Dolores O’Riordan: muy antes de hora

Por Diego José Fabián 0

Obituario de Dolores O'Riordan

Ahora que han pasado 6 días de la repentina e inesperada muerte de la líder absoluta de The Cranberries, creo que es el momento, desde el sosiego y no desde la urgencia que conlleva hablar del tema en redes sociales al conocer la noticia (lo cual supone decir cosas no calibradas, sandeces y tonterías varias), de opinar sentados lo que este hecho supone para -sí, otra vez- los que vivimos los 90 como nuestra edad idílica. La música, sobra decir, produce sentimientos como los olores o como el sabor de muchos cubatas. Escuchar la muy sobada “Zombie” a estas alturas del partido siempre te recordará a esa, sí, primera novia del instituto de secundaria que no paraba de tararearla el sábado por la tarde cuando tú solo querías meter mano y The Cranberries te la sudaban completamente porque, en 1994, solo querías bailar Eurobeat. Y por supuesto, hablar de disco de madurez con Dolores es tocar los cojones. “No need to argue”, de ese año, su segundo disco, sobrepasaba esa madurez. Nunca conocieron la edad del pavo. Dolores cantaba al desamor, al compromiso y a la injusticia de forma desconcertante para una veinteañera. Al poco empezaron a relucir sus demonios, pero para airearlos ya está la prensa sensacionalista, que por lo mucho leído estos días, parece que la recordará más por sus escasos episodios olvidables, y dicho sea, sin la más mínima importancia, porque como humana que era (no así su privilegiada voz de mezzosoprano), sentía lo  mismo que todos los mortales.

Tras “To the faithfull department” (1996), álbum que, relativamente, pasó más desapercibido, llegó la gran obra maestra de nuestros arándanos. La influencia del folk irlandés en sus guitarras, siempre bien presente en su trayectoria, culminaba en una de las obras más sobresalientes del pop mainstream que sonó y sonó en Los 40. “Bury the hatched” (1999), el disco grande que cerró el siglo XX y que te hace darte cuenta de que The Cranberries ya te gustaban en 1993 con “Everybody else is doing it, so why can´t we?”, y que contenía algunas de las más y mejores emotivas canciones de los 90. Portada horrible, que no es menos cierto, contuvo singles incontestables como “Promises”, “Animal instinct”, “Just my imagination”, “Shattered”… que eran válidos tanto  para el previo del sábado noche, como para cantárselos el domingo por la tarde a tus Setters durante el paseo o como concentración para los estudios de la Selectividad. Nunca para perder la virginidad, como he llegado a leer en algún medio, porque la voz de Dolores siempre sonó maternal y sin el más mínimo atisbo de erotismo. Y con el nuevo siglo, vino la posible decadencia discográfica y la separación con sus reuniones consiguientes, dato también olvidable al ser esto ley de vida. También publicó dos álbumes en solitario, “Are you listening?” (2007) y “No baggage” (2009), con buenos momentos pero en los que tampoco conviene indagar a fondo si el objetivo es tener a The Cranberries de aquí en adelante como grupo de culto.  Como dijo nuestra diva en su día: “Yo soy The Cranberries”.

Para terminar este breve obituario, creo que es muy reseñable resaltar lo que el grupo de Dolores era en el año 2000. Formaban parte del cartel del Espárrago Rock de esa edición en la cual, como muchos de los presentes recordarán, cayó el diluvio universal en Jerez de la Frontera y su actuación se vio cancelada ante tal hecho meteorológico. Sin embargo, fueron reprogramados al día siguiente ante la gran afluencia de público que acudió solo para verlos. Lo folclórico del asunto es que ese concierto fue a las 13h. Supongo que se serviría whisky en las barras. Adórala. Yo ya me he puesto su foto en mi mesa de trabajo. Si tienes dignidad, haz lo mismo. Bueno, haz lo que quieras. Pero adórala.

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