Crónica del Monkey Week 2018: Un festival de diez

Por Jose A. Rueda 0

El Monkey Week Son Estrella Galicia celebró su décimo aniversario en Sevilla. El festival y congreso de música independiente agrupó las principales actuaciones musicales en el fin de semana del 22 al 24 de noviembre.

De primeras, hay que seguir insistiendo. Monkey Week no es un festival al uso. ¿Que hay fiesta hípster y jarana posmoderna? Por supuesto (esto es Sevilla y aquí hay que mamar). Pero el carácter ferial -de congreso- que tiene la cita sevillana es reivindicable de principio a fin. La semana el mono había arrancado el lunes 19 -mucho antes del jolgorio indie- con diversas ponencias, entrevistas públicas y encuentros profesionales. Temas como la presencia femenina en la música o las relaciones musicales entre España y Latinoamérica ocuparon parte del Monkey Brain (la vertiente pro del Monkey Week).

Lo estrictamente musical también se puede considerar parte de esta feria (no como la sevillana del mes de abril, sino afín a las que se celebran en el Fibes). Los trece espacios de la Alameda de Hércules empezaban a funcionar a primera hora de la tarde. En ellos, buena parte de los artistas nacionales se presentaba con un solo disco de debut bajo el brazo, mientras que algunos de los internacionales pisaban España por primera vez. Y es que, como reza el eslogan, aquí se viene a descubrir hoy las bandas del mañana.

MARÍA ARNAL I MARCEL BAGÉS en Monkey Week 2018 / Por Javier Rosa

Jueves 22 de noviembre: De las promesas latinoamericanas al espectáculo de María Arnal i Marcel Bagés.

Una de esas bandas con gran proyección es la que pronto liderará el mexicano Diego Puerta. El de Chihuahua, que de momento defiende sus canciones con una sola guitarra acústica, se disponía a presentar en España su proyecto Dromedarios Mágicos, pero la lluvia del jueves obligó a reubicar los conciertos del convento de Santa Clara. Unas horas más tarde, el hotel Petit Palace albergó la actuación de Puerta en la que vimos a un chico nada introvertido (lo habíamos idealizado como un posadolescente inadaptado), bromeando con C. Tangana y Rosalía e invitando al público a corear la versión en castellano de “Pick up folks” de Peter Bjorn and John. El resto de su repertorio fragua a un Daniel Johnston del norte de México, en el que también se respiran aires de Elliott Smith y The Tallest Man On Earth.

Promovidas igualmente por la tienda de discos La Roma Records (con sedes en el DF y Bogotá), las colombianas Las Yumbeñas dieron un breve set acústico que luego masticaríamos mejor en los dos escenarios del espacio Santa Clara. Lo suyo es el pop-punk: sobre un plato de la balanza, guitarras aceleradas y gritos de desesperación juvenil, y sobre el otro, melodías dulzonas e historias sobre amores efímeros. Repasaron canciones de su disco Me cansé de llorar, voy a vomitar (entre los mejores de 2017 según El Enano Rabioso) y pusieron a prueba las de Yumbotopía, su inminente álbum.

Raúl Cantizano, por su parte, trasladó su concierto a la sala Fun Club, mientras que La Plata y Los Estanques se atrasaron levemente hasta que cesó el chaparrón. Para esa hora andábamos por el escenario Jäggermusic (el de los coches de choque) contemplando dos visiones andaluzas de la psicodelia. Una, la de los gaditanos The Magic Mor, con retazos de rock setentero, y otra, la de los sevillanos Terry VS Tory, con la mirilla puesta en el dreampop británico de finales de los 80 y principios de los 90.

Pese a todas estas raciones de música en directo, el show que se presentaba oficialmente como el concierto inaugural del Monkey Week era el de María Arnal i Marcel Bagés. El aclamado 45 cerebros y 1 corazón responde a cierta tendencia renovadora de la canción tradicional que, desde la escena indie catalana, han impulsado los proyectos de Raül Fernández Miró (primero con Silvia Pérez Cruz y después en el debut de la megalómana Rosalía). Sin embargo, Arnal y Bagés llevan su propuesta mucho más allá cuando están sobre el escenario. Las distorsiones se multiplican y los ambientes se retuercen, creando una muralla sónica sobre la que María se posa sin miedo. Su liderazgo es indiscutible, como no se puede menospreciar el trabajo multinstrumental de Marcel. Las rupturas rítmicas y los giros inesperados generaron la tensión épica necesaria para que el público -antes de la archiconocida “Tú que vienes a rondarme”– ya se hubiera regocijado en momentos como “No he desitjat mai cap cos com el teu”, “La gent” y la que titula el disco “45 cerebros y 1 corazón”.

Fuera del entorno de la Alameda de Hércules, las tres salas de la calle José Díaz ofrecían sendas programaciones temáticas. En La Calle, con un sonido bastante mejorado con respecto a ediciones anteriores, el festival mexicano Marvin nos brindaba la oportunidad de conocer a, entre otros, Los Viejos. Los ritmos del duo del DF sonaron más henchidos que en los discos. Su directo es visceral y atronador, dando todo lo que promete un espectáculo de grindcore: brutalidad y miedo. Por si faltaba de lo segundo, se ataviaron con unas máscaras de ancianos melenudos que bien podrían haberles servido para la noche de Halloween.

Mientras, en la Sala X, el sello murciano Miel de Moscas traía desde Bélgica a los festivos Shht y a los salvajes It It Anita. Los primeros, un quinteto de Gante uniformado cual grupo paramilitar, ofreció un espectáculo caóticamente ordenado. Las locuras de su cantante parecían tan estudiadas como las coreografías con las que se arrancaban en ciertos instantes del show. En lo musical, las bases disco y el dichoso autotune se combinaban fervientemente con sonidos rave a lo Bloody Betroots. Después, desde Lieja, It It Anita descargaron toda la rabia encima y debajo del escenario (acabaron con batería y guitarra entre el público de la Sala X) a base de su noise-rock pasado de roscas.

A la sala Even no pudimos entrar. Si ha habido una tónica habitual en el festival han sido las colas. El teatro Alameda, como escenario principal, sufrió las suyas en los platos fuertes del evento. Esto es normal. Aunque el aforo sea considerablemente grande, ahí actuaron los principales reclamos del cartel Así que si alguien se quedó fuera, pudo deberse a su falta de previsión. Sin embargo, entre las tres salas de la calle José Díaz no se llega al millar de personas. Por tanto, una vez se clausura la jornada en los trece espacios de la Alameda, buena parte de los miles de asistentes acude a estos tres recintos cubiertos. Matemáticamente no caben. Así, mucha gente se quedó fuera para los aclamados profetas de su tierra, los sevillanos Derby Motoreta’s Burrito Kachimba (una de las revelaciones nacionales de 2018). La misma historia se experimentó el viernes con dos cabezas de cartel, Esteban y Manuel y The Parrots, relegados a La Calle y Sala X respectivamente.

NOVEDADES CARMINHA en Monkey Week 2018 / Por Javier Rosa

Viernes 23 de noviembre: Galicia y Asturias al poder.

En el espacio Santa Clara se sucedieron dos actuaciones en formato dúo. Una, la de Pumuky, que normalmente era una súperbanda (llegó a ser sexteto), pero que en los últimos años se ha visto reducida a este combo tan familiar (de hecho, a Jaír Ramírez le acompaña su hermano Noé). Con menos manos al timón, de los tinerfeños se echa en falta un directo a la altura de sus discos: intensos y emocionales. Ahora, las bases programadas y los teclados guían las canciones que, eso sí, no pierden el poder de ablandar los corazones. Sobre todo cuando, casi al final, Jaír entonó los versos de “El eléctrico romance de Lev Termen y la Diva del Éter”. Más tarde, Dreyma -que siempre apostaron por el dúo- firmaron en el Monkey Week un aval más para seguir ascendiendo puestos en la difícil empresa del pop independiente. Con Mel a los sintetizadores y Cris a la guitarra, las malagueñas deshojaron sus dos EPs de synth-pop elástico, que lo mismo toma caminos noise que se arrima al postergado trip-hop de los últimos 90.

Con el manto negro de la noche sevillana cubriendo la Alameda, en la mítica sala Fun Club no cabía un alfiler para ver a Futuro Terror. Retrasaron las pruebas de sonido y salieron a la palestra casi media hora más tarde. Si alguien se había enfadado por aquello, enseguida se le pasaría luego de los cañonazos de Precipicio. La canción que da título al disco se enganchó con la celebrada “El paso Dyatlov” en uno de los momentos más gozosos del show.

Al escenario principal (no olvidemos: el teatro Alameda) acudimos pensando que era un recinto demasiado grande para el folclore rural de Lorena Álvarez (ya el año pasado se antojó medio vacío para Los Hermanos Cubero). Aun quedando huecos en la platea, el panorama era mucho más alegre de lo esperado. Se congregó público en cantidad y en calidad, aunque esto último fue mérito de Lorena, cuya interminable sonrisa es capaz de engatusar a cualquiera. La asturiana se ha aliado con los andaluces Alonso Díaz (Napoleón Solo) y Eduardo Espín (flamenco de linaje), arrimando hacia el sur la tradición norteña de la que tanto hace gala. Su folclore es auténtico, impermeable al colonialismo cultural anglosajón (¡que dejen ya de compararla con Jonathan Richman!). Ella lo trae de la plaza del pueblo asturiano al escenario principal del Monkey Week. Y como en las verbenas de antaño, acabamos haciendo un corro.

Al mismo escenario subieron luego Biznaga para desfogar la rabia punk de la gran ciudad. En menos de una hora, nos acribillaron con las balas más afiladas de Centro dramático nacional y, especialmente, Sentido del espectáculo. Los bailes finales correspondieron para “Una ciudad cualquiera” y “Mediocridad y confort”. Para esa hora, merodeábamos el escenario gratuito en el corazón de la Alameda de Hércules. El frío y la lluvia dieron tregua, quizá mitigadas por el rock desértico de Pájaro. Leyenda viva del rock andaluz, la banda que respalda a Andrés Herrera congenia magistralmente las trompetas del rock fronterizo con las marchas de Semana Santa. Y si Andalucía es ancha y el rock andaluz, un cerco muy estrecho (apenas salió de Sevilla), Pájaro abraza todo el sur peninsular guiñando al spaghetti-western que se rodaba en Almería para fusionar las laderas del desierto de Tabernas con las calles del barrio de San Luis. Así El Paso ya no es una ciudad fronteriza del norte de México, sino una imagen religiosa sacada en procesión. ¡Qué bien combinan los nuevos títulos de Gran Poder con el cancionero moderno del que fuera guitarrista de Silvio! La canción italiana (fetiche del desaparecido rockero de Sevilla) sigue en el alma de Andrés Herrera que se reivindica como lo que es: un mito viviente. Sevilla no puede seguir llorando a los caídos del rock andaluz teniendo sobre las tablas a una personalidad tan enorme como la de Pájaro. ¡Larga vida!

De regreso al teatro Alameda (nuevamente a rebosar) Novedades Carminha no defraudaron al respetable ni el respetable les defraudó a ellos. «¡Qué pasa Sevilla! Queremos veros bailar», espetó Carlangas (voz y guitarra) a la tercera canción (“Quiero verte bailar”, por supuesto) y así fue. Todos los hits de sus cuatro largos se fueron sucediendo sin tregua (“Que dios reparta fuerte”, “Juventud infinita”, “Jódete y baila”, “Dame veneno”…). Tal repertorio se actualizó con las más recientes aportaciones “Te quiero igual” y “Verbena”, así como volvió a tener hueco para el apropiacionismo (“Demolición” de Los Saicos). Cuando se despidieron (al ritmo suave de Elvis Crespo), aquello olía a suela quemada. Entre ellos y Esteban y Manuel va a resultar que la gris Galicia tiene más ritmo en la sangre que ninguna otra región de España.

Precisamente fuimos en busca de los otros gallegos del festival (Bifannah y los mencionados culpables de que los hípsters bailen cumbia). Para ello conseguimos superar las colas de la sala Even y La Calle. Menos suerte tuvimos con The Parrots (la última actuación de la jornada con el permiso del live electrónico de Yuraq Walla), pues la multitud casi daba la vuelta a los exteriores de la Sala X.

Si Lorena Álvarez está llevando las fiestas de los pueblos a los escenarios festivaleros, Esteban y Manuel hacen lo mismo con las miniorquestas de boda. Como un Omar Souleyman a lo gallego y multiplicado por dos. Esteban (el comedido) presenta las canciones como feriante que sortea muñecas Chochona, mientras que Manuel (el del autotune) pierde la compostura en cuanto le entran por las venas los ritmos de la cumbia transatlántica. A estos no les acusan de apropiación cultural. Tampoco han llegado ni llegarán nunca a las ventas de Rosalía, aunque a ella la superen en sabrosura. “Ela namoroume” y “El camino del milla” cerraron una fiesta tropical que ya habían caldeado (y de qué manera) con “La paya papaya”. Una semana después anunciaron su disolución. ¿Quién nos dará ahora cancaneo en el indie? Quizá Candeleros. Pero de eso nos enteraríamos el sábado.

PERRO en Monkey Week 2018 / Por Javier Rosa

Sábado 24 de noviembre: El éxtasis con Perro, Pony Bravo y Toundra.

A excepción del lluvioso jueves, las sobremesas sevillanas estaban brindándonos unas temperaturas primaverales. Y nada mejor a la hora del vermú que un buen puñado de bandas no anunciadas compitiendo sobre un escenario. Era la una de la tarde y Ángel Carmona de Radio 3 se apoderaba de las tablas de la Alameda de Hércules para ir dando paso a grupos invitados a esta edición (Pájaro, Los Jaguares de la Bahía, Los Nastys, Mujeres, Tigres Leones, Sierra, Uniforms o Derby Motoreta’s Burrito Kachimba) más otros que pasaban por allí (los sevillanos I am Dive). ¿Quién ganó? Ni nos enteramos. Pero el buen rato no nos lo quitó nadie.

Entrada la tarde, pasamos por el bar Ítaca. Un habitual en las tres ediciones del Monkey Week en la capital andaluza y, a decir verdad, un buen lugar para ver conciertos, aunque le falte un tablado que ponga en alto a los grupos. No obstante, este hecho le vino de perlas a Carlos Alcántara, líder omnipresente de Nadie Canta, al que le entusiasma caminar, micro en boca, entre los asistentes. Ya que no había valla ni escalón que se lo impidiera, Carlos se mezcló con el público para acercarles literalmente sus composiciones. Estas beben del pop glamusoro de Morrissey, el costumbrismo de The Magnetic Fields y, sobre todo, de ambas cosas a la vez y en castellano, que es lo que supo hacer en nuestro país el desaparecido Carlos Berlanga. Su espíritu planeó sobre el Ítaca cuando Nadie Canta interpretó piezas como “Contraseña” o “Quiero ser bisexual”.

Por los dos escenarios de la plaza (el de los coches de choque y el único al aire libre), pasó el tropicalismo de Candeleros. En la guía del festival aparecían con el acrónimo ES (de España); sin embargo, luego comprobamos que el combo se caracteriza por la internacionalidad de su formación. Con integrantes de Colombia y Venezuela, la base musical de Candeleros se apoya en la cumbia y en otros ritmos más desconocidos en Europa, como el tambor y el folclor. A todo ello le dan una envolvente psicodélica que, aunque nos suene moderna, no viene más que a renovar una tradición conocida en Sudamérica: La del puente intergeneracional que lleva de Los Mirlos a Los Pirañas.

Si Paco Loco se erige como el Steve Albini español, es justo entonces que Los Jaguares de la Bahía sean los Shellac de estos lares. Y si Shellac no falta un solo año al Primavera Sound, la banda del asturiano afincado en Cádiz tiene un hueco fijo en todos los carteles del Monkey Week. Paco Loco ya no vive de hacer música, sino de grabarla en su estudio de El Puerto de Santa María. Así que Los Jaguares de la Bahía son, por encima de todo, su juguete para pasar el tiempo. Eso no quita que el visible disfrute de Paco con su grupo de amiguetes no se contagie. Sabemos que su falso apellido le viene de haber sido parte de Los Locos (banda gijonesa de los 80), pero Paco le rinde todos los honores y, como un demente, se revolcó por el escenario, berreó como una mula en celo y se introdujo el micrófono en sus partes (ay, por dios, que lo hiciera por fuera de los calzoncillos). Un espectáculo escatológico digno de ser protagonizado por el humorista Ignatius Farray (oye, que ahora se ha metido a músico post-punk con Petróleo y por ahí andaban Tigres Leones, su banda de acompañamiento. No doy ideas). Paco se lo pasó bien. Y nosotros, también.

Quentin Gas & Los Zíngaros no actuaban este año en Monkey Week tras haberlo hecho los tres anteriores (la última en El Puerto y las dos primeras en Sevilla). Pero no solo Quintín Vargas se dejó ver por los distintos emplazamientos del Monkey, sino que la impronta del renacido rock andaluz merodeó el festival. Aquel sonido que surgió en la Sevilla de los 70 con Alameda, Smash y Triana no había tenido continuidad (inexplicablemente) hasta nuestros días, a excepción de Medina Azahara o del blues aflamencado de la saga Veneno. La experimentación flamenca-psicodélica-rockera no volvió a Sevilla hasta Pony Bravo (en Granada, algo aportaron Morente y Lagartija Nick en los últimos noventa o Los Planetas una década después). Pero lo que sonoramente se conoce y reconoce como rock andaluz no ha vuelto a suceder hasta Quentin Gas & Los Zíngaros. Tras ellos, Monkey Week 2018 se ha encargado de presentar a Derby Motoreta’s Burrito Kachimba (en adelante, DMBK). No ha habido pretexto para no verlos: si las colas de la sala Even nos lo impidieron el primer día, la batalla de bandas primero y el escenario Alameda después nos obsequiaron sendas oportunidades de saborear su rock andaluz del siglo XXI. DMBK no olvida los repuntes psicodélicos de los setenta, pero en vez de perderse en inspirados desarrollos instrumentales, se desbocan cual banda de rock urbano. Melenudos y descamisados, DMBK se vinculan a la estética quinqui de época tentando al cine de Eloy de la Iglesia (echen un vistazo al video de “El salto del gitano”). Su repertorio desapareció de Bandcamp una vez ficharon por El Segell del Primavera Sound. Nos frotamos las manos ante el inmediato nuevo disco.

A propósito de este renacer del rock andaluz, nos acercamos al bar Vinilo con el fin de ver a Los Reyes Magos. Una vez allí, el cuarteto local se nos descubrió, en efecto, como los enésimos deudores de la psicodelia cañí de los setenta. Pero lo suyo se relaciona más con Los Módulos y Los Ángeles que con lo que practicaban las bandas de su ciudad hace casi cincuenta años. No hay deje flamenco ni acento andaluz, solo una buena ristra de melodías brillantes envueltas con esas sonoridades vintage que tan en boga han puesto Tame Impala. Su ejecución en directo, impecable. Los chistes entre canción y canción, mejor lo dejan.

En la sala Fun Club era el turno de Uniforms, un trío de Jaén que en directo refuerza la alineación con Will Castellano (el productor del último disco) a la guitarra y Ana Morán (Tigres Leones, Sangre) a los teclados y tercera guitarra. Con tres mástiles de seis cuerdas y dos soportes de teclado, pueden imaginarse el derroche de atmósferas y ruidos al que nos sometió la banda. Una pena que la Fun Club sea, quizá, la única sala de la zona con limitador de potencia. Lo de Uniforms pedía vatios y el lugar no se lo permitía. Pero aun así gozamos de lo que nos ofrece Polara, el pedal de reverb favorito de Uniforms y el título de su primer largo con Oso Polita. El noise sigue vivo.

También apegados al ruido, pero en términos más kraut-rockeros y matemáticos, siempre estuvieron los festivos Perro. Su espectáculo lo vimos en directo en Instagram mientras hacíamos cola. Nos quedamos fuera (eso sí: culpa nuestra por no verlas venir). Una lástima. Pero al menos entramos decididos a coger buen sitio para Pony Bravo. La banda sevillana no han dejado nunca de ser un cuarteto, solo que Raúl Pérez (del estudio La Mina) salió varias veces del banquillo para suplir a Javier Rivera y viceversa. Siempre había sido el quinto Pony (lo atestigua la producción de los tres discos del grupo) pero ahora se visibiliza en público, con sus labores tanto al bajo como a los aparatos electrónicos (muy presentes en el cercano nuevo disco de Pony Bravo). La banda acusó la falta de engranaje en directo, cosa que a buen seguro paliará en 2019, cuando el flamante trabajo vea la luz y comiencen a girar para presentarlo. Las nuevas “Espectro de Jung” y “Rey Boabdil” sonaron, así como “Casi nothing” y otra aun sin título, pero que recordaremos por incluir los versos de “Te estoy amando locamente” de Las Grecas. Lo nuevo de Pony Bravo se avecina más electrónico que nunca, con unas dosis de kraut y de psicodelia que no se digerirán fácilmente en las primeras escuchas. Habrá que ir haciendo cuerpo para ello. Pero a buen seguro que algún nuevo himno caerá. Pony Bravo cambia, evoluciona, pero el mundo en el que vivimos no. De ahí que la gentrificación de “Turista ven a Sevilla” o el ascenso del populismo de derechas de “El político neoliberal” suenen más actuales que nunca. La función se había inaugurado con el reggae del Pumarejo y dejó sitio para la “Zambra de Guantánamo”, “Noche de setas” y “La rave de Dios”.

TOUNDRA en Monkey Week 2018 / Por Javier Rosa

Toundra toman de Mogwai (una de sus confesadas influencias) una cosa importante en lo que atañe al rock instrumental: la puesta en escena. En vez de unos músicos estáticos y concentrados en dar correctamente la nota, nos encontramos a cuatro compañeros que disfrutan enérgicamente de su trabajo. Lo dan todo, especialmente Esteban (en la foto) que, aun sin micrófono con el que dirigirse al público, se desgañita para animar al personal o agradecerle de corazón su grata respuesta (que la hubo). En diez años de trayectoria (los mismos que el Monkey) han parido cinco deslumbrantes trabajos cargados de épica, subidas, bajadas, tensiones rítmicas y cambios de tempo. Todo eso lo portan hasta los escenarios y lo multiplican por mil, resultando en unos de esos shows que, cuando te quieres dar cuenta, ya se ha acabado. Nos quedamos con ganas de más.

Ya en las salas, Monkey Week coronó su décimo aniversario con una de las fiestas temáticas más esperadas. Sonido Muchacho, el sello discográfico más pujante de la actualidad, presentó una minúscula pero atractiva muestra de su catálogo en la Sala X. Mujeres volvían al festival sevillano para celebrar, conjuntamente, sus diez años en esto. Repasaron buena parte de su discografía, desde aquellas canciones en inglés del debut homónimo y Soft Gems hasta los recientes himnos de Un sentimiento importante. “Salvaje” y la que se titula igual que el último disco pusieron la pista patas arriba. Sierra ha sido la revelación de último año y medio en la escena independiente. Pocos podían imaginar que entre componentes de Margarita y Juventud Juché (o lo que es lo mismo, de entre el post-hardcore y el after-punk) fuera a surgir un grupo tan deudor, a la vez, del pop melódico de la movida madrileña y de la sobrecarga guitarrera del indie noventero. Como era de esperar, “Me destrozaré” fue la más coreada. A Tigres Leones les bastó unos pocos minutos de actuación para defender a las mil maravillas un repertorio la mar de sólido, sobre todo desde la publicación de El año de la victoria (quizá “el disco de la victoria” del cuarteto madrileño). Las composiciones más recientes estructuran el show (“Miliciano”, “Milos Forman”) sin dejar de lado los clásicos (“Ana Casteller”, “Buenos días”) ni el cierre con la esperada “Marte” junto con un poquito de Hidrogenesse en clave garagera (qué bien entra un cóver como el de “Disfraz de tigre” cuando está bien hecho). Salimos de la X con una sonrisa estampada a fuego en nuestros rostros.

Conclusiones.

El festival ha celebrado su décima edición y esto ya no hay quien lo pare. Lo que quizá está todavía en proceso de mejora es la mudanza desde El Puerto hasta Sevilla, que se consumó hace tres años. Las malas lenguas dicen que el festival redujo el presupuesto y de ahí el cambio de fechas (antes coincidía con el puente de la Hispanidad) y las pocas bandas foráneas en la parte alta del cartel. El público sevillano se queja de que los principales reclamos de este año (María Arnal i Marcel Bagés, Novedades Carminha, Mujeres…) ya hayan pasado por el circuito de salas de la ciudad. Y tiene razón. Pero la gente “de provincias” (como yo) agradece que un ancho elenco de bandas alternativas del Estado español se den cita en las mismas fechas y en el mismo lugar (esto es: en el mismo festival). Aunque parezca fácil, no lo es. Hay muchos eventos en España que apuestan ciegamente por el producto nacional, pero esos nombres son siempre los mismos (¿hace falta que dé ejemplos?), aunque de vez en cuando rellenen algunas Melenas, Tigres Leones o La Plata. Pero, ¿poder ver juntas a todas esas bandas del auténtico underground patrio? A lo mejor, en los escenarios pequeños del Primavera Sound, en alguna edición del Tomavistas o en el valenciano Deleste. Pero, a decir verdad, el único festival de nuestros días que te ofrece esa oportunidad es el Monkey Week de Sevilla.

A eso le sumamos su apuesta por las bandas del mañana. Por aquí hemos visto crecer a Guadalupe Plata, Pumuky, Marina Gallardo, McEnroe, Manos de Topo, The New Raemon, Pony Bravo, Hazte Lapón, Neuman, Soledad Vélez, Oso Leone, The Parrots, Hola a todo el mundo, Perro, Ornamento y Delito, Belako, Cala Vento, Biznaga, Quentin Gas & Los Zíngaros, Los Vinagres… Grupos que no buscan el éxito de masas, solo la calidad de su obra artística. Aun así, también estuvieron en el Monkey Week antes de copar los festivales gigantes nombres como los de Fuel Fandango, Shinova o Carmen Boza. Y un año más, nos vamos con la sensación de haber visto cosas muy grandes (Derby Motoreta’s Burrito Kachimba ya van para arriba, igual que Uniforms y Bifannah. Mucho ojo con lo de Dromedarios Mágicos y vayan anotando a Los Reyes Magos como nueva promesa del indie andaluz).

Por eso y por mucho más, a Monkey Week se le tiene la misma devoción que la sevillanía por sus tradiciones más profundas. El festival se ha consolidado en la ciudad de la Giralda y, aunque necesite limar algunas cosas (principalmente, las conglomeraciones en las tres salas de la calle José Díaz), aquí tiene que haber festival para rato. Porque, si no existiera el Monkey, habría que inventarlo.

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