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Vampire Weekend – Modern Vampires of the City

Por Juanjo Rueda 0

9.5

Nota
9.5
95%

Al pop, como género, le pasa como a la comedia en el cine. La gente tiende de menospreciar o subvalorar los méritos de la comedia tildándola de fácil entretenimiento, pesando mucho más, a la hora de engrandecer una obra, el plasmar el drama humano más crudo. Pero la buena comedia se ha demostrado capaz de radiografiar tan bien nuestra sociedad, males y miserias como el mejor drama y, encima, haciendo reír, con lo complicado que es esto último. Al pop le pasa algo parecido musicalmente, la gente tiende a menospreciarlo como sencillo y banal pero al igual que la buena comedia hay una enorme dificultad a la hora de hacer buen pop. Si la comedia va a la búsqueda del disfrute del espectador por medio del humor, el pop lo busca por medio del gancho melódico. Pero, como en la comedia, es muy difícil hacer buen pop; el no caer en noñerías, en redundancias, en lugares comunes o en obviedades, es muy difícil encontrar un punto en el que frescura, innovación, accesibilidad para el oyente y gancho melódico cuajen en una canción y en un disco. Pues eso tan difícil lo llevan haciendo Vampire Weekend en, ya, tres discos.

Vampire Weekend ya hace un tiempo que han superado la sospecha del hype que sobrevolaba sobre ellos con su primer disco. Normal que, en parte, las suspicacias en torno a la banda siempre hayan existido y existan. Sus pintas de extras de anuncio de Tommy Hilfiger (no en vano, ya utilizó la marca uno de sus temas), su éxito comercial (este último disco ha sido número uno en EE.UU al igual que el anterior) o el haber conseguido captar la atención del oyente mainstream son ese tipo de argumentos que pesan entre muchos prejuicios a la hora de valorar a la banda. Pero superando esos prejuicios vacuos se acaba uno concentrando en la música y ahí, lo que la banda ofrece, es bueno, muy bueno.

Mucho se ha hablado también de la influencia de la música africana en la música de Vampire Weekend. Sí, ahí está, es innegable. Pero creo que quedarse en ese análisis de su música es reduccionista. Su concepción del pop tiene un carácter muy heterogéneo, con una gran habilidad para adoptar -¿robar, como hacen los genios?- estructuras musicales o ganchos melódicos de cualquier estilo, género o latitud geográfica, consiguiendo una mixtura musical personal. Ya era así en sus discos anteriores y ocurre igual en este tercer disco. Igual te suena un riff de aire surfero en “Diane Young”, como utilizan el sonido de clavicordio de aire barroco en “Step”, tema, este último, que usa a su vez una estructura inspirada en el hip-hop. Igual te hacen un medio tiempo de pop futurista digno del mejor James Blake -”Hudson”- o te vuelven a tocar la fibra sensible repitiendo trucos anteriores como ocurre en “Hanna Hunt” (donde utilizan la misma estructura y golpes de efecto melódicos de “I think Ur A Contra”). Son capaces de colarte un anti-hit tan adictivo como “Ya Hey”, con esos coros de voces entre el helio y el dibujo infantil, o un inicio tan anticlimático como “Obvious Bicycle” que parece más hecho para cerrar el álbum si no fuera porque el disco lo cierra esa especie de haiku musical que es “Young Lion”; y aunque estamos ante su disco más melancólico (algo que se plasma tanto en el mayor número de medios tiempos como en las letras), tranquilos, también hay espacio para momentos algo más movidos como en, la anteriormente citada, “Dianne Young”, “Unbelievers”, “Finger Back” o “Workship You”. Estos son sólo pequeños apuntes de lo que ofrece un disco que en cada escucha revela nuevos detalles y que es mejor que uno disfrute libre de prejuicios.

Con este tercer disco, Vampire Weekend, cierran una trilogía en la que cada disco parece mejor que el anterior, consagrándose como una de las bandas definitorias de nuestro tiempo.


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