Crónica del festival Paraíso 2019: Un oasis electrónico en la capital

Por Javier Velloso 0

Segunda edición del Festival Paraíso celebrada en los campos de rugby de la Universidad Complutense tras el exitoso debut, algo accidentado por las inclemencias del tiempo, del año pasado; y segunda oportunidad de la organización para demostrar que la propuesta de José Morán (responsable junto a su hermano del nacimiento y la época dorada del FIB) ha venido para quedarse y para aportar un valor añadido a la creciente oferta de festivales en Madrid, muy escasa en lo que a la música electrónica menos obvia se refiere y cada vez más saturada de propuestas poco arriesgadas que priman la cantidad a la calidad y que repiten ad nauseam carteles llenos de nombres demasiado trillados (el mismo recinto de la Complutense es testigo de ello).

Crónica del festival Paraíso 2019
Mula por Ignacio Sánchez-Suárez

Una edición que se presentaba, pues, como la prueba de fuego para consolidar un evento a la altura de los paladares más exigentes y avezados en la escena electrónica, que un año más ofrecía una versión reducida, al aire libre y gourmet de otros festivales nacionales de larga trayectoria como el Sónar de Barcelona; y que supera en ambición a propuestas algo dispersas y mucho más minoritarias como el Mulafest, a las que hay que reconocer, sin embargo, su vocación pionera y su preocupación por diseñar un concepto cuidado y original. La sombra del Sónar es, en efecto, alargada: no en vano, Advanced Music, la empresa responsable del festival barcelonés sumaba en esta edición del Paraíso su capital y experiencia para la organización de un festival que esperaba a un volumen mucho mayor de asistentes al del año pasado, y que olía a éxito a la vista de un cartel ecléctico, casi paritario y multicultural que este año contaba con algunos grandes reclamos entre artistas y djs de muy distinto pelaje, sumados a una interesantísima y exquisita clase media que cubría un amplísima paleta de estilos: desde el techno de Laurent Garnier, el house de John Talabot y Peggy Gou, pasando por el synthpop de Chvrches, el R&B de Rhye o el hip-hop de IAMDDB, hasta la música disco de Cerrone, o el funky de Channel Tres. La hermandad del Paraíso y el Sónar es desde ya una realidad (como se encargaba de recordarnos machaconamente la publicidad proyectada en todos los escenarios entre conciertos y sesiones), lo que augura sin duda buenas noticias en materia de nombres y debería suponer lógicamente una profundización en las mejoras organizativas y en la integración de los espacios dedicados a las artes y a la tecnología. ¿Acabará siendo un twin a pequeña escala o luchará por tener un concepto propio y diferenciado? En poco tiempo lo sabremos.

Y si la venta de abonos presagiaba el éxito para los organizadores (el aumento de asistentes ha sido notable: de los 18.000 de 2018 hasta los 25.000 de este año, que la propia organización confirmaba en una nota de prensa del domingo), el sol y la buena temperatura del segundo fin de semana de junio anunciados por Martín Barreiro, hacían lo propio para los asistentes. Pero, como ocurre con la economía nacional, fiar todo al sol puede acabar siendo arriesgado si no se cuidan esas otras parcelas que hacen de la experiencia festivalera algo totalmente satisfactorio para quienes pagan el precio de un entrada. Y aquí el Paraíso tuvo sus más y sus menos.

John Talabot por Ignacio Sánchez-Suárez

Empezando por los segundos: el punto negativo más comentado del festival fueron los constantes problemas de sonido del Escenario Paraíso (el más amplio y destinado a albergar a los nombres más populares), desde la reverberación de los graves, que se comía cualquier melodía en según qué zonas y llegaba a retumbar hasta la zona de los baños, hasta el bajísimo volumen a altas horas de la madrugada, que lastró los esperadísimos sets de vacas sagradas como Solomun y Laurent Garnier y provocó huidas hacia otros espacios en los que la música seguía su curso sin alteraciones relevantes. Tampoco se entiende muy bien, en ese sentido, que algunos nombres de cierta entidad, pero bastante alejados de los géneros electrónicos dominantes en el evento (y, por ello, probablemente minoritarios para el público general del festival), fueran programados en este escenario principal, muy desangelado a la entrada de la noche y prácticamente vacío en los primeros conciertos de cada día, mientras que el Escenario Club (que aquí rebautizaremos como El Ovni) y el Escenario Manifiesto (o, simplemente, El Bosque) sufrían aglomeraciones de gente que hacían difícil moverse y bailar de manera desahogada. Un aspecto que debería repensarse de cara a próximas ediciones, teniendo en cuenta que los organizadores habían decidido, creemos que muy acertadamente, primar la comodidad limitando el aforo del recinto.

El segundo aspecto en el que hay margen de mejora (otro de los monotemas de la noche, especialmente a altas horas de la madrugada, cuando el frío y el alcohol comenzaban a hacer estragos), a poco que se haga una previsión más realista es el relativo al número de baños: modernos, higiénicos y con bonitos diseños, pero escasos, muy escasos, lo que provocó largas colas de gente y la aparición espontánea de espacios “alternativos” donde muchos asistentes intentaban camuflarse para hacer aguas menores. Un contratiempo fácilmente remediable, sobre todo si se tiene en cuenta que los aseos de los que ya disponen los campos de rugby de la Complutense habían reservados para una zona premium (¿es poder mear sin esperas la verdadera ventaja que ofrecía a este tipo de abono?) por la que pululaban influencers, clásicos de la noche madrileña y artistas cool de todo tipo amalgamados por altas dosis de postureo y narcisismo.

La decisión, por último, de no permitir el acceso en la misma jornada a quien hubiera abandonado previamente el recinto resulta poco justificable, por mucho que se quisiera evitar convertir la entrada de la Facultad de Ciencias de la Información en un macrobotellón universitario (algo difícil teniendo en cuenta el dispositivo policial desplegado en la zona). Evidentemente, pretender que los asistentes al festival consuman dentro del recinto desde el primer minuto hasta el último es una aspiración lógica y legítima de los organizadores, pero ello no debería de suponer limitar la libertad de movimiento de quienes han pagado el precio de su abono.

Entre los aspectos positivos, que, por supuesto, los hubo y son los que a la postre han hecho del festival un triunfo que que asegura próximas ediciones más grandes y ambiciosas, habría que destacar la loables preocupación por la sostenibilidad y el cuidado del entorno, la apuesta por la escena local madrileña en el Escenario Nido (que, confieso, apenas pisé un par de veces y por poco tiempo: interesantes Juanito Jones y Fer Xplosion); la excelente gestión de las barras, en las que encontrar una cola era misión casi imposible; el esmerado diseño de los escenarios y de las numerosas y comodísimas zonas de descanso; la variada oferta y la calidad de la comida (de precio elevado: la calidad, el diseño y la declarada intención de los organizadores un evento gourmet también desde el punto de vista gastronómico, obviamente, se pagan) en los foodtrucks dispuestos en el área de restauración; una zona de videojuegos que apenas vimos de lejos, pero en la que curiosos y aficionados parecían echar un buen rato entre conciertos; la facilidad para moverse entre los escenarios, muy lejos de experiencias hipermasificadas de ingrato recuerdo vividas en el mismo recinto… elementos que convierten el Paraíso Festival en una propuesta versátil pensada para un público exigente que va más allá de lo meramente musical. Pero no nos engañemos, la música sigue siendo el principal incentivo, y es precisamente en este apartado en el que encontramos las notas más positivas. Vamos, pues, al lío y por partes:

Crónica del festival Paraíso 2019
Maribou State por Ignacio Sánchez-Suárez

La jornada del viernes aparecimos puntuales a las 19:30 de la tarde para recibir, junto a un público todavía escaso (el que abre siempre se lleva la peor parte), a Maribou State, quienes ofrecieron en el Escenario Paraíso un concierto luminoso y minimalista, que osciló entre la calma y el onirismo de los desarrollos instrumentales de inspiración soul y house y el poso emocional de la prodigiosa voz de Holly Walker, cuya presencia escénica la elevó su rol de colaboradora de lujo a miembro fundamental de la banda. Un concierto breve pero eficaz, en el que desgranaron temas como “Nervous Tics”, “Slow Heat” o “Glasshouses” (la favorita de un servidor) para abrir el festival de la mejor manera posible, contagiando buen rollo a fans y advenedizos con la delicadeza melódica y los cuidados arreglos de canciones de envoltorio simple y fondo vibrante.

El segundo plato del festival llegaba en el Escenario Manifiesto (que pese a ser el tercer escenario por tamaño acabaría acogiendo algunos de los sets más interesantes del festival) de la mano del trío dominicano y 100% femenino Mula: las gemelas Acevedo y Rachel Rojas disfrutaron y lo hicieron pasar en grande a un buen número de curiosos que acabaron dejándose llevar por el ritmo irresistible un show a medio camino entre la estética retrofuturista y el homenaje a las raíces de la música latina. Como unas Bomba Estéreo de bajas revoluciones, las vocalistas encandilaron con su constante movimiento ritmo de cumbia, reggaeton y synthpop sensual. Tras cerrar con su hitazo “Nunca paran”, ellas sonreían encantadas, y los allí presentes, también.

Tocaba visitar el ovni, segundo escenario por importancia y tamaño, donde llegamos con algo de retraso a presenciar la que para quien escribe sería una de las grandes sorpresas del festival: IAMDDB. La artista de Mánchester, con un puñado de buenas (buenísimas) canciones se ha hecho un hueco importante en la escena de la música urbana internacional desde que fuera incluida en la lista del BBC sound del 2018, y lo cierto es que razones no faltan: su show, en el que una puesta en escena extremadamente sobria daba un protagonismo absoluto a su maravillosa voz, su flow y su versatilidad para navegar sobre bases que fusionan el jazz, el hip-hop, el dancehall, y el neosoul, muy en la línea de artistas femeninas como Jorja Smith o SZA, fue, sin duda de lo mejor que pudimos ver en el Paraíso. Un directo enérgico, sensual e irresistible en el que no faltaron sus éxitos “Shade” y “More” y con el que se metió en el bolsillo a un público que a cada minuto que pasaba se mostraba cada vez más entregado, lo que anuncia un futuro muy prometedor para la artista. Creo no equivocarme si digo que a la británica le esperan pocos meses para dar el salto a escenarios mucho más grandes (y, en toda lógica, con cachés mucho más altos). Podemos sentirnos afortunados.

Aún bajo el encantamiento de la cantante, decidimos hacer tiempo en el bosque hasta el comienzo de Chvrches, donde Nicola Cruz lograba reunir al mayor número de asistentes del día hasta ese momento con una interesante sesión en la que mezcló texturas electrónicas de bajas revoluciones con ritmos tradicionales del folclore andino. Éxito asegurado (y bastante agobio, en un escenario abarrotado que se quedaba ridículamente pequeño para albergar a los que torpemente trataban de bailar) confirmado por los que allí se quedaron, que nos tocará disfrutar en futuras visitas a España (estará en BBK Live el próximo mes de julio) si el dios de los solapes reparte suerte.

Crónica del festival Paraíso 2019
CHVRCHES por Ignacio Sánchez-Suárez

Vamos con los lugares comunes: a Chvrches o los amas o los odias. Y no porque su propuesta sea difícil o exigente, sino precisamente por lo contrario, lo que quizá explique el hecho que su synthpop pegadizo cual chicle y de alta intensidad emocional no terminara de cuajar del todo entre un público mucho más proclive a la experimentación sonora o a planteamientos más canónicos dentro de la electrónica pura y dura. Así que el fichaje con mayor apariencia de vendeabonos del cartel al final no lo fue tanto, y fueron bien visibles los huecos en el escenario Paraíso durante su concierto. Afortunadamente, pertenezco al grupo de los que viven un idilio con la voz de Lauren Mayberry y las melodías ochenteras de Iain Cook y Martin Doherty, desde que en el año 2013 despuntaran con hitazos como “The Mother We Share” o “Recover” que, por supuesto, no faltaron en el setlist. Canciones para vibrar, para llorar una ruptura o para celebrar la juventud que lo mismo recuerdan a la Banda Sonora de FlashDance que a Depeche Mode o al PC Music de la última Charli XCX; y que garantizan en cada concierto del grupo escocés (el tercero en mi caso) una lista de hits impepinables (pese a esa “Miracle” de producción horrorosa que recuerda a los peores Imagine Dragons, incomprensiblemente convertida en el mayor éxito del irregular Love is dead [Virgin, 2018]). Hits que cobran vida propia en directo a través de la actitud incontestable de los tres y sobre todo, del carisma y la voz de su vocalista. Salvo por algún problema de sonido inicial que fue rápidamente resuelto, no decepcionaron: energía arrolladora, muchos saltos y euforia melancólica, como mandan los cánones de la adolescencia perpetua a la que cantan. Pop para el siglo XXI. “Clearest Blue” y una celebradísima “Never say die” cerraron el concierto por todo lo alto.

De vuelta al ovni, nos entregamos a la electrónica canónica, en su versión más lo-fi primero: Ross From Friends, el proyecto de Felix Clary Weatherall, acompañado de dos habituales en sus giras a cargo de guitarra, laptop y saxo, hizo un repaso técnicamente perfecto de su excelente disco Family Portrait (Brainfeeder, 2018) en uno de los Lives más interesantes las dos jornadas. Melodías tristes e introspectivas de espíritu pop sobre capas orgánicas apenas insinuadas de bases cercanas al IDM y al ambient que, sumadas a la proyección de visuales muy sugerentes emocionaron e hicieron bailar por igual a un público mayoritariamente devoto la causa del productor y músico inglés.

Y en el mismo escenario, solo nos quedaba esperar a la apuesta segura del dj y productor catalán más internacional, John Talabot, que ofreció un set de dos horas técnicamente perfecto que para los habituales quizá pudo pecar de cierta inercia sota-caballo- rey, pero que resulta francamente incontestable para cualquier amante del deep house, el techno y la música sintética más oscura, densa y compleja, que alternó al final con un house más etéreo. Una victoria que por anunciada no fue menos rotunda, y que convirtió un Escenario Club a reventar de gente en una verdadera fiesta del ritmo y la intensidad.

El frío de la noche y el cansancio no nos invitaban a permanecer mucho más tiempo en el recinto, por lo que nos despedimos con el principio del set de uno de los platos fuertes del festival, Solomun, quien con su propuesta más mainstream probablemente fue el que se llevó el gato al agua en el poder de convocatoria de los artistas programados en el escenario principal. Un set lamentablemente lastrado por los problemas de sonido iniciales que abandonamos casi al inicio, pero en el cual, según nos cuentan, acabó imponiéndose la norma y el ritmo in crescendo que imprime habitual en el venerado productor alemán.

Superorganism por Ignacio Sánchez-Suárez

La jornada del sábado volvimos a ser puntuales para el primer concierto del día en el Escenario Paraíso, en el que el colectivo (sorpresa, no rapero) internacional, multirracial y multigénero Superorganism ponía toda la carne en el asador para despertar al escaso público que había renunciado a las cañas pre-festival para ver a uno de los hypes más sonados del último año. Personalmente, la propuesta colorista e hipervitaminada de sus integrantes y su pop juguetón, en la estela de unos The Go! Team o unos I’m From Barcelona pasados por el tamiz de los Avalanches, no termina de llamarme especialmente la atención, pero hay que reconocerles actitud sobre el escenario, especialmente a la simpática y dicharachera vocalista Orono Noguchi; y un par de singles poco discutibles, “Everybody wants to be famous” y “Something for your M.I.N.D.”, con los que cerraron un show voluntarioso y efectivo, si se tiene en cuenta la difícil tarea de abrir el escenario grande.

La programación del día no auguraba demasiado movimiento del escenario principal durante las primeras horas del día, y allí permanecimos para recibir a Channel Tres, que tras su reciente paso por el Primavera Sound llegaba a Madrid para presentar su único EP, en el que la voz grave y sugerente de Sheldon Young navega sobre ritmos bailables en los que house y funky se dan la mano. Casi como si un joven Barry White se reinventara dentro la cultura club de los noventa. No son géneros por los que tenga gran devoción, pero el artista estadounidense, descamisado, gustándose (mucho) a sí mismo y acompañado para la ocasión de dos bailarines que ejecutaban junto a él una coreografía perfectamente coordinada, así como de interesantes proyecciones protagonizadas por la vida de los barrios negros y latinos de Los Ángeles, se reveló un torbellino sobre el escenario; y su show, interrumpido de manera algo innecesaria por interludios demasiado largos, acabó contagiando toneladas de rollazo y flow (irresistibles “Brilliant Nigga” y “Controller”) a todos los que pasaban por allí. Sin medias tintas: Channel Tres es un empotrador que te folla sin que apenas te des cuenta.

Y si Channel Tres es, sobre todo, sexo, el R&B y el soul delicado, emotivo y muy, muy sensual, de Rhye tienen bastante de lo mismo, pero con amor, que siempre es mejor. El proyecto de Mike Milosh (para los despistados, tras esa voz delicada y perfectamente afinada que parece una reencarnación de Sade se esconde un tímido hombre blanco) lleva dándonos alegrías desde su primer álbum, el brillante Woman (2013), y se presentaba como otro de los principales reclamos del cartel estilísticamente divergentes de la tónica general del festival. Quizá por eso volvió a ocurrir algo semejante a lo de Chvrches el día anterior: poco público y poca atención para dejarse mecer por las canciones del músico canadiense mientras anochecía (sin duda el momento perfecto para hacerlo), hasta el punto de que, hasta bien empezado el concierto, las conversaciones de ascensor entre una mayoría de curiosos sin otra cosa que hacer a esa hora llegaban a tapar la voz de su líder. Cierto es que la propuesta calmada y sutil de Rhye parecía poco adecuada para los que venían del chute de adrenalina de Channel Tres o de pajarear entre escenarios dedicados al electro, al techno y al house, pero el oficio de su vocalista y del magnífico grupo de músicos que le acompañaban (cuerdas, guitarra, batería, piano, convertidos en una auténtica banda de rock: maravillosos los desarrollos instrumentales con los que dieron nueva vida a pequeñas joyas como “Open”, “Song for you” o, cómo no, la soberbia “The Fall”) acabó por ganar la partida a la cháchara. Precioso, honesto y emocionante. Milosh es un ser de luz.

Charlotte Gainsbourg por Ignacio Sánchez-Suárez

La llegada de Charlotte Gainsbourg presagiaba una subida de intensidad y decibelios. La artista multidisciplinar, hija de los míticos Jane Birkin y Serge Gainsbourg y musa del último Lars Von Trier (esta crónica no iba a ser una excepción en la repetición de clichés), se coronaba en la escena independiente, tras un apañado debut inspirado por la chanson y el indie rock más experimental, con el aclamado Rest (Because Music, 2017) y el EP del año pasado Take 2 (del cual, lamentablemente, no pudimos escuchar en directo su sutil cover de “Runaway” de Kanye West), en el que daba un viraje electrónico a su sonido dotándolo de densidad industrial y belleza lírica. La artista anglofrancesa nos brindó un una puesta en escena impresionante, con un juego de neones y flashes que acompañaban el ritmo de una banda arrolladora y su figura escondiéndose entre las sombras del escenario para dar el protagonismo a su sugerente y singularísima voz. Muy aclamadas “Bombs away” y la indiscutible “Deadly Valentine”: dos argumentos más que sólidos para reservarle un hueco (el tiempo dirá cuán relevante) en la historia de la música popular.

Tras dejarnos llevar unos minutos por la euforia house del set de Peggy Gou en el Escenario Club (las sonrisas de felicidad de la gente no engañaban), regresamos al principal para escuchar cómodos y de cerca el que, para quien escribe, era el concierto más esperado del festival: Mount Kimbie, en uno de los poquísimos Lives que el dúo londinense ha programado este verano después de la larga gira de presentación de su tercer LP, Love what survives (Warp, 2017). La primera en la frente: problemas de sonido, un retraso de veinticinco minutos anunciado en las pantallas y la incertidumbre de un público cada vez más escaso que se evaporaba a cada rato. Los otrora abanderados del post-dubstep aparecieron por fin en escena acompañado en el formato habitual de sus últimos directos, acompañados de batería y teclados, para hacer un repaso demasiado corto y algo decepcionante para lo que sabemos que son capaces de ofrecer. Con todo, convertidos por momentos en un verdadero grupo de rock electrónico, consiguieron hacernos vibrar (aunque fuera brevemente y con menos potencia de la esperada) con las densas y oscuras de los teclados y el enfermizo ritmo kraut que marcaban las bases tiradas por Dominic Maker, el contundente bajo de Kai Campos y el batería de Micachu, una auténtica bestia. Hipnóticas “Four years and one day”, “Made to Stray” y por supuesto, El tema “Blue train lines”, algo deslucido por la ausencia en directo de los aullidos del genio King Krule.

La noche nos deparaba varias opciones: la obvia, con el maestro del techno Laurent Garnier, y otras a priori menos vistosas, pero también apuestas seguras, que, visto lo visto con los problemas de sonido del Escenario Paraíso, se revelaron finalmente como las más acertadas. No necesitábamos mucho más que El Bosque, la magia de la noche madrileña haciendo su efecto y dos selectores de lujo: Motor City Drum Ensemble y Antal: ÉXITO. Tanto el alemán como el holandés nos ofrecieron, consecutivamente y para cerrar con el mejor sabor de boca posible, las dos sesiones más brillantes y creativos que pudimos vivir en todo el festival. Todo funcionó con una precisión escandalosa: house, disco y rarezas funky y soul para un público que a esas alturas de la madrugada se dejaba engullir por el gusto exquisito y el magnetismo de estos orfebres de la fiesta, que no dieron tregua disparando temas (¿pero acaso alguien la pedía?) ni para sacar el Shazam a bailar. Dos dieces. Gerd Janson, por cierto, que cerró la edición pasada del festival volvió a estar presente por partida doble en ambos sets, invencibles y potenciados por efectivos juegos de luces que, sí, consiguieron llevarnos de Madrid al cie… a nuestras casas, en Madrid. Eso sí, con muchas ganas de más. Habrá que volver, qué remedio.

Galería del festival Paraíso 2019

Fotos por Ignacio Sánchez-Suárez.

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