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Sónar 2014, fiesta en el laboratorio

Por Jose Eduardo Medina 0

Público en SonarVillage / Ariel Martini

La última edición de SónarFestival de Música Avanzada y New Media Art de Barcelona, rompe las estadísticas con la propuesta más arriesgada de su historia. Comprometido en explorar nuevos formatos, se ha apostado por experiencias únicas como Despacio, pista de baile donde el sonido fue el protagonista o el despliegue de arte digital en el proyecto SonarPLANTA. Equipo técnico que desmarca al festival del circuito, llegando a superar los 109.000 visitantes, segundo mejor registro de su historia.

Nils Frahm / Ariel Martini
Nils Frahm / Ariel Martini

Versión actualizada del formato vespertino en el segundo año de la Fira de Montjuic que estrenaba organización del espacio alrededor de SonarVillage. Ahora la pradera alfombrada de verde sintético permitía el disfrute holgado del público al sol del gran patio. Clima opuesto en el interior del SonarHall, cortinajes rojos y refrigeración artificial para recibir a Nils Frahm y sus máquinas. El aparataje del pianista, compositor y productor berlinés rehuía entre las sombras del escenario, servil sólo al haz de luz que iluminaba sus manos. Sonido transparente y expansivo para dilatar la sala, dando espacio suficiente a las múltiples variables sobre la melodía labrada a golpe de tecla de piano, permitiendo el disfrute pleno para una de las delicias ofrecidas en un catálogo alejado de lo convencional.

Entre sus múltiples aristas, la jornada escondía una de filo cortante bajo los bailables beats liberados a la pradera por Travis StewartAgazapada en la noche del auditorio SonarComplex, A U R O R A (Mute / Bedroom Community, 2014) esperaba despertar. A medida que la red de sintetizadores adquiría vida a las órdenes de Ben Frost, el sonido se tornaba denso, alternando líneas de bajo que hacían vibrar nuestras ropas, con escaladas de agudos, chirriantes como el engranaje oxidado de una obsoleta máquina industrial. Aullidos de un animal acorralado por el cerco de destempladas percusiones, en una cacería sin tregua que devoraba el silencio de manera insaciable.

Aturdidos por la distorsión, aparecimos ante el monolito levantado por Richie Hawtin en el centro del SonarVillage. Emulando a Stanley Kubrick, el músico y productor inglés erigió una columna led de caras negras que inició su actividad al oscurecerse el cielo, momento en que aparecieron sobre su superficie los símbolos de un desconocido alfabeto. El autor del montaje audiovisual, sólo visto previamente en el Guggenheim neoyorquino, recuperaba de nuevo el seudónimo Plastikman para ofrecer al público una línea de techo minimal que comenzó helada, fría como los indeterminados cuerpos blancos que flotaban en las pantallas y fue activada progresivamente, insertando variaciones melódicas que consiguieron hacer bailar a la tribu en torno al eléctrico menhir.

Plastikman / Ariel Martini
Plastikman / Ariel Martini

La reversibilidad del Sónar queda patente en las jornadas dobles, día y noche como caras de una misma moneda que gira sobre su canto. En este juego de azar, el mejor postor era el trío venido del norte europeo. Svein Berge y Torbjørn Brundtland, a.k.a. Röyksopp, y Robyn abanderaban su directo con formato ampliado bajo el lema ‘la unión hace la fuerza’. El todo debería haber sido más que la suma de sus partes, pero ante las direcciones opuestas del montaje se hizo difícil saber si había un objetivo único. Los noruegos optaron por la vía intimista, con la voz cómplice de Susanne Sundfør, trayectoria torpedeada por la batería de hits de la hiperactiva rubia, metralla de estribillos pop para unos fans que complacidos jaleaban en las primeras filas los movimientos sin descanso de su diva. Recién aterrizados, y no sólo por sus trajes, en un planeta a años luz del que despegaron, el dúo regresaba con todo el atrezzo del mini-álbum Do It Again (Interscope / Cherrytree, 2014), estableciendo contacto por primera vez con la nave nodriza sueca.

Royksöpp & Robyn / Ariel Martini
Royksöpp & Robyn / Ariel Martini

Gran parte del público, excepto los incondicionales, se había dejado por entonces seducir por otras alternativas en la misma franja horaria. Muchedumbre importante ante el discurso épico de Woodkid, llevando el exceso por igual al vídeo y al sonido. Más discreto despliegue, pero no por ello menos efectivo, en la explanada alargada del SonarLab para la segunda reunificación de la noche. Sólo un aspa traslúcida presidiendo la escena y la oscuridad en torno a la intersección. En primera línea, tres sombras, Sascha GreenGernot Bronsert y Sebastian Szary rompían la continuidad de la pantalla donde un saltador sobrevolaba el vacío con un uniforme blanco. No corrían el mismo riesgo los alemanes ante un a audiencia deseosa por entregarse al ritmo, sacaron los ases de la baraja con la fluidez a la que se deslizaba la voz de Green sobre los graves de Modeselektor.

Amaneció más temprano de lo previsible, y fue Dan Snaith el autor del engaño deslumbrando al público con su deliciosa electrónica instrumental. El repertorio traído por Caribou, moviéndose entre las orgánicas melodías de Swim (Merge, 2010), alternaba el gusto por los paisajes familiares, reconocidos al momento en la memoria, con fugas improvisadas hacia terrenos sintéticos. Reservada para el final, el bucle vocal a ritmo de percusiones que adelanta su próximo disco, sumió al público en un estado de euforia colectiva, como si una bolsa de eme se hubiera diluido en el aire, derretida por los rayos de su amoroso sol.

Gesaffelstein / Juan Sala
Gesaffelstein / Juan Sala

Si uno no anda atento, puede acabar cegado por el espectáculo, por eso siempre es bueno llevar un par de gafas de sol encima, para evitar perder los detalles. Las mismas que habíamos guardado al cambiar el café de sobremesa por escuchar a la sombra el debut de Matthew Barnes, tuvimos que recuperarlas frente al podio dorado de Mike Lévy. Hora complicada para el primero, compitiendo con el tiempo de la siesta, pero, ¿dónde mejor descansar que bajo los compases de su elegante dub? Anestesiado caí, mecido por las cíclicas secuencias de cuerda, voz y percusiones. Lado opuesto para el hombre elegante del techno. Lévy, más conocido por Gesaffelstein, fumaba sobre la mesa de operaciones, impasible, sin ceder un ápice en el agresivo bloque de altivas referencias que es su música, aunque estuviera bien entrada la madrugada. Bajo la marca matemática que describe los diferentes infinitos, el ensamblaje de beats sin fisuras se elevaba a imagen de un eléctrico laberinto, incitando a la codicia con su enigmático fulgor.

Tengo claro cual sería el consejo a dar para todo el que atraviese las puertas del auditorio de la Fira de Montjuic. Relájese y saboree la música. Y esa máxima la hizo valer con creces Devon Welsh. Pareja de Matthew Otto en Majical Cloudz, el dúo se mueve en la fina línea que separa ambientshoegaze y dream pop. Con una base electrónica reducida al mínimo, tan austera como su puesta en escena, la potencia expresiva de Welsh, tenso, apretando su mano contra el micro y el puño contra su cuerpo, podría seguir las pautas de un ritual. Práctica necesaria cuando va a exponerse el fondo de la conciencia, allí donde habitan esperanzas y deseos, pero también odios, temores y frustraciones. Después de una experiencia así, uno se pregunta si la fiesta de disfraces de Kid Koala entraría en la sección de música del festival.

Horace Andy y Massive Attack / Juan Sala
Horace Andy y Massive Attack / Juan Sala

La noche del Sónar es una gran pista de baile, donde incluso los coches de choque forman parte de la coreografía. Ahí está la clave del error cometido por el grupo de Bristol y el acierto justo en la diana del visionario Nile Rodgers. Por su trayectoria, Massive Attack era el gran atractivo del cartel, siendo redundante volver una y otra vez a subrayarlo en el montaje. Despliegue de pantallas, datos, cifras, marcas y consignas ideológicas, sobrecarga visual para una actuación estudiada al milímetro, densa en el discurso y medida con precisión, algo que puede jugar en contra si no se da margen a lo imprevisible. Lectura opuesta para la vuelta de Chic, con un directo que nos lleva a pensar que Bernard Edwards se ha quedado entre las cuerdas del bajo para hacer incombustible a la banda que ahora lidera Nile RodgersEscritos en la proyección los estribillos de todos sus éxitos, por si algún despistado había olvidado la letra, no hizo falta pedir una segunda vez al público que tocara las palmas para que los pies se levantaran del suelo. El black riot a ritmo de funky bajo su defensa de lo freak resultó ser más incendiario que el mastodonte teórico-político de los británicos.

Nile Rodgers y Chic / O. García
Nile Rodgers y Chic / O. García

Quién hubiera dicho que la última noche, justo antes del mano a mano entre Tiga y el gran aparato eléctrico de la lluviosa traca final, aparecerían los autómatas kitsch de Daniel Lopatin por las pistas del Sónar nocturno. No sé si fue un delirio del sueño, que hace estragos a altas horas de la madrugada, pero entre los mullidos almohadones de Dapnhi, nombre de Dan Snaith cuando se pone a los mandos de una mesa de mezclas, y James Holden, cuyo concierto vespertino junto al saxofonista Etienne Jaumet fue un flechazo instantáneo, volvía a escuchar el martilleo de Zebra en mis oídos. Pudo ser una fuga sonámbula del mundo abierto por el propio LopatinOneohtrix Point Never, el día anterior en el auditorio. A modo de mesías ciberpunk, su mesa de operaciones resucitaba obsoletos sonidos extraídos de una realidad paralela recubierta de plástico. Precisión quirúrgica en la mezcla para arrancar vibrante vida al bodegón de inertes fragmentos de audio hasta lograr una copia más suculenta y llamativa que lo real.

Resumen final para un Sónar que, tras su segunda edición en la nueva ubicación de la Fira de Montjuic, ha ampliado sus miras, abriéndose a una realidad aumentada donde no es necesario seccionar los lazos tendidos entre música, arte y tecnología. Aprendiendo, como buen investigador, que siempre se debe mantener la vista a la altura de la línea de horizonte para no perder detalle de lo que está por llegar.

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