Emosido engañado por OT

Por Ana Rguez. Borrego 0

emosido engañado

El espejismo de Operación Triunfo

A estas alturas, hablar (y no loar) a Operación Triunfo es meterse en camisa de once varas. Y si no, que se lo digan a Sr. Chinarro, cuando se lanzó a valorar el nivel musical de la audiencia del programa. Cierto es que este año está atrayendo a un público más diverso. La selección de temas, que en 2001 no teníamos un criterio tan selectivo algunos de nosotros…

Pese a quien pese, la cultura musical de este país deja que desear, tanto a nivel diacrónico como en el sincrónico. Observas cómo se vive a los grandes compositores en Centroeuropa y te preguntas por qué aquí no es así. Y no es por falta de ellos: un violinista como Ara Malikian tuvo que venir a decirnos que Pablo Sarasate era un gran ignorado. Pero esa falta de “respeto” también existe con los músicos en la actualidad. Se va a los conciertos a hablar, por puro postureo, se va a los festivales porque dices que te gusta el ambiente mientras escuchas a Maluma pero no tienes ni puta idea de quiénes son Foo Fighters. Negar esta situación es decir que eres ciego mientras te pones las manos en los ojos.

Si los planes educativos ignoran este arte, los planes de programación televisiva tampoco ayudan. Hace años que los programas de música desaparecieron de la parrilla. Ni en directo ni en playback. Tenemos que conformarnos en la mayoría de los casos con imitaciones y reinterpretaciones de las mismas canciones siempre. Porque seamos claros: nos reducimos al espíritu de Cuéntame y de la radiofórmula del momento.

Con este panorama, ¿así quieres ser artista?

No, no es que quiera desanimar a la gente que quiera dedicarse a la música, pero creo que en Operación Triunfo hay un alto porcentaje de engaño. Por mucho que Noemí Galera trate de hacerles pisar tierra, el programa se desarrolla a un nivel estratosférico que rara vez tiene el resultado de Felix Baumgartner. ¿Cuánto dura el amor de su audiencia? Es tan volátil como un rollo de una noche.

Muchos cantantes y grupos se tiran años para conseguir una cierta notoriedad. Demos, canciones en Bandcamp, actuaciones en locales donde nadie les escucha, aperturas de festivales en la hora que nadie quiere… Una carrera de fondo de lo más ingrata que tiene mérito que muchos la aguanten. Y lo hacen por amor a la música, y porque tienen otros trabajos que les dan de comer.

Con Operación Triunfo, ese proceso parece que se omite y se les instala directamente en el éxito. Pero claramente es un espejismo que dura una temporada. Cuando llega la hora de la verdad, se sitúan en el punto de partida de todos, con una doble prueba: demostrar su valía y hacer olvidar que han salido de la televisión. Aunque suene duro decirlo, del programa salen convertidos en unos futuros desgraciados, con una ilusión rota por un mentira magnificada.

¿Cuántos cantantes han salido de la Academia? ¿Y cuántos continúan, conformándose con una situación modesta? ¿Cuántos han conseguido realmente un éxito más que notable? A Manuel Carrasco y a Pablo López les ha costado años y sudor llegar a donde están. Igual que a Virginia Maestro, que encima tuvo la losa del mal consejo, de una imagen y un estilo que se alejaba de lo que ella quería hacer. Son muy pocos los que lo logran y es por el aguante que han tenido.

Sí, ya, Amaia es otra historia. Amaia lo será si se le deja de dar el título de “de España” y si aparta ese candor que es un reclamo para malas víboras (vade retro, Joe). Porque nunca te tienen por buena sino por tonta.

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