Juarma se estrena en largo con «Al final siempre ganan los monstruos»

Por Marcos Gendre 0

El historietista granadino Juarma ha publicado Al final siempre ganan los monstruos, su primera novela gráfica.

Descrita por la gran Cristina Morales como «Trainspotting en un pueblo de Graná», Al final siempre ganan los monstruos supone el debut de Juarma dentro del mundo de la novela. Y es que por lo que, hasta ahora, era reconocido el artista granadino era por su trabajo dentro del cómic underground.

Sin embargo, por lo que parece que va a tocar el cielo es por esta tragicomedia de barrio, retrato despiadado y terriblemente divertido de una generación de jóvenes encallados en sus orígenes y emplazamiento geográfico. En este caso, Villa de la Fuente, epicentro desde el cual Juarma nos sumerge en un relato donde, al igual que en buena parte de Los Detectives Salvajes de Roberto Bolaño, multiplica la primera persona a través de un ramillete de personajes, desde ya inolvidables.

Las diferentes perspectivas, en plan Rashomon, volcadas sobre la trama emerge en clave, decididamente, coral, mediante la que describe los miedos, anhelos frustrados y adicciones varias que asolan al Jony, el Liendres, Lolo, Dani y Juanillo, una pandilla atada de por vida debido a esa etapa de la adolescencia por la cual se forjan amistades basadas en el desfase y rebasar los límites de la cordura, cuando de lo que se trata es de escribir capítulos vitales donde todo gira en torno a priorizar el colocón por encima de todo.

Resulta especialmente brutal la descripción aportada por María y Lorena, personajes femeninos que aportan una voz demoledora sobre el egoísmo y mecanismo de mentira derivados de las pautas de comportamiento asociadas al machirulismo pandillero drogota de los protagonistas que pueblan estas páginas. Sin duda, todo un acontecimiento literario que rezuma sinceridad y poso autobiográfico por los cuatro costados, evitando siempre la pose caricaturesca de la que suelen adolecer esta clase de relatos, y que en este caso se postula como la novela que bien podría haber escrito Fernando Alfaro en sus primeros años al frente de Surfin’Bichos.