Crónica del concierto de The Psychotic Monks en Madrid (Wurlitzer Ballroom)

Por Ana Rguez. Borrego 0

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Un puente, Fontaines DC, Rata Negra y un poquillo el BIME. Probablemente no fueran lo más conocidos de la programación del 1 de noviembre en Madrid, pero hay que reconocer que el concierto de The Psychotic Monks tenían una competencia muy complicada esa noche. ¿Que hubiera ido más gente de no haberse dado esa serie de circunstancias? Quiero creer que sí. Los franceses son de esos grupos que te provocan curiosidad, que te fías por la sala y por la promotora, y que cuando escuchas alguna de sus canciones piensas “esto hay que verlo en directo“.

Como a Pinpilinpussies, que eran las encargadas de abrir la noche. Desde que anunciaran a principios de septiembre su fichaje por Aloud Music, este dúo femenino se ha hecho notar, porque combinan actitud y garra de forma efectiva. Parece una tontería, pero cuando ves pisar el escenario a un grupo que se toma en serio su presentación sabes que le ponen cuidado a lo que están haciendo. Su cabello engominado y su misma indumentaria dejan claro que no van con medias tintas. Hay aplomo, hay una cierta serenidad que se va difuminando a medida que desgranan sus temas.

Ane Barcena y Raquel Pagès se sitúan la una frente a la otra, pareciendo en ocasiones que se retan con sus instrumentos. Guitarra contra batería. Pero es sólo un punto de partida pues capa a capa van construyendo su sonido, en un in crescendo de intensidad: desde los temas rockeros que coquetean ligeramente con el pop hasta el punk más descarnado, turnándose entre ellas las voces y los instrumentos. Puede que necesiten algo más de rodaje en directo, para ganar más fluidez, pero eso es algo que se gana con el tiempo y con los bolos: la progresión promete ser demoledoramente satisfactoria.

concierto The Psychotic Monks

Ya dejaron los ánimos preparados para lo que venía a continuación, que no era poco. Al observar cómo The Psychotic Monks preparaban sus instrumentos, ya pensabas que el escenario se les iba a quedar pequeño. ¿Cuánto? La percepción física se quedaba corta. Minutos antes de comenzar, una base sonaba.Una música que parecía llevarte a un terreno distópico, en el que el silencio se hace hueco y opresivo. Las luces bajaban y su intermitencia recordaba a una situación de emergencia.

Discretamente, cada uno de ellos tomó su posición. Y ahí se acabó su instante más sosegado, porque la interpretación de The Psychotic Monks es mucho más que técnica, que pasión: es algo orgánico. La imagen de la fusión del músico con su instrumento es algo manida, pero es que en este caso va más allá. Parece que evolucionan del parasitismo a la simbiosis. Hay momentos que parecen luchar contra la máquina, pero acaban rindiéndose ante la creación que crean entre ellos. Su interpretación es algo tan vivencial que es extraño no vivirla, emocionarte hasta que se te erice el vello, mover la cabeza hasta entrar en una especie de conexión mística.

Y efectivamente, se les quedó pequeño el escenario. El frenético baile de Arthur Dussaux con su guitarra, interrumpido por el pie del micrófono que tendía a caerse; Clément Caillierez, que te engañaba con su gesto etéreo al sacar los sonidos más ásperos y secos de su batería; Paul Dussaux al borde de la desintegración de sus teclados (probablemente él sea el que consiga una mayor sensación de éxtasis al tocar); la discreción de Martin Bejuy, concentrado en su guitarra hasta el final, hasta que cantó la canción con la que cerraron y se dejó llevar por la emoción, con gestos exagerados.

Tienen una capacidad para experimentar con el sonido, para tensar lo tolerable en el “ruido”, que te hace recordar ligeramente a Swans. Porque quieren llevar un punto más allá el gusto estético por ellos, el provocar una reflexión sensorial, el dejarte exhausto tras escucharlos (aunque en ningún momento se te haga pesado o largo). Normalmente, un concierto así no llega a los sesenta minutos, pero ellos superaron la hora tranquilamente. Terminan y te quedas pensando “¿les podemos pedir un bis?”

Pero el resultado es tan redondo que mejor no tocarlo. Sólo sales pensando en que no estaría mal volver a verlos en directo, que volvieran a tocar en Madrid porque sabes que hay mucha gente que les fliparía un concierto así.

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