Demoler el reguetón

Por Jose A. Rueda 0

Bad Bunny al Sónar 2019

Dicen que la sociedad que no conoce la historia está condenada a repetirla. España, en la tercera década del siglo 21, reproduce comportamientos que hasta el más militante con los movimientos del cambio social es incapaz de reconocer como reaccionarios, conservadores o racistas. Como, por ejemplo, la insana costumbre cañí de odiar el reguetón.

Con las banderas del criterio musical exquisito y la autenticidad de lo underground, los devotos españoles del rock y otras músicas consensuadas como no comerciales menosprecian sistemáticamente el reguetón y todo lo que suene sospechosamente latinoamericano. A pesar de los pasos de gigante que ha dado este género en los sectores musicales de respeto —hace una década sería impensable ver a artistas como J Balvin o Bad Bunny (en la foto) en el Primavera Sound— la música urbana latina y, por extensión, todo ritmo que sobrepase un medidor invisible de sabrosura sigue estando condenado por la orden de la santísima guitarra eléctrica.

El rock & roll, como otras muchas músicas del siglo 21, arribó a España vía el imperialismo social y económico de los Estados Unidos. Lo que aquí se asume como una música de progreso y rebeldía, allá siempre se ha enmarcado en una suerte de música nacional ensalzadora de los valores del buen estadounidense. Por la misma vía capitalista han aterrizado en nuestro país las músicas negras —desde la disco hasta el rap— que gozan aquí de un respeto equiparable al del rock, pues se las incluye en el mismo cajón de los sonidos comúnmente llamados alternativos.

Sin embargo, la barrera cultural e idiomática ha desprovisto a la afición musical española del significado que estas músicas han tenido en determinados momentos de su historia y en el país que las vio nacer. Uno de los actos simbólicos más importantes e influyentes de la música contemporánea ocurrió el 12 de julio de 1979 en el Comiskey Park, el estadio de béisbol de los Chicago White Sox. Se llamó Disco Demolition Night y certificó la muerte —o el asesinato— de la música disco.

La noche que ardió la música disco.

Contextualicemos: en los años setenta en Estados Unidos las gigantes bolas de espejos y los pantalones de campana habían desplazado la hegemonía del rock & roll blanco. Elvis ya no era el rey y su trono lo tentaban Donna Summer, Gloria Gaynor, Chic o los Jackson 5. La guerra cultural estaba servida: de un lado, rockeros de chupa, melena y Harley-Davidson; y del otro, audaces danzantes en el Soul Train. En este ambiente de tensión reaccionaria y unilateral —la facción guitarrera se mostraba molesta con la de los vestidos de lentejuelas y no al revés— el locutor de radio local Steve Dahl promovió la noche de la demolición de la música disco. Aprovechando el doble partido que jugarían aquel verano los White Sox y los Detroit Tigers, Dahl alentó a la secta rocanrolera a acudir al estadio con vinilos de música disco para que fueran destruidos ante la multitud.

La emisora en la que trabajaba el DJ patrocinaba al equipo, por lo que consiguió que los aficionados solo pagaran 98 centavos la entrada a cambio de portar un disco. La oferta fue fructífera: aquella noche de julio, el Comiskey Park se abarrotó con unas cincuenta mil personas, cuando la expectativa era de apenas veinte mil. Sin duda, la campaña anti música disco de Steve Dahl había surtido efecto; la gran cantidad de pancartas que rezaban «disco sucks» lo ponían de manifiesto. Tras finalizar el primer partido, dio comienzo la demolición. Dahl apareció en el césped ataviado con uniforme militar para invitar a sus soldados rockeros a lanzar los discos que habían traído. Arropado por la prensa y el propio dueño del equipo de béisbol de Chicago, el locutor de radio introdujo varios de esos discos en una enorme cuba metálica de la que hizo estallar fuegos artificiales. En ese teatrillo la metáfora era la siguiente: prenderle fuego a la música disco cual herejes en la edad media.

Steve Dahl en la Disco Demolition Night (Chicago, 1979)

Pero, ¿por qué ese odio visceral a la música disco? Decían —y dicen— sus detractores que era una música simplona cuyos ritmos y melodías estaban producidos por máquinas en vez de «músicos de verdad» y sus letras, cuando no eran ridículas, promovían la lascivia y atentaban contra las buenas costumbres. Pero detrás de esta crítica a la calidad de la disco había mucho más. El rock & roll —que curiosamente había sido arrebatado a la comunidad afroamericana por el pueblo blanco— no solo simbolizaba el buen gusto de la clase media estadounidense, sino que además lo encarnaban hombres blancos de actitud dominante. Frente a ese rock supremacista y heteropatriarcal se impuso la música disco: negra, latina y afrodescendiente, con mayor paridad hombre-mujer y abiertamente abrazada a la comunidad gay. Lo que ocurrió la noche del 12 de julio del 79 estuvo impregnado de aromas racistas, machistas y homófobos —dicen que el dueño de los White Sox gritó «gays suck» en vez de «disco sucks»— y tan solo fue la punta del iceberg de lo que venía aconteciendo desde meses atrás: boikots a emisoras de radio, quemas de vinilos, palizas a las puertas de clubes disco, etc.

¿Y qué tiene que ver el reguetón en todo esto?

En la España de los 2020 las connotaciones racistas hacia la música negra estadounidense no es que hayan sido superadas, es que nunca existieron —salvo en los sectores explícitamente supremacistas— ya que aquí la disco se importó como algo guay, gustoso y divertido, completamente desinflado de matices raciales y LGTBi. Por contra, en este país estamos replicando el racismo implícito del «disco sucks» en nuestra aversión al reguetón. Las maniobras se trazan igual: por un lado, bajo el pretexto del buen gusto vilipendiamos todo lo que no suene a rock, hasta el disparate de equivocar cualquier ritmo latino con reguetón comercial —en la Disco Demolition Night no solo ardió música disco, sino que prendieron fuego a Marvin Gaye o Stevie Wonder—. Por otro lado, se maquilla de progresismo el ataque al reguetón justificándolo con el supuesto machismo que promueve, sin pararse a analizar otras letras del género —hay reguetón romántico, existencial, sociopolítico y hasta feminista— o, lo que es peor, sin esforzarse en traducir las letras del venerado rock anglosajón, donde se hace difícil no toparse con cosificaciones del cuerpo femenino o apologías a la pederastia, la violación e incluso el asesinato machista («la quería pero la tuve que matar» cantan Guns N’ Roses en “I used to love her”). Además, las cabezas biempensantes del Estado español tienden a confundir la celebración carnal del reguetón con el sexo no consentido o la banalización de la mujer, dando una pátina de feminismo a lo que en realidad atufa a reacción conservadora, equiparable al escándalo que le producía a la sociedad blanca estadounidense las lujuriosas danzas negroides al son de la música disco.

Cincuenta años después de la época dorada de esta música norteamericana —madre de la house music y de la cultura de club— aun impera la idea purista de que todo arte sonoro ha de confeccionarse con instrumentos electroacústicos. Y si no, no es música. El reguetón también acarrea este saco, pero no le pesa tanto como el simple hecho de ser música latinoamericana. Si no, no se explicaría que buena parte de la comuna del rap español haya despotricado el acercamiento al reguetón de heterodoxas de nuestro hip hop como Mala Rodríguez. A poco que uno investigue se dará cuenta de que el rap y la música latina han ido históricamente de la mano; el pueblo caribeño de los barrios neoyorquinos en los setenta fueron cruciales en el nacimiento de la cultura hip hop. Por tanto, las criticadas colabos de la rapera jerezana con Juan Magán o Romeo Santos deberían producir mucha menos extrañeza que las de Nach con Ismael Serrano, Tote King con Rozalén o La Excepción con Presuntos Implicados. ¿La diferencia? Unos son latinos y racializados. Otros, blancos y hacen música con guitarras.

La calidad de la música la establecen los cabecillas de un campo de poder que en nuestro país han conformado revistas especializadas, locutores de prestigio y algunos músicos de referencia. Ninguno ha logrado explicar por qué unas músicas de ritmo repetitivo son más respetables que otras. Ni siquiera el académico más reconocido de la RAE logrará convencernos de que unas letras merecen más consideración que otras. Y estas calidades —huelga decirlo— no las determina el estilo musical. En el rock hay auténticas basuras literarias, por no hablar de que el reducido talento rítmico y la incapacidad de superar los tres acordes predominan en un altísimo porcentaje del panorama rockero nacional e internacional. Sin embargo, es en la música latina donde ponemos una mayor atención y desarrollamos un sentido crítico que se torna inexistente cuando suenan guitarras eléctricas.

En el reguetón actual despuntan producciones de primerísimo nivel que se codean con las grandes artistas del R&B anglosajón. La música urbana latina ya no mira con envidia las producciones de Missy Elliott y Snoop Dogg, sino que ahora son ellos los que mandan tanto al sur como al norte de América: Ozuna, J Balvin, Daddy Yankee, Nicky Jam, Bad Bunny… El productor canario El Guincho —requerido hasta por Björk— o las estrellas del reguetón underground que la migración ha traído a España —Ms Nina— son un par de muestras más de la inmensa calidad de los nuevos ritmos latinos.

Quizá estemos lejos de que una congregación de cincuenta mil personas se cite en el Camp Nou o en el Metropolitano para lanzar CDs de reguetón y que se quemen entre cánticos de «el reguetón apesta». Sin embargo, esa demolición del reguetón planea el ambiente. Está en las conversaciones de la barra del bar, en la muchedumbre que pasea por los festivales de música, en los hilos de las redes sociales, etc. Está en círculos feministas y antirracistas. Forma parte de nuestro racismo estructural y solo un ejercicio de deconstrucción nos hará librarnos de estos prejuicios. Tomémoslo en serio: esto va más allá de una simple preferencia musical.