos definidas. Pero, en conjunto, el sonido cumplió sin convertirse ni en problema ni en protagonista.

Donde sí hubo un funcionamiento impecable fue en la puntualidad. Los horarios se cumplieron mucha precisión, algo que empieza a ser norma en muchos festivales y que conviene agradecer. Muy atrás quedan esos tiempos en los que la gente empezaba a silbar tímidamente como una señal entre queja y nerviosismo. Con un solo escenario, la puntualidad es clave. No hay solapes que amortigüen retrasos ni alternativas mientras esperas. Si un concierto se demora, se atasca toda la programación del día. En el Degusta no pasó. El engranaje funcionó y eso reforzó la sensación general de festival ordenado, sencillo y cómodo.

Al final la cita dejó una imagen bastante clara: la de un festival menos multitudinario que en su estreno, pero mejor respirado por quienes estuvieron dentro. Una cita todavía en construcción, con margen de crecimiento y con preguntas abiertas sobre su capacidad de convocatoria, pero también con una identidad editorial cada vez más reconocible: escala humana, comida bien integrada, tránsito amable, pocos artificios y una organización que, en lo esencial, funcionó.

Y quizá ahí esté parte de su valor. En un calendario saturado de eventos que compiten por ver quién grita más fuerte, el Degusta Fest propone algo más sencillo: pasar el día, comer bien, escuchar música, moverse sin sufrir y no sentir que has pagado por entrar en parque de atracciones dopaminado. No es poco.

VIERNES

Ash llegaron al viernes como ese tipo de banda que no necesita mucha explicación: tres músicos, canciones afiladas y su forma “clásica” de entender el power pop, nada más, y nada menos. Tim Wheeler apareció con su Flying V, una guitarra con pinta de haber sido diseñada para invocar demonios en un pabellón de heavy y que encierra su trasfondo: en la luminosidad melódica de Ash siempre ha habido una querencia bastante clara por el riff duro, por cierta épica heavy y por el músculo guitarrero bien disimulado entre estribillos. El problema fue que el contexto no terminó de ayudarles. Un escenario grande, de día, con solo tres personas encima, puede parecer un solar de “Se vende”. No porque la banda no toque bien —tocan con oficio, pegada y solvencia—, sino porque visualmente cuesta llenar tanto espacio con una formación tan desnuda. Ash cumplieron, dejaron momentos reconocibles y recordaron que tienen canciones, pero el concierto tuvo algo de electricidad retenida. Estaban las canciones, estaba la actitud, estaba la guitarra en V, pero faltó quizá un punto más de volumen, aire y contundencia para que aquello terminara de prender.

Carlos Ares

Carlos Ares jugó en el extremo opuesto. Si Ash parecían tres tipos intentando domar un escenario faraónico a base de canciones, lo suyo fue ocuparlo todo y más: músicos, aparatos, decorado, iluminación, artefactos, movimiento, vestuario y energía. Vaya por delante que no es mi terreno musical, y eso conviene decirlo de frente, pero sería injusto no reconocer que el espectáculo estaba perfectamente dirigido hacia el público que había ido a verlo. Ares, salió enchufado, con un disfraz a medio camino entre Robin Hood y Flecha Verde, con una puesta en escena muy trabajada pensada para construir una experiencia audiovisual total más que un simple concierto: banda numerosoa, atmósfera, narrativa y una sensación constante de estar empujando hacia arriba. Quizá a quien no comulgue con su universo le pueda resultar algo grandilocuente, incluso demasiado diseñado, pero sus fans recibieron exactamente lo que esperaban: intensidad, melodía, entrega y una propuesta con ambición. En un festival donde el escenario podía tragarse a quien no viniera preparado, Carlos Ares hizo justo lo contrario: lo llenó hasta los bordes. No fue el concierto que más me tocó musicalmente, pero sí le reconozco que fue uno de los que mejor entendió dónde estaba, para que estaba y qué debía hacer.

Lori Meyers cerraron el viernes jugando en casa, o casi, y eso siempre les da una ventaja emocional evidente. Pero también me dejó una sensación algo incómoda: se está convirtiendo en una banda que sabe perfectamente cómo activar sus viejos himnos, pero que parece seguir buscando cómo hacer convivir ese pasado con su presente. El concierto tiró mucho de oficio, de hits y de una maquinaria ya muy engrasada, quizá demasiado. Hay momentos en los que Lori Meyers funcionan casi con piloto automático: entran los clásicos, responde el público, se levanta el recuerdo y todo parece volver a su sitio, pelillos a la mar. El problema aparece cuando intentan colar las composiciones nuevas dentro de ese mismo relato. Ahí se percibe una brecha importante entre los Lori Meyers de antes y los Lori Meyers de ahora. No hablo solo de canciones mejores o peores, sino casi de dos grupos distintos: uno con la electricidad generacional de sus grandes discos y otro más reciente, más acomodado, menos urgente, quizá más (ejem) adulto. Tampoco vi esa sensación de escenario atestado, de banda nacional intocable, que sí podían proyectar hace tres o cuatro años. Siguen siendo grandes, siguen teniendo repertorio y siguen sabiendo cerrar una noche, pero da la impresión de que están bajando poco a poco de aquella cima desde la que parecían liderar el indie mainstream nacional. No se han caído, pero ya no parecen mirar desde arriba. Y es que abusar de tu patrimonio y no ser capaz de reinventarte puede terminar devorándote.

SABADO

Los Coronas aparecían en una de esas horas ingratas en las que un festival todavía se está desperezando. Poco público aún quejoso, el sol apretando y el escenario como un campo inmenso vacío. Pero ellos salieron como si nada. Llegaron, tocaron, cumplieron y se fueron. Así de simple. Así de directo. Y, en el fondo, así debería ser muchas veces el rock: llegar sin pedir permiso y sin necesitar grandes discursos para dejar claro que hay oficio. Su surf instrumental funcionó como arranque perfecto del sábado: guitarras con polvo de carretera, ritmo, solvencia y esa sensación de banda que sabe exactamente cuál es su sitio. No incendiaron FERMASA, pero tampoco lo necesitaban ni lo querían. Se vaciaron y pusieron el festival en marcha con elegancia

Redd Kross fueron una de las sorpresas más agradables del sábado. Venían con ese cartel de banda de culto, veterana, excéntrica y un poco marciana, pero no se limitaron a posar como supervivientes ilustres de otra época. Al contrario: se entregaron con una mezcla exótica de profesionalidad, entusiasmo y sentido del humor. Fueron divertidos, coloridos, algo horteras en el mejor sentido posible, pero también muy comprometidos con el concierto. Redd Kross salieron a tocar en una hora difícil, todavía diurna y consiguieron plasmar algo muy valioso: la sensación de que aquello seguía vivo, de que detrás del historial queda ilusión y entrega. No fueron arqueología alternativa. Fueron una fiesta rara, eléctrica y bastante más seria de lo que aparentaba.

The Charlatans

The Charlatans dejaron el concierto más bonito y entrañable del festival. Sorprendieron por sonido, por ejecución y por elegancia. Técnicamente estuvieron muy bien, con un setlist sólido y una conexión evidente con una legión de seguidores que quizá fue una de las imágenes más llamativas del día: carteles, camisetas, indumentaria de época, edad acorde, sonrisas iluminadas y una devoción muy reconocible. De hecho se notaba que para buena parte del público aquello fue una pequeña cita sentimental con Mánchester, con los noventa y con una forma muy concreta de haber vivido la música. Tim Burgess, con esa pinta de guiri simpático despistado pareció percibirlo. Estuvo risueño, agradecido, radiante y hasta casi sorprendido por el cariño recibido. Es verdad que al directo quizá le faltó algo de energía física, pero lo compensaron con oficio, melodías y una calidez muy de agradecer en estos tiempos de toca y corre. No fue incendiario, fue mejor, fue hermoso.

La M.O.D.A. jugó en un registro parecido al de Carlos Ares: espectáculo, emoción y entrega como motor principal. La banda sabe perfectamente lo que quiere provocar y cómo hacerlo. Su directo está construido para generar comunión, para levantar brazos, para empujar al público hacia una especie de celebración colectiva donde la emoción importa tanto como la canción. Puede que su épica y sensibilidad no conecte con todos los paladares (incluido el mío), y a ratos roce ese punto de plaza mayor emocional. Pero lo defienden con una profesionalidad indiscutible. Hay esfuerzo, hay honestidad escénica y hay una banda bien rodada que sale a vaciarse. Está claro que puede no ser tu casa, pero está muy bien levantada.

Primal Scream fueron otra cosa. No solo un cabeza de cartel, sino un pedazo de historia viva del rock puesta delante de tus narices. Y eso todavía pesa. Bobby Gillespie y los suyos son capaces de sacar de su monumental carrera un fragmento de electricidad, arrogancia, hedonismo, ruido y memoria, y escupírtelo a la cara con la naturalidad que solo tienen las bandas que han estado allí cuando algunas cosas importantes estaban ocurriendo. Técnicamente estuvieron impecables, muy correctos, muy profesionales, con esa arrogancia de quien ya ha pisado mucho charcos como para ahora perder el sitio. Pero también se notó algo: falta un poco de aquella energía suicida, de aquella inocencia feroz de cuando una banda sale a morir porque casi no sabe hacer otra cosa. Es normal. Los años pasan, la rabia se dulcifica y el fuego ya no siempre sale descontrolado. Aun así, conviene quedarse con lo importante: Primal Scream todavía pueden transportarte a ese universo mágico y fascinante donde un puñado de leyendas vivas vienen a recordarte el por qué todo esto sigue teniendo sentido.

Lo Mejor: música y djs entre conciertos
Mejor concierto: The Charlatans
Mejor momento: “Accelerator” de Primal Scream.

Galería del Degusta Fest 2026