La sinceridad pop (y rock) de The Pains of Being Pure at Heart

Por yerman 0

Cuando llegas una hora antes a un concierto en sala y no ves movimiento por la puerta ya sabes que no va a ser un evento enlatado, buena señal, al menos para el asistente, que sabe que no va a tener que desplegar codos. El concierto de los Pains no fue uno de esos conciertos donde media sala está más pendiente de certificar su presencia en redes que de escuchar lo que tiene delante. Allí hubo gente a la que le gusta de verdad The Pains of Being Pure at Heart, gente que iba a ver a una banda importante en su vida. Un público de cuarenta hacia arriba, con algún chaval suelto, no precisamente perdido o equivocado: al contrario, tan metido como nosotros.

La banda se retrasó 10 minutos pero daba igual, la noche ya estaba amortizada y no teníamos ni prisa ni inquietud ninguna. Comenzaron con Contender y con una pequeña señal de alarma, la voz aparecía demasiado apagada, enterrada en la mezcla, mientras los instrumentos sonaban claros. Kip Berman todavía no terminaba de salir bien por los altavoces. Duró poco: alguien se puso manos a la obra y el desajuste quedó en eso, un pequeño susto.

Y a partir de ahí, surgió la magia pop, ese territorio que The Pains conocen bien: canciones melosas sin empalagar, melodías cristalinas, pop contenido que no termina de romper, orfebrería “indie” empaquetada en un sonido eléctrico orgánico y brillante. Es un directo que funciona por simple acumulación: una guitarra que brilla, una melodía sencilla, una base limpia y una manera de convertir la fragilidad en canción sin doblegarse a la intensidad ni al músculo. Trabajan por insistencia, por textura, por una calidez que te va abrazando.

Pero eso no fue todo: con algo así ya vas servido de indie pop etiqueta negra; aun así, esa atmósfera de fragilidad y sonidos ensoñadores era interrumpida por oleadas de nervio e intensidad, temas donde los Pains giraban a electricidad desatada, músculo, energía, empuje y ruido. En un par de tramos pisaron el acelerador a fondo con los músicos convertidos en fogonazos dentro de un concierto que parecía más dado al brillo suave que al incendio. Y fue ahí, en esas embestidas eléctricas, donde la sala agradeció verles desmelenarse, empujar las guitarras y recordar que bajo la capa de indie-pop delicado también hay nervio, sudor y carácter.

The Pains of Being Pure at Heart MurciaEl setlist tampoco vino a engañar a nadie. Arrancaron con Contender, Come Saturday y Young Adult Friction, la puerta grande de aquel debut que puso a la banda en el mapa. Después fueron cayendo Higher Than the Stars, This Love Is Fucking Right!, Ramona, Stay Alive, Everything With You, A Teenager in Love, Heart in Your Heartbreak, Until the Sun Explodes, Belong y The Pains of Being Pure at Heart. Si habías ido a buscar las canciones, allí estaban. Sin esconderlas, sin deconstruirlas, tan solo mostrarlas, sacarlas de dentro y lanzarlas al aire, tan simple, tan complejo.

Y así fue pasando la noche, canción tras canción ante una banda tímida y discreta sobre el escenario, pero descarada y directa con los instrumentos: son un grupo con muchas horas de garaje, muchas horas de sótano y sombra, muchas canciones encima, muchos volver a empezar y pulir imperfecciones. De esas bandas que parecen pequeñas hasta que empiezas a escuchar cómo están colocadas las piezas y te pierdes imaginando cómo logran llegar ahí, a esos sonidos y a esa forma de elaborar un puzle musical enorme y exótico.

Cerró Gentle Sons, y ahí sí terminaron de abrir la compuerta: esa vena más sucia, más eléctrica, casi grunge, que asoma y destaca entre su repertorio más pop. Empujaron el sonido, dejaron que las guitarras mordieran un poco más y acabaron arriba.

The Pains of Being Pure at Heart tocaron como una banda que todavía cree en sus canciones y que entiende que el pacto de honor con el público no necesita demasiada explicación. Uno sube, toca, saca todo lo que tiene y se baja. Algo que parece tan sencillo y que es tan difícil de encontrar.