Crónica del GetMAD! 2019

Por Ana Rguez. Borrego 0

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No se me ocurre nada mejor para comenzar el “curso”, para volver a la rutina, que el GetMAD! Se podría decir que el cambio de mes le sienta bien, por cuestiones de competencia en la escena madrileña. Aún así, este año hemos echado la programación en diferentes salas: sí, te encuentras con el problemas de que haya grupos que te coinciden; pero por otro lado, se agradece el poder cambiar, moverse, elegir otro grupo si uno no te convence. Supongo que será una cuestión de patrocinadores, pero francamente, este festival es un evento por el que merece apostar: merece la pena asociarse a su criterio de estilo y calidad.

Pero vayamos al grano, a lo que importa: la crónica del GetMAD! 2019

Viernes 13 – clases de estilo

La ingrata posición de abrir el festival le tocó en esta ocasión a El Grajo. Prácticamente he visto crecer este proyecto este año, un tanto arriesgado: el tono y tema de sus canciones, en ocasiones, no lo ponen fácil. Pero quizás por ello, y por su mezcla de sonidos, merecería un reconocimiento mayor del que está teniendo. Ha habido cambios en la formación respecto de las primeras veces que les vimos, pero eso no ha impedido que su sonido gane en contundencia electrizante, más agresivo, aunque en esto último suponemos que algo tiene que ver la batería de Arturo Hernández (Sierra, Juventud Juché…). Que su evolución siga así: su mensaje gana en efectividad.

Tras ellos saltaron a escena los texanos Bad Sports. En un primer momento, convencían con su punk esencial y su forma de tocar, con una más que convincente maestría. Sin embargo, cuando ya llevaban unas cuantas canciones, nos saltó una duda: ¿no falta algo de variación? Una sensación que, en el fondo, lamentas, porque echas en falta que arriesguen algo más en un sonido que prometía. La cuestión es que la solución (o la paradoja) venía después: Radioactivity. Nada más comenzar el concierto, parpadeamos al ver quiénes estaban sobre el escenario. Pero… ¿Bad Sports continúan? No, en absoluto: Orville Neeley había dejado la guitarra para hacerse cargo del bajo, y Daniel Fried cambió el bajo por la guitarra para secundar a Jeff Burke. Y esto era justo lo que les pedíamos: algo no tan correcto, más descarnado, que te deja agotado pero que no puedes evitar gritar “más rápido”. El punk no da tregua y Radioactivity es una buena muestra de ello.

Gang of Four por Nieves Solano

Pero el plato fuerte de esa noche fue Gang of Four. Que el mítico grupo volviera a estar en activo con nuevas incorporaciones, que tocaran íntegro su primer álbum, Entertainment! (1979)… todo eso era lo de menos a medida que desarrollaban su espectáculo. Porque no era un simple concierto: el carisma de su cantante John “Gaoler” Sterry y el estilazo de Thomas McNeice al bajo eran dignos de observar mientras que acompañaban a la perfección a Andy Gill, el único componente de la formación original que permanece. Sterry no paró en todo el concierto, por momentos pensabas que el escenario se le quedaba pequeño, y que le faltaban los micrófonos, pues usaba tanto el suyo como los de sus compañeros. Pero es que Gill y McNeice no se quedaban atrás, cambiando de posición: con su mezcla de punk y música de baile y esa situación tan dinámica era inevitable vivirlo con ellos. Incluso cuando el cantante acabó golpeando un microondas con una guitarra: cada uno hace mindfulness como puede. O como quiere.

Tras ellos llegaron Night Beats. Su exquisita mezcla de soul y psicodelia sirvió de bálsamo para el grado de excitación que alcanzamos con los anteriores. Una suerte de viaje hacia otras décadas, porque podía recordarte a los mejores momentos de los sesenta y los setenta, pero con la baza de que los hacen propios. “Right/Wrong” es ese tema que todos deberíamos tener en nuestras recopilaciones y que al escucharlo en directo casi tocamos el cielo.

Sábad0 14 – claroscuros

En ocasiones, hablar de Danger es como contar un chiste, porque el rock y el garage más clásico han unido a una vasca, un alemán y un sueco. Pero la risa se queda ahí porque la personalidad de este trío se queda por encima: si tienes que hacerte con el público tienes que hacerlo contagiando tu energía. Y a ellos les sobra. Quizás todavía les queda mucho por demostrar (apenas llevan algo más de un año), pero prometen grandes momentos en vivo.

Como el que nos dieron Jacuzzi Boys. Todo un descubrimiento. Ellos mismos se presentan como unos apasionados del directo, y con tan sólo verles en una canción sabes que estás ante un gran concierto. Porque saben transmitir esa diversión de la juventud (que no te engañen las apariencias: llevan desde 2009 tocando y han grabado cuatro discos). Tienen esa gracia del garage con tonos surferos que engancha: no hay pretenciosidad alguna, sólo quizás una actitud vitalista, que acompañada de un tempo rápido, te arregla un mal momento.

The Sof Moon por Nieves Solano

Nada que ver con The Soft Moon, que tocaron a continuación. Y chocaba, porque entre tanto momento feliz que ya habíamos vivido, el universo de Luis Vásquez es bastante oscuro y tortuoso. Pero también es poderoso y adictivo, aunque se haga incómodo a veces: los violentos cambios de luces, la marcada presencia de la percusión que te hacía retumbar el pecho… Su puesta en escena tiene algo de ritual: Matteo Vallicelli y Luigi Pianezzola se sitúan a los lados, como si fueran una especie de paréntesis para Vásquez, una mandorla divina en la que conjurar todas aquellas sensaciones que te machacan en forma de sonidos industriales. No es apto para todos los públicos, pero el agotamiento que te produce cualquier concierto de The Soft Moon es más que placentero.

Cerrábamos con los cabezas de cartel de esta edición, Motorpsycho, que prometían dos horas de concierto. Perfecto, siempre es un gustazo tener más tiempo para disfrutar de un grupo dentro de un festival. Pero seamos sinceros, ¿cómo se podría reducir su espacio si en una hora nada más que tocan cuatro canciones? Su capacidad progresiva merece ser desplegada en condiciones, sobre todo para disfrutarlo, porque verles tocar es un absoluto placer tanto auditivo como visual. Su mezcla de rock con algo de heavy, jazz y heavy acaba creando una suerte de paisajes luminosos en los que no estaría mal quedarse a vivir.

Galería de la crónica del GetMAD! 2019

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