Entrevista a Erik Oz y Lorena Montón: Rock, Arte y Estética

Por Alexis Brito Delgado 0

Entrevista a Erik Oz y Lorena Montón

8 preguntas sobre «Rock, Arte y Estética».

Erik Oz y Lorena Montón nos presentan «Rock, Arte y Estética», un libro en el que recorren varias décadas de historia musical para explorar la relación entre la música, la moda y el arte, y cómo la imagen ha contribuido a definir la identidad de artistas y movimientos.

A lo largo de esta entrevista, ambos autores reflexionan sobre la influencia de la estética en la cultura popular, el legado de figuras como David Bowie, Madonna o Cher y la importancia de la imagen en la industria musical actual.

¿Cuándo te diste cuenta de que la imagen de los músicos era algo más que un simple complemento y que daba para contar su propia historia?

Erik: Siempre lo he tenido muy claro. Si pienso en iconos como David Bowie o la figura de Freddie Mercury en Queen, mucho antes de saberme una de sus canciones de memoria, su imagen ya se había grabado a fuego en mi cabeza. La imagen tiene una inmediatez brutal. A menudo, la estética de un artista te impacta y te cuenta su historia muchísimo antes de que su música tenga el tiempo material de calar en el público. No es un complemento, es su primer manifiesto.

Lorena: Creo que de forma inconsciente es algo que siempre he tenido claro: que los rockeros iban con tupés, que los punkis iban con sus crestas y que los raperos llevaban pantalones anchos. En mi caso, siendo adolescente, escuchaba una música, pero me vestía con los códigos de otros géneros, pero era muy consciente de esa transgresión socialmente no permitida. Es una temática que siempre me ha llamado la atención y por eso nació la propuesta del libro, donde hemos intentado acaparar el mayor número de estilos asociados a géneros musicales.

En «Rock, Arte y Estética» recorres varias décadas de música y cultura visual. Mientras preparabas el libro, ¿hubo algún artista que te sorprendiera especialmente por la influencia que llegó a tener en la moda o en la estética de su época?

Erik: Sí, sin duda, y confieso que la investigación del libro me ha hecho respetarla desde otro lugar: Cher. Es un icono desde mediados de los sesenta. Su caso me fascina porque no es que haya sabido adaptarse a los tiempos, es que siempre ha ido dos pasos por delante, transitando por estéticas antes incluso de que estuvieran bautizadas. Popularizó el hippie chic y los flecos en los 60; se atrevió con los vestidos transparentes de lentejuelas en los 70 junto a su diseñador de cabecera, el legendario Bob Mackie; se enfundó en cuero y tachuelas apropiándose del hair metal en los 80 con «If I Could Turn Back Time»; y se reinventó como diva futurista de club en los 90. Cher entendió que la moda era una herramienta de identidad mucho antes de que existiera el concepto de branding personal.

Lorena: Madonna ha sido una de las estrellas que más calado ha tenido en las modas, sabiendo adaptarse y anticiparse a ellas con golpes de efecto inesperados. Fue la primera en mostrar la ropa interior como parte de su atuendo; quien convirtió en icono el corsé de los conos de Gaultier; quien se cortó el pelo para dotarlo de una sensualidad que le valió el apelativo de “la ambición rubia”; la primera artista mainstream en coquetear con el misticismo oriental en «Frozen»; nos devolvió a la pista de baile en diversas ocasiones y sigue vigente, demostrando que es la matriarca que toda princesa del pop debe seguir.

Siempre pregunto por Bowie a la primera oportunidad que tengo. Es lo que tiene ser un fanfatal. Es difícil hablar de música e imagen sin que aparezca el Duque Blanco. ¿Por qué crees que su legado estético sigue resultando tan actual tantos años después?

Erik: Yo también aprovecho la mínima para hablar de él. Su vigencia es total porque Bowie entendió antes que nadie que a nadie le interesaba David Robert Jones. David Jones era un tipo normal, un ciudadano anónimo más de Brixton. Pero David Bowie era otra cosa. Bowie fue capaz de canalizar todas las ansiedades de la juventud del Reino Unido en una sola figura. Cuando aparece por primera vez en Top of the Pops en 1972 tocando «Starman», de golpe, millones de adolescentes que se sentían parias, freaks, disidentes o incomprendidos, encontraron un referente. Y lo más brillante, a cada intento de etiquetarle, él respondía con más misterio y más incógnitas. Su estética sigue actual porque no era ropa, era un refugio para una minoría que resultó ser muy amplia.

Lorena: Bowie es sinónimo de transgresión y eso siempre estará vigente para cada nueva generación de adolescentes. Cada uno con sus luchas, con sus gustos y sus características, pero todos ellos querrán buscar su identidad a base de desafiar las convenciones que les vienen dadas de las generaciones anteriores. Ese espíritu no se va a perder.

Hoy los músicos están constantemente expuestos al escrutinio público a través de las redes sociales. ¿Piensas que ahora se preocupan más por su imagen o simplemente ha cambiado la manera de construirla y mostrarla al público?

Erik: Más que preocuparse más, lo que ocurre es que ahora están sometidos a una dictadura visual. Antes la imagen importaba, claro, pero no dejaba de ser un satélite que orbitaba alrededor de la música. Ahora el centro de gravedad ha cambiado. Nada en el feed de un artista se deja al azar; todo es estrategia y relato. Hemos llegado a un punto en el que el diseño de la identidad y la presencia digital exigen el mismo esfuerzo —o bastante más— que la propia estrategia de lanzamiento de un disco. De hecho, en el ecosistema actual, a veces la canción parece ser solo la excusa, el sonido de fondo necesario para poder vender esa imagen.

Lorena: Como comenta Erik, las reglas del juego en la industria musical han cambiado y, guste o no, los nuevos artistas deben pasar por esa lucha por la atención desde todos los ángulos posibles, siendo la imagen uno muy importante. Creo que la importancia es la misma que antes, solo que ahora los cambios se exigen a una mayor velocidad. Si antes pasaban cuatro años entre una era y otra, ahora pasan tan solo seis meses. Ahora bien, dudo que el calado en el público sea el mismo. Se consume y se pasa a lo siguiente sin que el contenido llegue a penetrar. Tendremos que esperar unos años para hacer balance de si hubo impacto real en lo actual o no.

En el libro conviven música, arte, diseño y moda. ¿Qué fue lo más complicado a la hora de relacionar todos esos mundos y, al mismo tiempo, mantener la naturalidad del discurso?

Erik: Lo curioso es que, una vez haces el clic y asumes que todo forma parte del mismo ecosistema, relacionarlo deja de ser complicado. El clic está en entender que ninguna tribu urbana surge por casualidad. Siempre son la respuesta a una crisis o a un cambio de paradigma social. El punk no son solo imperdibles y ruido, es la respuesta visual a una crisis económica y de espíritu. El movimiento hippie es la reacción sociopolítica a Vietnam, y la estética Y2K es la resaca de los optimistas años 90 chocando contra la paranoia del nuevo milenio. Cuando asimilas que la moda y la música son simplemente la forma visual y sonora que adopta la sociología de una época, tirar del hilo de estas subculturas resulta natural.

Lorena: Parece más difícil de relacionar de lo que realmente es. Al final, todo tiene un porqué que obedece a un momento social, político, económico… y ha resultado fascinante unir los puntos y trazar la silueta de cada una de estas tendencias.

¿Hay algún músico, banda o movimiento cuya aportación estética creas que todavía no se ha valorado como merece?

Erik: La Neue Deutsche Welle. Es un movimiento que el relato oficial anglosajón ha sepultado un poco, pero que a nivel sociopolítico y estético es una mina de oro. Piensa en la Alemania de finales de los 70, en la escena de Berlín Oeste: una isla capitalista rodeada del bloque soviético, con el Muro partiendo la ciudad y una paranoia constante en plena Guerra Fría. Esa asfixia social parió una subcultura underground que no tenía nada que ver con el hedonismo más naíf de otros países. Crearon un imaginario visual de cuero, geometría, frialdad tecnológica, ironía y nihilismo que respondía directamente al trauma de su país. Es una estética fascinante que se usó como arma de soft power al otro lado del muro y que no se ha reivindicado lo suficiente.

Lorena: En el caso de la música disco, creo que no se ha valorado la importancia real de la estética. La cultura popular lo asocia a discotecas y a Fiebre del sábado noche con cierta connotación hortero-festiva. Ahora bien, saber que esa cultura nace de los sectores de población más marginados, que solo podían ser como eran en los clubs con la complicidad de la noche y que el brilli brilli y las plataformas eran una forma de curar su autoestima, ya que ser como eran no les estaba permitido, la visión que tienes del movimiento disco cambia y se engrandece.

Después de todo el trabajo de investigación y escritura, ¿ha cambiado tu manera de escuchar música o de fijarte en la imagen y la puesta en escena de un artista?

Erik: La forma de escuchar música sigue igual, pero la forma de trabajar en la industria sí que se ha enriquecido. Todo este proceso de investigación me ha dado mucho más contexto. A la hora de afrontar el branding de un artista o sentarme a rebotar ideas con su equipo, tener este mapa mental te facilita muchísimo entender el ecosistema contemporáneo, porque automáticamente ves los hilos y reconoces de qué iconos del pasado están tirando para construir su identidad actual.

Lorena: Concuerdo con Erik. La música la escucho igual, pero mi valoración del producto artístico total es otra. Marcar tendencias y reflejar lo que ocurría en la calle mientras eres una superestrella, como pasó en su día con Kurt Cobain o con los Beatles, no es nada fácil. Lo que han logrado los referentes que mencionamos en este libro es para aplaudirles sin parar.

Para alguien que todavía no haya leído «Rock, Arte y Estética», ¿qué te gustaría que se llevara del libro al terminar la última página?

Erik: Me gustaría que el lector entendiera que la imagen no es un adorno, es la herramienta que realmente fabrica iconos y mitos. Y, sobre todo, me gustaría que se llevara un respeto absoluto por el artista y por la cultura pop. A menudo, se mira al pop por encima del hombro, pero nosotros siempre hemos defendido que es cultura con mayúsculas y hay que darle el valor histórico que tiene. Freddie Mercury no es “más” músico que Dolly Parton solo porque ella haya decidido encarnar un arquetipo estético que a veces la crítica ha menospreciado. En el libro hemos hecho un esfuerzo consciente por dar cabida a todo tipo de perfiles, sin dejarnos llevar por el esnobismo o por los prejuicios de lo que se considera normativo o cool.

Lorena: Me gustaría que antes de juzgar si algo es cutre, hortera o exagerado, se detenga a comprender todo lo que rodeaba a ese artista o movimiento. Que no se quede con la primera impresión, sino que ahonde en los porqués. Ojalá le parezca tan apasionante como a mí.