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Crítica: ‘La librería’ de Isabel Coixet

Por Martín Godoy 0

La Librería de Isabel Coixet

Ayer vi La librería y hoy os la cuento.

La película narra la historia de Florence Green, una mujer que, por lo que parece, llega a un pequeño pueblo costero de Inglaterra en 1959 con el osado afán de montar la primera librería de la zona, para lo que decide adquirir una antigua casa abandonada en el centro del pueblo. Disparatado, ¿no? Lo sé. Pero esta descarada empresa no pasará inadvertida para el resto de vecinos que, ¡ni más faltaba!, no pueden dejar esta desfachatez correr. Especialmente la Señora Gamart, la apoderada del pueblo, que ya le tenía el ojo echado a ese edificio en ruinas y no va a permitir que una inmigrante se lo arrebate. Esta es la premisa de La Librería. No puedo contar más o destrozaré los sorprendentes giros de guion. Dirigida por Isabel Coixet, está basada en la novela homónima de Penelope Fitzgerald, que supongo que tiene un punto de profundidad suficiente como para encandilar a esta directora y empujarla a adaptarla en formato film. De manera no del todo exitosa, a mi parecer. Y es que se entiende el mensaje, claro. Una mujer inteligente, valiente y sola, intenta acabar con los convencionalismos de la época e imponer algo de cultura en un pueblo pesquero con cuatro señores y cuatrocientos plebeyos. Un “héroe contra el mundo” de manual, vaya. Sin embargo, no sé. La historia se diluye. Sé lo que pretenden contar, pero no tiene fuerza. Sin llegar a aburrir, no te atrapa.

Esa falta de interés es resultado, sobre todo, de un torpe guion. Es que no hay conflicto. Bueno, sí hay, pero no se desarrolla. Se presenta en las primeras escenas, pero permanece como un susurro lejano hasta que, ¡oh, por fin!, la malvada Patricia Clarkson, bastante desaprovechada y con un personaje estereotipado, decide hacer acto de presencia en el último tercio y cortar de raíz tanta tontería, acallando esos susurros de un solo berrido. Sin embargo, hasta entonces, ¿qué? El mayor aprieto al que se enfrenta la protagonista se reduce a comentarios inocentes de sus convecinos, que de la forma más educada posible la invitan a seguir sus andanzas en otro lugar. Y no es que esto no sea de agradecer. Entre los aciertos de la película, destaca, sin duda, esa exageración de la archiconocida flema inglesa, alcanzando puntos cómicos sin llegar a la caricatura. En ocasiones te hace sonreír, es cierto.
Pero el mayor problema son los demás personajes, olvidados por Coixet en un intento de plasmar el interesante y complicado mundo interior de la dulce librera. Apenas hay interacción con los vecinos. Parecen meros figurantes con los que cuesta empatizar. No me los creo. Carecen totalmente de motivaciones realistas. Actúan porque sí. Y punto.

Tampoco hay un directo enfrentamiento con la antagonista. De hecho, creo que ambas solo llegan a compartir una escena en todo el film. Lo mismo sucede con el enclaustrado Señor Brundish. El que parece un aliado para la batalla de Florence, permanece casi totalmente ajeno a sus dichas (o desdichas). Su relación, que, en un primer momento plantea grandes expectativas, se desarrolla a través de dos cartas y una escena de té que, sí, resulta curiosa. Pero nada más. Esta continua soledad hace que, para involucrarnos en lo que está pasando, haya que recurrir a una voz en off, efectiva para introducir la historia, pero algo cansina. Se empeña en resaltar aspectos emocionales que bien podrían haberse mostrado de una forma más eficaz a través de imágenes, acciones e incluso silencios. Como colofón, esta falta de tensión dramática es suplida, en ocasiones, por una música que, sin estar mal, parece dar paso a una intriga que nunca termina de llegar. Te quedas esperando. Para siempre. Pero, tranquilos, que no todo van a ser malas noticias. La inmersión en esta trama se hace mucho más llevadera gracias a la bonita ambientación y, por supuesto, a la pequeña ayudante de la librería. No sé de dónde se la habrán sacado, pero la joven Christine aporta gran naturalidad y el contrapunto cómico a la historia. En fin, la película entretiene, la verdad. Tal vez esa sea su mayor virtud. Que, a pesar de los fallos, de sus carencias, te mantiene atento, sin más aspiraciones. Y sin menos.

Cuando termina, observo los créditos. Por un momento me sorprendo. Gran parte del equipo técnico tiene nombres que bien podrían ser españoles. Claro, es que la película es de Isabel Coixet. Es más, está catalogada como película española. Como no he oído ni una sola palabra en castellano, se me había olvidado. Y eso me da rabia. Sí, que sea española no implica que los actores lo sean. Ya lo sé. Hace referencia a la producción. Pero a mí eso se me queda corto. El cine español no solo tiene que serlo, sino parecerlo. Reflejar nuestra cultura, o, al menos, ¡nuestra lengua! Una película con actores anglosajones, por muy equipo técnico español que tenga, no crea marca. No nos representa. Para mi abuela, esta película es tan española como “Lo que el viento se llevó”. Y para el resto del mundo también. Nos llenamos la boca hablando de las bondades de nuestro cine, y luego nos matamos por enmascararlo. Si no lo reivindicamos nosotros, ¿quién lo va a hacer?
En cualquier caso, no deja de ser trabajo para nuestro país y nuestra industria. Así que no me quejo. Además, el argumento de la película está basado en una historia inglesa, que transcurre en Inglaterra. Tampoco tendría sentido de otra forma. Solo era una reflexión lanzada al vacío. Hablar por no callar.

Como una imagen vale más que mil palabras, aquí os dejo el trailer de la película.

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