FIZ 2018: un buen día

Por Juanjo Rueda 0

Crónica del festival FIZ 2018

El sábado me desperté casi a las diez y me quedé en la cama más de tres cuartos de hora. No, en realidad no. El día del festival me desperté sobre las nueve y me preparé para vivir otra jornada de un festival que, como la canción de Los Planetas a la que hago mención, ha convertido en costumbrismo lo ligeramente inusual. Porque si inusual (no se da todos los días a nivel personal) además de doloroso es vivir la ruptura sentimental que relata la canción de Los Planetas, no menos insólito es ver un festival que afronta su decimoctava edición con una normalidad que ralla la rutina administrativa (supongo que quienes trabajan dentro, no lo verán ni lo vivirán así). Y es inusual porque muy poco o nada ha cambiado el festival desde sus primeros tiempos a ahora, tanto en lo geográfico (sigue en la sala Multiusos, a pesar de algún conato de cambio), lo logístico (hubo el añadido de la moneda del festival hace unos años pero en lo demás pocas modificaciones), lo temporal (siempre se ha movido en las fechas de finales de septiembre y primeros de octubre), como finalmente en lo estilístico donde por lo general sigue apostando por ese indie español más o menos alejado de lo mainstream -sin perderlo nunca de vista- con algunos añadidos internacionales que, con el paso de los años, cada vez se perciben más por el público general como comparsa que como elemento principal de peso. En parte así era en la primera edición que fui, allá por un lejano 2002; ya estaban ahí Los Planetas además de Tachenko por el lado nacional y junto a ellos los franceses Rhinocerose. Ya estaban ahí Los Planetas y aquí siguen estando en 2018, como gran cabeza de cartel -con más peso masivo e histórico que entonces- de este festival que se ha posicionado sin excesivo ruido como un centro de gravedad musical permanente en la comunidad aragonesa; diría que ya existe la sensación normalizada de que va a estar ahí el año siguiente sí o sí, pase lo que pase, ya sea para gusto de sus aficionados y disgusto de sus “haters“.

Los Punsetes / Foto: Juanjo Rueda

Para esta edición decimoctava, más allá de similitudes con toda la trayectoria del festival, se pretendía desde el mismo “hacer un recorrido poliédrico por el mundo del indie de este país con los artistas que se subirán a nuestro escenario principal“, como dijo el director artístico del festival, Albert Salmerón, cuando se presentó esta edición. Supongo que en ese recorrido por el indie nacional, Los Punsetes representarían la mayor heterogeneidad del indie postmileno, la de esos grupos de la primera década del siglo XXI que tuvieron que afrontar un escenario de dudas (cambios de formatos y consumos musicales, sobre todo) pero también de posibilidades. El grupo madrileño fue uno de los primeros en subir al escenario y su vigorizante pop guitarrero contrasta con el siempre habitual estatismo de, en esta ocasión, una cadavérica (en un “timburtoniano” sentido del término) Ariadna, la cual, a diferencia de su show del día anterior en la madrileña sala Riviera, no hizo alarde de vestimentas excesivamente variopintas. Son en esto una banda que rehuye algunos sobados clichés del directo (como los saludos y el populismo hacía el público), aunque luego abrace otros, para intentar focalizarse más en la música. Su directo empezó con el motor en marchas ligeramente bajas cuando, por lo general, pide algo más de revoluciones, problema quizá debido al habitual sonido no precisamente bueno de la sala Multiusos. En la parte final, la cosa aceleró sobre todo porque si de algo pueden presumir sin problemas Los Punsetes es de haber amasado una magnífica batería de hits: “Tus amigos”, “Alferez provisional”, “Me gusta que me pegues”, “Tu puto grupo”, “Maricas” o “Mabuse” fueron muy efectivas.

Siguiendo por el recorrido por nuestro indie, Viva Suecia son de uno de esos grupos salidos tras el pelotazo de los “Izales y pavones” que se ha producido en esta segunda década de siglo XXI. Lo suyo consigue hacer equilibrios sin, por ahora, caerse entre esa poética grandilocuente que practican los de Mikel Izal (que en no pocas ocasiones se desliza hacia la vacuidad) con las brumas guitarreras de inspiración o influencia planetera, consiguiendo bastante apoyo positivo entre el público de ambas tendencias. El suyo fue un concierto solvente, estuvieron seguros ante un auditorio que había aumentado la afluencia de público respecto a Los Punsetes, mostrando que eran unos de los favoritos de la noche. Temas como “Bien por ti” o “Hemos ganado tiempo” sonaron poderosos, hinchados en parte por una ingenua épica juvenil, en parte también por el empuje coral de un público entregado. En la retroalimentación público y banda, el suyo fue uno de los conciertos destacados de esta edición.

Los Planetas / Foto: Juanjo Rueda

Y por fin el plato principal de esta edición, Los Planetas. El grupo de Granada no estaba en este festival desde el año 2005 y se nota que había ganas entre el público zaragozano de verlos en un gran recinto. Estos Planetas de 2018 no son los mismos que los de 2005, algo evidente aunque sólo sea por la lógica del paso del tiempo, pero a lo que me refiero es que Los Planetas de 2018 son una banda segura de si misma y ya por encima del bien y del mal. En 2005 llegaban con un disco dubitativo (“Contra la ley de la gravedad”) y con el que afrontaban un futuro ligeramente incierto con el que era su último LP para el sello RCA, mientras que en 2018 son un grupo que cuenta con un amplio respaldo crítico a su trayectoria (también hay alguna voz disidente) y de un público que por lo general los venera, ya sea porque para la gente de treinta y muchos y cuarenta y pocos han sido banda sonora sentimental de su postadolescencia, como para las nuevas generaciones que perciben en ellos el valor de padres fundadores de parte de todo este cotarro indie. También aquellos Planetas arrastraban una leyenda en directo casi a lo Curro Romero, de grupo que no sabías que cara iba a mostrar, capaces de lo mejor y de lo peor. En 2018 esa idea puede desterrarse, quien haya podido ver más de un concierto de ellos en estos últimos tiempos, como ha sido mi caso, habrá comprobado que su directo es solvente con regularidad. Lo suyo es casi funcionarial, tarea bien hecha pero sin sorpresas en un directo que sigue en los últimos tiempos la misma pauta: abren con ese clásico que ya es “Islamabad” para seguir, en el primer tramo, por los medios tiempos más apegados a esa psicodelia jonda de su última etapa (“Señora de las alturas”, “Si estaba loco por ti”, “Santos que yo te pinte”) o al slowcore narcótico (“Toxicosmos”) para en la parte final lanzar parte del arsenal pesado de sus más instantáneos hits power-pop (“Nuevas sensaciones”, “Segundo Premio”, “Alegrías del incendio”, “Un buen día”, “Pesadilla en el parque de atracciones”) con un amago de cierre perfecto con la habitual “De viaje”. Amago de cierre perfecto porque todavía se permitieron dos bises menores (“Zona autónoma permanente” e “Ijtihad) para un directo que de un tiempo a esta parte ya habitualmente se mueve y se mantiene sin excesivo esfuerzo en el notable.

Django Django / Foto: Juanjo Rueda

Django Django, por su parte, puso de manifiesto lo que dije al inicio sobre las bandas internacionales en este festival: están quedando relegadas como opción algo menor por una buena parte del público que vació parte de la sala tras el concierto de Los Planetas. Los ingleses son un grupo que se situó en una no planeada camada de bandas encabezadas por Tame Impala, las cuales, a inicios de esta década, revisitaron la psicodelia pop a su manera. El suyo fue un buen concierto, en el que el pop se arrimaba a una pista baile freak de ritmos quebrados. Pero al contrario de lo que ocurrió en anteriores conciertos, la conexión entre público y grupo, quitando hits como “Default”, no fue tan fluida.

Podrían haber ido a cualquier otra parte pero no, estaban en Zaragoza de nuevo. Dorian se han convertido en los últimos años en una banda fetiche de este festival, que a pesar de su presencia habitual tiene un público numeroso que no se cansa de verlos porque volvió a llenar la sala. El suyo fue el montaje más llamativo en lo escénico, con una banda que conoce y práctica sin rubor algunos de los clichés rock a la hora de jalear a sus oyentes. Sus temas resultan en ocasiones tan efectivos en directo como miméticos, buscando repetir la atmósfera y estructura de épica y melancolía comunal para todos los públicos que tiene “A cualquier otra parte” y que en parte consiguen replicar en temas como “Paraísos artificiales”, “La tormenta de arena” o “Los amigos que perdí”. Siguen encantando a sus fans y enervando al resto, algo que ya no cambiará. Para terminar, Guille Milkyway en formato DJ Set que tiró de su buen gusto musical para divertir a quienes decidieron continuar la fiesta hasta el final en el recinto festivalero.

Dorian / Foto: Juanjo Rueda

El FIZ 2018 puso de manifiesto, como dije al principio, que hace ya un tiempo ha sido despojado de cierto carácter de cita especial y novedosa para, a cambio, ganar la característica de costumbre. Instaurado en un buen día musical (ya sea por los conciertos, por la gente conocida y/o amigos y amigas que asisten al evento, por el ambiente festivo, etcétera) el cual, como ocurre en ocasiones con otras costumbres sociales, compensa con familiaridad la monotonía por la ausencia de grandes novedades o cambios en torno al festival.

P.D. No, tampoco estuve con Erik hasta las seis.

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