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BIME 2015: Bipolares en Bilbao

Por María José Bernáldez 0

Normalmente, el tercer disco de un grupo es el que marca su confirmación. Podría aplicarse la misma ley para las ediciones de los festivales y, en este caso, la afluencia de público de este año (unos 9.000 asistentes el primer día, 13.000 el segundo) iguala a los 10.000 por día del año pasado y supera con creces a los valientes que probamos la primera edición. El festival tiene cuerda para rato.

Sin embargo,  sigue pecando de los mismos errores, aunque se nota el esfuerzo para intentar subsanarlos año tras año, no terminan de dar con la tecla:

  • Sonido: Intachable, como cada año, el Escenario Teatro. Insufrible el de los escenarios principales. Tres años, tres cambios de disposición. Tampoco ésta es la adecuada. Dos escenarios alternos en diagonal en el que 10 pasos de diferencia hacían que sonara aceptable o que pareciera un experimento con un cencerro. El pabellón es enorme, oscuro y desangelado. Algún concierto sufre siempre las consecuencias.
  • Cartel: Completamente polarizado. Entre la apuesta acústica de Iron and Wine (sólo para muy fans) y la apoteosis fan de Imagine Dragons cabe el sistema solar completo.
  • Tabaco: Una es muy tolerante con la gente que fuma. Pero también es asmática. Entiendo que se deje fumar en el pabellón principal (aunque este año había una zona abierta al aire libre para los puestos de comida entre éste y el teatro), pero lo de no poder huir en el teatro es un factor en contra bastante importante.
  • Barras: Si bien no recuerdo demasiado problema con este tema en ediciones anteriores, este año, la introducción del pago electrónico con un chip integrado en tu tarjeta, hacía presagiar lo peor (admitámoslo, todos tenemos algo de tecnolerdos). El invento no funcionó mal, aunque me llegan ahora noticias de devoluciones en las que el dinero se ha quedado en el limbo, pero los camareros de este año, que manejaban perfectamente los aparatos electrónicos para cobrar, no tenían ni idea de “camarear”. Largas esperas innecesarias, cosas que no creeríais, mucha cerveza malgastada en espuma y la rara sensación de echar de menos a los infames camareros portugueses del Primavera Sound.

Pasamos a la crónica de los conciertos que pudimos ver salvando algún que otro solape ideado por alguien que se ha llevado gran parte del odio de los asistentes.

 

VIERNES

  • Zola Jesus: Llenando el escenario y recorriéndolo de arriba a abajo, a pesar de lo arriesgado del horario, dio una lección a las demás artistas de estilo parecido que cuando llega la hora de la verdad, se desinflan en directo.
  • Benjamin Clementine: Ganador por goleada del festival y uno de los conciertos del año. Ataviado con una bata de artesano (o, quizá, una gabardina raída en homenaje a la temporada en la que vivía en la calle, en París) y descalzo, convirtió la música en arte. Su personalísimo estilo caló entre el público que rompía en aplausos a la mínima. Virtuosismo minimalista y escalofríos sólo de recordar cómo le dio la vuelta a varios de los temas del ya de por sí magnífico “ At Least For Now”. Ni un pero.

    Benjamin Clementine, descalzo, emocionante.
    Benjamin Clementine, descalzo, emocionante.
  • Iron and Wine: La magia del concierto anterior hacía pensar que pasaría lo mismo con Sam Beam, que pasaba por el país con una gira en acústico (es decir, su guitarra, su barba y él). Pero ¡ay! falló estrepitosamente el público. Tengo más que comprobado que el espectador medio de un concierto en un festival se aburre a los 40-45 minutos. Si los sientas en un teatro y sólo hay un señor con una guitarra, el tiempo se reduce a media hora. Eso fue lo que tardaron en aparecer conversaciones sobre chupitos mientras Sam reafinaba la guitarra una y otra vez. A pesar de todo, pocos pueden emocionar como él.
  • Stereophonics: Siempre los había visto tocar de día y pensaba que les faltaba cierto empuje en directo, pero la oscuridad les sienta muy bien. Enérgicos, simpáticos y presentando cada canción como si fuera un himno generacional, los galeses consiguieron hacer llegar canciones de toda su discografía a un público que, recordemos, ya estaba a otras cosas. Destaquen varias de las canciones de su último disco, “ Keep the Village Alive”, que podrían ser herederas de los ‘Maybe Tomorrow’ y la siempre emocionante ‘Dakota’ como canciones más coreadas.

    Kelly Jones, imperturbable desde 1997.
    Kelly Jones, imperturbable desde 1997.
  • The Go! Team: Prometían un concierto muy festivo pero no consiguieron conectar con el público que estaba ya nervioso esperando al siguiente grupo.
  • Crystal Fighters: Siempre hay grupos que son durante una temporada ubicuos vayas al festival que vayas. En mi caso, los he visto más veces que a mi familia en un año, con lo que su propuesta de ínfulas hippies ya no me dice nada, pero sí que dieron lo que prometían a las miles de personas que estaban haciendo tiempo en los demás conciertos para poder desfasar a gusto con ellos. “¿Están tocando una txalaparta?” se oía durante todo el principio del concierto. Y sí, sacaron un instrumento típico vasco por si acaso hacía falta congraciarse con los enloquecidos fans.
    Efervescentes como las bengalas que utilizaron.
    Efervescentes como las bengalas que utilizaron.

    SÁBADO

    Unas 13.000 personas aproximadamente, según datos oficiales. Muchos disfrazados (era Halloween, qué se le iba a hacer) También todos para ver al mismo grupo, pero de eso hablaremos más adelante.

    • Nudozurdo: Están a kilómetros luz del resto de grupos españoles. Tanto en disco, como en directo . Y también les sacaron los colores a los grupos que el día anterior no habían conseguido atravesar la inmensidad del pabellón. Guitarra. Bajo. Batería. Cambios de ritmo en casi todas sus canciones. Reinventados en todo salvo en la increíble voz de Leo Mateos que con un “ Cuidado con el ruido, que te desata los zapatos” resumieron muy bien su propia actuación.
    • Savages: Quizá esperaba más de un directo del que todo el mundo ha hablado siempre fenomenal. Intentaron animar al público, pero quedaron un poco en la sombra.
    • Villagers: Ganadores del sábado. La banda completa (con músicos pluriempleados) y un Conor O’Brien sobresaliente tanto en lo vocal como en la actitud (acalló el amago de intentar seguir el ritmo de Courage del público dando palmas con un tajante: “Dejad las palmadas, esto no es Eurovisión”). Emocionantes, profesionales y una versión de ‘Nothing arrived’ para no dejar de tener escalofríos en todo lo que queda de otoño.

      Conor O'Brien y sus imposibles cambios de tono.
      Conor O’Brien y sus imposibles cambios de tono.
    • Richard Ashcroft: Un héroe, a mi entender. Con un índice de masa corporal aceptable, una guitarra y gafas de sol, salió a defender las canciones de The Verve que la radiofórmula se ha dedicado a quemar en los últimos años y las canciones de sus más que recomendables discos en solitario. Siempre me ha sorprendido la voz que mantiene a pesar de todos estos años y los vicios que se le suponen a un solista de su época. La mitad del público esperando a los siguientes en el horario y la otra mitad, desgañitándose haciéndole los coros.
    • Imagine Dragons: Debe de ser que hay un salto generacional muy grande, pero yo lo de este concierto de verdad que no lo entiendo. La primera vez que los vi, en Lisboa hace un año y medio, entendí que son un grupo muy de verano, muy…inofensivo (los portugueses andaban como locos, pero también es cierto que su primer número uno en ventas lo consiguieron allí y suenan en la radio a todas horas). Por eso la ingente cantidad de fans de lo que a mí me parecieron adolescentes que se sabían todas las letras, que alucinaron con su versión del ‘Forever Young’. No lo hacen mal. Pero yo, que he sido adolescente fan, no lo entiendo.

      Ahí están, todos los fans de Imagine Dragons, todos locos.
      Ahí están, todos los fans de Imagine Dragons, todos locos.
    • L.A : A pesar de la vuelta americanista que han querido darle a su sonido en su último disco, los mallorquines sonaron como un trueno, con sonido más parecido al del enorme “Heavenly Hell”. Llevan muchos años comiéndose el escenario y se pudo disfrutar mucho de un concierto.
    • Kakkmaddafakka: Más espectáculo y gamberrismo que buen hacer. Casi divertidos, pero les falta algo a los noruegos para que merezca la pena repetir con ellos. Demasiada mezcla de estilos.
    • !!! : Debería ser obligatorio verlos una vez al año. La hiperactividad del cantante es contagiosa y es imposible no ponerte a bailar con ellos. Para la presentación de las canciones de su último disco, esta vez innovaron y sacaron una corista. Buen cierre para un festival al que habrá que volver para ver cómo solucionan los errores el próximo año y qué grupos imposibles deciden mezclar en el cartel.
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