Crónica del concierto de Idles en Madrid (Cool Stage)

Por Ana Rguez. Borrego 0

El quinteto de Bristol se perfila como uno de los grupos del año

Aún recuerdo que, hace cosa de un año, unos desconocidos Idles venían a Madrid, como parte del cartel del Negua. Comentándolo con alguien que iba a ir, yo le decía que merecía la pena llegar a verlos, que los había escuchado y que molaban. Sólo tenían un disco en su haber, Brutalism (2017), pero escuchar “Mother” era toda catársis punk. Ese fraseado airado ya enganchaba.

Siguiendo la pista del grupo, cerrábamos el verano con Joy as an Act of Resistance (Partisan Records, 2018), un título que nos imbuía de la esencia del grupo: esa especie de tendencia lúdica mezclada con una mala hostia necesaria para estos tiempos convulsos e indolentes. Confirmaban las primeras impresiones y así ha ocurrido: Idles ha hecho sold out en la mayor parte de las ciudades en las que ha parado la gira.

En Madrid, concretamente, por partida doble: primero en la Moby Dick, la sala en la que se anunció inicialmente el concierto, y después en la sala Cool Stage. Y probablemente lo hubieran hecho por tercera vez si hubieran vuelto a cambiar la localización. ¿Hubiera sido la solución? El inicio de la tarde fue de lo más caldeado pues la apertura de puertas estaba prevista para las 19’30 y no fue pasadas las 21,00. En la puerta anunciaban “problemas técnicos”, pero nadie más sabía lo que ocurría. En estos tiempos en los que estamos hiperconectados, una actualización en el evento de Facebook no hubiera estado de más. Según pasaba el tiempo la gente se enfadaba más y más. Silbidos, gritos… ver aparecer una furgoneta con vallas de contención y un par de extintores no ayudó mucho a calmar los ánimos.

Con este retraso, no tuvimos la oportunidad de ver a los teloneros John, y aún estando dentro, la gente seguía nerviosa. ¿Cómo reaccionaría la gente cuando empezara? Curiosamente, con las primeras notas de “Colossus”, la inquietud cesó y probó cuál sería la tónica del concierto. Casi impasible, Joe Talbot se erigió en centro del espectáculo y dominó la voluntad de los asistentes. Comenzó con su recitado y al llegar al estribillo, dirigió el micrófono al público para que cantaran el “goes and it goes and it goes“. Aparentemente, los que allí estaban parecían tranquilos, pero nada más comenzar “Never Fight a Man With a Perm” el pogo se apoderó de los que allí estaban, tanto de los que decidieron que las contusiones eran buena idea como de los que estaban en los bordes, que casi salieron despedidos.

Quizás es curiosa la severidad de la mirada de Talbot nada más empezar el concierto, como si nos estuviera perdonando la vida. Pero ese es su papel, el de crítico con la sociedad, que somos nosotros. Si sus ojos, si su voz increpadora no impacta lo suficiente, los golpes que se da en el pecho cuando comienzan algunas canciones, al compás del bombo de la batería de Jon Beavis, son de una expresividad sin igual. Todo un contraste frente a Mark Bowen, ese guitarrista-hombre espectáculo que vertebra parte de la personalidad escénica de Idles. Porque no para de moverse, de parodiarse, de animar aún más si cabe al público. Es el reverso de Talbot, que en un par de ocasiones se lanzó al público, para cantar sobre ellos “Danny Nedelko”. Te hace pensar si el problema técnico es que no había un cable de 20 metros para que Bowen hiciera el cabra.

A diferencia de otras ocasiones, Talbot no pudo estar tan locuaz (el tiempo apremiaba) y había que exprimir al máximo su discografía. 19 canciones, con las que prácticamente tocaron todos sus temas (de Joy as an Act of Resistance dejaron fuera nada más que una): casi hora y media de concierto, algo inusual dada la intensidad con la que se vive el punk. El público se agotaba, no podían mantener el pogo, pero eso no quiere decir que no siguieran dándolo todo, con una relativa calma. Hasta con la paródica versión de Solomon Burke “Cry to me” y con la exigencia de unos bises, que fueron “Well Done” y “Rottweiller”.

Pese al malestar inicial, nadie pudo decir que el concierto de Idles en Madrid no fuera apasionante. Y queda claro algo: 2018 es su año. Y esperamos que sean muchos más.

Galería del concierto de Idles en Madrid:

Fotos por Ignacio Sánchez-Suárez.

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