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The Callas: brotes verdes griegos

Por Juanjo Rueda 0

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Nota
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No nos engañemos, la cultura occidental contemporánea del primer mundo, y más concretamente la música, tiene a lo anglosajón como eje principal, desdeñando por su procedencia geográfica -ya sea el público o mediadores culturales- muchas propuestas que no vienen de los principales proveedores de estos contenidos (EE.UU. y Reino Unido, principalmente). También es verdad que hacer desde otras latitudes fuera del entorno anglosajón una copia sin gracia de unos sonidos que, básicamente, en muchos casos han creado -con sus muchos matices-, macerado en su ADN cultural y popularizado alrededor del mundo estas dos potencias nombradas, casi mejor no hacerlo. Pero no es este el caso. Los griegos The Callas demuestran ser unos buenos conocedores de casi todos los sonidos realmente interesantes en la historia del rock alternativo. Capaces de pagar a las nuevas generaciones anglosajonas con su misma moneda y que estos todavía les tengan que devolver cambio.

The Callas, como digo, son una banda griega (el nombre de la misma parece más que claro a quién hace ¿irónica? referencia) que ya habían debutado hace dos años con “Objekt” (Inner Ear, 2011), disco que les llevó a girar por lugares como Londres donde Jim Sclavunos -batería de los Bad Seeds y de ascendencia griega- quedó enganchado a su propuesta y les ofreció ejercer, entonces, de teloneros de Grinderman. La colaboración con Sclavunos iría un paso más allá cuando, tras oír las primeras demos de este segundo disco, se ofreció a producirlo, terminando tocando la batería en la mitad de los temas y, no sólo eso, co-escribiendo también las letras de esos temas.

Am I Vertical?”, editado de nuevo por el sello griego Inner Ear a finales de 2013, toma su título de un poema de Silvia Plath y se construye como un muestrario de diez temas que casi sirven de resumen de lo que el rock alternativo ha dado de sí a lo largo de su historia. Manejan una política musical en la que afloran brotes verdes en forma de canciones que pueden sonar oscuras con una rítmica no muy apartada de lo industrial, no muy lejos de los Bad Seeds de los ochenta (“Lustlands”); canciones que toman una pulsión de rock sucio que igual puede haber sido aprendido de la Jon Spencer Blues Explosion (“Anger”) o invitan al kraut a que entre en escena con ritmos repetitivos de “motorik” y recitados en alemán en “East Beat”; canciones que se relajan en medios tiempos de envenenado encanto velvetiano en “Black Leather Books” o que vuelven a tomar impulso mediante las enseñanzas que sembraron los Pixies hace más de dos décadas en temas como “Disaster”. Hay espacio para caramelos de garage-pop que igual querrían los actuales Strokes (“I Hate You but I Like You”, “I Wonder”) y en “That’s you” y “Octopus Love” el post-punk de guitarras pesadas hace acto de presencia. Todo esto mientras en las letras hablan -con cierta ironía o sin ella- de rabia, deseo, oscuridad, lujuria, aislamiento, y de amor como sentimiento hiriente; miserias y grandezas de hoy y de siempre, pero sobre todo de hoy sabiendo de donde proviene la banda.

Un disco lleno de temas de guitarras cortantes, ritmos (bajo y batería) robustos y coros femeninos de candorosa picardía. Un disco que como única deuda que le puede poner la Troika indie es la dificultad que supone aportar matices distintos y propios a toda esa tradición; a la que hay que sumar que la diversidad manejada dentro de la matriz rock puede asentar en el oyente, en una primera escucha, una sensación de ligera dispersión. Pero todas estas deudas se pueden considerar saldadas, ya que acaban ganando las canciones (lo verdaderamente importante en última instancia) en un disco que no tiene ninguna desechable. Escúchenlos y me dicen si miento.

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