«Hijos de febrero»: el Glasgow terrible de Alan Parks

Por Marcos Gendre 0

El novelista escocés da continuidad al Enero sangriento de hace cuatro años con su nueva obra: Hijos de febrero.

En 2017, Alan Parks arrancó con la primera de la que ya se ha convertido en la saga policíaca más excitante de la actualidad. Desplegadas al son de las aventuras (por llamarlas de alguna manera…) del detective Harry McCoy, el escritor escocés ya marcó las líneas identificativas en Enero sangriento de una serie que, ante todo, le da autoridad de personaje a Glasgow, la ciudad donde discurren las andanzas de McCoy, Murray y el resto de su tribu de policías corruptos, narcotraficantes y amigos de halo peligroso.

En este sentido, la capacidad de atracción que destila una ciudad que, prácticamente podemos oler y palpar a través de sus mugrientas y poéticas descripciones, tiene mucho que ver con el Doncaster que Ted Lewis describió en Carter (1971), su clásico por antonomasia, y pilar de la novela negra suburbial con el cual tienen mucho que ver la intensidad que nutre las dos entregas hasta la fecha, en castellano, de Harry McCoy y sus quehaceres policiales.

Como un personaje en estado continuo de ruina personal, el Glasgow barriobajero del inicio de los setenta apesta a speed barato, heroína, pornografía y tugurios de mala muerte. No hay una sola página de Hijos de febrero donde no podamos sentir la brutal presencia de una urbe que, ya sea por las diferentes descripciones de sus calles o de su influencia en el carácter y las acciones de los personajes, se revela como campo de acción indesligable del alma de McCoy, eje narrativo sobre el que recae el drama continuo de una serie de hechos a cada cual más terrible, y que él tiene que afrontar desde su propio derrumbe personal.

Más allá del vibrante, y tóxico, fresco que Parks hace de Glasgow, si por algo Enero sangriento e Hijos de febrero son especiales es por el ritmo frenético en el que se mueve la acción, hilada a través de capítulos de pulsión taquicárdica, dedicados a cada día del mes donde se centra cada una de las tramas descritas. Toda una sublimación de la contrarreloj narrativa, aquí llevada al paroxismo, repleta de giros y subtramas que, en vez de despistar (como ocurre en la mayoría de los casos de novela negra), suman en el resultado final de ambos ejemplos de literatura de fregadero: sucia, altovoltaica, rebosante de frases afiladas, y de diálogos secos y contundentes. Exultante violencia literaria que transciende los arquetipos del género literario en cuestión, para erigirse en demoledor retrato emocional de una época y lugares concretos.

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