Anastasia, el musical. (Teatro Coliseum Madrid)

Por Martín Godoy 0

Anastasia

¿Qué huérfana rusa y amnésica no ha soñado alguna vez con ser ella? Ayer vi Anastasia. El musical y hoy os la cuento.

Anastasia era una de las hijas del zar de Rusia que, a primeros del siglo XX, vio como toda su familia fue masacrada por los bolcheviques, ella incluida. Hasta aquí la historia real. Por obra y gracia de rumores y habladurías se gestó la leyenda, que cuenta que la joven sobrevivió y se mantuvo oculta por miedo a represalias. Para los que no conocen la obra, sigue más o menos esta línea, basándose en la peli de dibujos de los noventa. Anastasia pierde la memoria y se cría en las calles. Un par de pillos, que quieren sacarle pasta a la madre Rusia, se proponen contratar a una actriz para que finja ser Anastasia y heredar el Imperio. La casualidad los llevará a conocer a esta chica amnésica que, oh sorpresa, resulta ser la verdadera duquesa. Hay un poquito de amor, un poquito de aventuras y tal.

Los musicales siempre han sido, casi por definición, los espectáculos más asombrosos del mundo del teatro. Por la música en directo, las coreografías, el nivel de producción y la puesta en escena. Anastasia, encima, viene de triunfar en Broadway con unas críticas que quitan el hipo. Tal vez por eso me he llevado una pequeña decepción. Si bien los aspectos técnicos son dignos de mención, con un vestuario excelente y una escenografía trabajada de forma sencilla pero eficaz, la obra falla en su aspecto dramático. El texto ha sido levemente modificado para incluir buenas nuevas ideas mal ejecutadas. Materia prima desaprovechada.

Resulta algo monótona. Los personajes, excesivamente planos, tienen un solo objetivo y prácticamente ningún impedimento para conseguirlo. Destaca la escasa profundidad con que está tratada la relación entre los dos protagonistas, uno de los principales ejes argumentales. Sobran algunas escenas que no aportan nada y faltan momentos claves para el devenir emocional de la obra. Esta ausencia de tensión dramática se ve reforzada por una dirección apresurada que no sabe pavimentar el camino hacia los puntos de clímax. Ningún momento me llega a conmover.

No podía faltar la pomposidad en algunas interpretaciones. Lo que, por otro lado, resulta casi un rasgo característico de este tipo de teatro. Los actores se esfuerzan de más en proyectar la voz cuando todos llevan micro y resulta innecesario. No creo que sea culpa de ellos. No son malos y cantan divinamente. Echo en falta un reparto más generoso. Las escenas grupales se quedan algo vacías y no terminan de rellenar el escenario.

Es de justicia reconocer que la gente salió contentísima de la representación. No se si ellos habrán visto poco o yo ya habré visto mucho. O que, simplemente, estoy criticón.

 

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