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The Go-Betweens: Necesito dos cabezas

Por Redacción EER 0

El incombustible Marcos Gendre prosigue su dinámica infatigable. Y para esta ocasión, el cambio de editorial a Discos de Kirlian parece que le ha sentado de perlas. Tras profundizar en las conexiones de algunas de las bandas pivotales de los 70 y 80 –ahí relucen sus ensayos sobre Joy Division y The Smiths-, ahora la idea parte de reivindicar la, ya de por sí, banda de culto aussie por excelencia: The Go-Betweens. La metodología empleada para esta ocasión es la de una narración de tono documentalista. Son los mismos Robert Forster, Lindy Morrison y McLennan quienes enhebran las miserias y alegrías de una banda que, como bien reza la contraportada, representa mejor que nadie lo que es vivir al otro lado del éxito. Para poder ensamblar el marcado tono oral Gendre ha prescindido de dar entrevistas a los miembros. Esto tiene una razón de ser: esquivar la clásica percepción de “lo último es lo mejor”. No en vano, esta obra se centra en la historia central de los de Brisbane: la que va de finales de los 70 a diciembre de 1989, cuando se disuelven por primera vez. Para ello, Gendre se ha pegado un trabajo de investigación de aúpa, lo que transciende en un río de citas que ejemplifican la naturaleza indesligable de los Forster y compañía con los años 80, cuando alumbraron retoños tan atemporales como Liberty Belle And The Black Diamond Express (1986) y 16 Lovers Lane (1988). Y es que los Go-Betweens fueron una de esas bandas que, junto a Felt o Prefab Sprout, fumigan el mito de la superficialidad generalista que vivieron el pop de aquellos tiempos. No, no todo fue Culture Club ni Simple Minds. Ni mucho menos. Y este ensayo reproduce la sensación que, con escarbar un poco, siempre reluce una espita de oro de la que sobresalen un sinfín de anomalías anti-rockistas de la que los Go-Betweens quizá sea el modelo más clarividente.

Pero decir que este libro cumple estas necesidades es sólo quedarse con una parte del pastel. La misma historia de los Go-Betweens destroza la idea de la mitología rock como única posibilidad narrativa en la literatura musical. Gendre lo sabe al dedillo, y hace lo más difícil: encauzar la historia en todo momento a través de unos personajes que le hablan de tú a tú al lector, que le hacen sentir cada trozo de su vida como si fuera el suyo. Entre testimonio y testimonio, la habilidad del autor se basa en ir ampliando la panorámica de interpretaciones: desde su rivalidad con los Triffids al peso real de las siempre ninguneadas Lindy Morrison y Amanda Brown. Otra cosa que es de agradecer es la falta absoluta de amarillismo en el cruce constante de historias personales que circunvalan en todo momento. De la relación entre Brown y McLennan, a la muerte de este último, los marcos de acción descritos se ciñen a las pruebas, y nada más que las pruebas, de los hechos.

Ya para terminar, hay que resaltar lo maravillosamente bien que se “bebe” este libro. Su fluidez viene marcada por la estilización de la prosa de Gendre, que no sólo ha escrito su obra más redonda hasta ese momento, sino que ha demostrado su capacidad para entrar dentro de los terrenos reservados para “los libros definitivos”. Y éste lo es, que no quepa la menor duda.

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