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La música nos importa una mierda

Por Jose A. Rueda 0

Crónica del FIB 2009

Si en el mundo del cine no existen los cienciaficcioneros ni los comedieros, ¿por qué en la música hablamos constantemente de rockeros, poperos o raperos? ¿Es la música un simple elemento de distinción social? Y la pregunta más importante: ¿De verdad nos gusta la música?

Hace ya mucho tiempo asumí que la música y el cine son las artes más comercializadas de la edad contemporánea. De hecho, las 3 mismas multinacionales que controlan el mercado global de la música están entre las 6 majors que dominan la industria cinematográfica: Universal, Warner y Sony (que en materia de cine absorbió a Columbia y Metro-Goldwyn-Mayer). Soy consciente, pues, de que la música y el cine son el mayor negocio del entretenimiento actual. Y eso me entristece. Pero siempre he creído en el poder de nosotras, las personas. No digo que el pueblo llano sea capaz de revertir la situación, pues no se puede luchar contra el diablo del capitalismo, pero sí de mantener un criterio indómito así como practicar un consumo responsable de las artes contemporáneas.

Por eso, y siguiendo con la analogía entre música y cine, toda mi vida he confiado en el usuario más fiel: en el cinéfilo y el melómano convencido. Sin embargo, pese a todas estas coincidencias entre ambos entes culturales, hay una diferencia sustancial. El amante del cine podrá tener una tendencia mayor o menor hacia el consumo de un tipo específico de películas o series: más comerciales o menos comerciales, de un género o de otro, etc. Pero siempre se considerará un «enamorado del celuloide» o un «seriéfilo empedernido». Nunca he escuchado a una de estas personas definirse como un cienciaficcionero, un comediero o un dramero. En cambio, estamos más que habituados a que los seguidores de la música se denominen rockeros, metaleros, hiphoperos o poperos. ¿De verdad no hay nadie a la que simplemente le guste la música?

Dicen los expertos que el cuarto arte es el único que existe en todas las culturas del planeta. No sé si esta será la razón por la que la música identifica a los colectivos sociales de nuestra época. El peor libro que he comprado en mi vida se titula Tribus urbanas (La Esfera de los Libros, 2004). Está escrito por Lola Delgado y Daniel Lozano, dos licenciados en periodismo cuyas fotos parecen salidas de un panfleto electoral del PP. En el texto, estos supuestos expertos de la comunicación hacen una paupérrima investigación sobre los bakalas, los cools, los indies, los solidarios, los moteros o los lolailos. Algunas de estas tribus tienen literatura de referencia, personas a las que idolatrar o películas de culto. Pero todas sin excepción tienen una música que les representa. De hecho, buena parte de estos grupos sociales nacen, crecen y se reproducen en torno a un género musical determinado.

Tribus urbanas: la importancia de la camiseta. Foto: El Enano Rabioso

¿Por qué a los heavies o a los metaleros les gustan The Cure, si tanto detestan a los «poperos» o a los «cortavenas»?

La música equivale a un complemento estético. Vale lo mismo que la chupa de cuero, la gorra de béisbol, las rastas o el pantalón bombacho. Funciona como un elemento tangible que emite información sobre esa persona. Y lo más lamentable de todo es que esa persona usa conscientemente la música con ese único propósito: la distinción social. Por supuesto ese colectivo de pertenencia se autoconsidera superior a los otros. Por ello a veces vale más decir «odio el reggaeton» que «me encanta el punk». Hay que excluir al grupo al que no se pertenece por encima de enaltecer el propio. Es la base del clasismo.

Aquí el significado de la música desaparece. Se transforma en pura fachada. Muchas veces me he preguntado por qué a los heavies o a los metaleros les gustan The Cure o, incluso, Kiss. Si tanto detestan a los poperos o a los cortavenas, ¿por qué idolatran a un «pavisoso» como Robert Smith o a los creadores de un estribillo tan pachanguero como «yo nací para amarte, nena. Tú naciste para amarme a mí»? Por la estética. Simplemente. Detrás del maquillaje de unos y otros, debajo de los pitillos del cuarteto neoyorquino y lejos del supuesto satanismo gótico de los de Robert Smith, hay dos artistas similares a tantos otros de los odiados por heavies y metaleros. Unas pinceladas literales en el rostro y otras pinceladas metafóricas en el entramado musical bastan para convencer a estos pseudomelómanos, que en esencia lo único que buscan es una estética que imitar, una camiseta más que lucir. La música en sí les da completamente igual.

Cuando uno toma una posición militante, casi ideológica, con una corriente musical es muy fácil caer en la incoherencia. La palabra “indie” es quizá el concepto más vacío de la industria musical actual junto al de “músicas del mundo”. ¿Qué es el indie? ¿Toda la música pop y rock independiente? ¿Y si viene editada por una de las tres compañías multinacionales que mencionaba al principio? Empleé demasiado tiempo (y algo de dinero) en explicar el significado del concepto “indie” en el documental Independientes, así que no pienso explayarme más sobre este tema. Ya en el susodicho libro Tribus Urbanas el indie aparece como una de esas cuadrillas humanas. En concreto una a la que le encantan Los Planetas y Belle & Sebastian. Aunque el indie no sea ningún estilo musical, aceptamos esas dos bandas como iconos del rock independiente. Hoy en día la palabrita de marras es un saco en el que caben desde Amaral hasta Carolina Durante o desde el pop más bailable hasta el post-punk más incómodo. El indie no fue nunca un subgénero, pero como colectivo tampoco ha logrado germinar. Decir «soy indie» ya perdió sentido como tribu urbana (ningún fan de Los Planetas enarbola la bandera del indie), aunque hay algunas personas en la actualidad que aseguran que ese no-género, el indie, es su música favorita. Esta gente no es tanto de Los Planetas, sino más bien de Vetusta Morla, Izal o Miss Cafeína. Pero lo primordial aquí no son las personas que afirman gustarles el indie. En este caso, y como decía más arriba, es mucho más crucial para crear autoimagen la eliminación del indie de la lista. Decir alto y claro: «odio el indie».

Público en el FIB. Foto: Rafael Tovar

La actitud de pertenencia a una comunidad es normal cuando tienes 20 años. Si tienes más de 30 y sigues actuando así es que tienes un problema.

Uno de los adalides de la escena independiente española de los años 90, Nacho Vegas, confesaba en el libro sobre la gestación de Cajas de música difíciles de parar (Lengua de Trapo, 2012) que en sus tiempos mozos (los años indies), cuando formaba parte de Eliminator Jr (la típica banda española de rock melódico en inglés), se sentía parte de ese grupúsculo alternativo que escuchaba rock ruidoso anglosajón. Se creían moral e intelectualmente superiores a los adeptos al rock estatal (los fans de Reincidentes o La Polla Records). Venerar bandas anglosajonas que practicaban sonidos entonces inauditos en España te daba un punto de distinción. Nacho Vegas confiesa que aquella actitud de posicionamiento social, de pertenencia a una comunidad, era normal cuando tenía 20 años. Si tienes más de 30 y sigues actuando así es que tienes un problema.

Con esta teoría del músico asturiano, analizo la sociedad actual y compruebo que demasiada gente tiene un problema. En los últimos tiempos (y probablemente porque a mí, aunque me guste la música y me guste de verdad, no dejan de verme como un «indie-hipster-gafapasta»), he escuchado infinidad de veces esta frase de identidad grupal: «no me gusta/odio el indie». Sea lo que sea la música indie según ellas, la incoherencia de la que pecan es mucho más confusa que la de ser metalero y amar a The Cure. La Ciudadana 1 (38 años, amante del nu-metal) me dijo que odia el indie, pero se confiesa fan de León Benavente y Rufus T. Firefly. Su amiga, la Ciudadana 2 de 39 años, se define como rockera, incluyendo a Muse entre sus bandas favoritas. También detesta el indie, pero le gustan Vetusta Morla y reconoce que Izal «son divertidos». Misma y sorprendente idolatría la del Ciudadano 3 (37 años, metalero hasta la muerte), que después de años despotricando de los «poperos de mierda», ahora admira a Izal y considera «un temón» el “Fascinado” de Sidonie. El Ciudadano 4, de unos 40 años y propietario de una sala de conciertos en Almería, espetó «odio el indie» en una emisora de radio local. Antes y después de aquello, ha gestionado en su local bolos de Loudly y Nixon, dos grupos de la escena alternativa almeriense que están en la línea sonora de Izal, Vetusta Morla o León Benavente. La Ciudadana 5, de 43 años, me llamó «popero» una vez (una palabra que siempre me pareció muy insultante, equivalente a “feminazi” o a “podemita”). Ella, por su parte, se reafirma como «punkrockera». Semanas después me la encontré en un concierto de Lori Meyers. Al Ciudadano 6 (de 52 años y músico en una banda de versiones aflamencadas) no le gusta el indie, sino «las músicas étnicas». Incondicional de Triana, vituperó cada segundo del concierto de Quentin Gas & Los Zíngaros en el Monkey Week de Sevilla en 2017. Lo suyo son las músicas del mundo, como las del festival Womad de Cáceres, que en su última edición incluyó a (¡tachán!) Quentin Gas & Los Zíngaros. ¿Habría opinado distinto el Ciudadano 6 si en lugar de ver aquel concierto rodeado de hipsters de mierda lo hubiera hecho en el Womad junto a bohemios perroflautas?

En Indies, hipsters y gafapastas. Crónica de una dominación cultural (Capitán Swing, 2014), el polémico ensayo de Víctor Lenore, el periodista soriano lo tiene claro: no es lo mismo ver a un DJ en el festival Sónar (icono cultureta de la Barcelona más moderna y lugar de peregrinación de los cools según el libro Tribus Urbanas) que ver a ese mismo DJ en una discoteca poligonera. Aderezo esas palabras de Lenore con nombres concretos. No es lo mismo Richie Hawtin en el Sónar (o en el Primavera Sound) de la avanzada ciudad de Barcelona que Richie Hawtin en el Dreambeach de la inculta provincia de Almería. ¡Ojo! ¡No me echéis a los leones! Soy almeriense. Seamos objetivos: la imagen que proyecta Barcelona no es la de Almería. El público que llena el Sónar no es el del Dreambeach. Hay una construcción social ya establecida. El clasista (que quizá sea almeriense o murciano) pondrá todos sus esfuerzos económicos en viajar a la capital catalana y pagar la entrada del mastodóntico festival a pesar de que algunos de los artistas hayan actuado o vayan a hacerlo en un evento menor (o destinado a un público distinto). En definitiva, el falso melómano rechazará un festival cuya imagen irradiada no se corresponda con la que quiere dar de sí mismo.

Público en el extinto festival SOS de Murcia. Foto: Oscaromi

El aficionado a la música no busca la voz propia del artista, sino el subgénero. Tenemos a un “público de subgénero”.

La música se reduce a cosmética. Las personas no profundizamos en ella. Como expresión artística está infravalorada. En las artes plásticas, por ejemplo, cuando alguien va a un museo entra ansioso de ver los frescos de Matisse o Picasso. O los de Durero y Velázquez. Dudo que exista un fanatismo por la pintura contemporánea o la clásica. No imagino a fauvistas peleando con dadaístas. Quizá se sienta especial predilección por un artista u otro. A lo mejor se considera un genio a Dalí y un impostor a Joan Miró. Pero al menos se analiza su legado. Su producción personal evidentemente está contextualizada, ya sea en una época o una corriente. Sin embargo, la obra del artista prevalece sobre las clasificaciones externas. No se pierde el respeto al estilo propio del creador.

El director de cine Manuel Martín Cuenca (que, como yo, es almeriense de El Ejido y, además, de mi barrio) dirigió en 2017 El autor. El protagonista, Álvaro (interpretado por Javier Gutiérrez), quiere ser escritor como su mujer, Amanda (María León), reconocida novelista. Encarnado por Antonio de la Torre, Juan, el profesor de las clases de literatura a las que acude sin falta el protagonista, le confiesa a este que Amanda es una simple «escritora de género» (de género literario), que no tiene «voz propia». Puede que en la música popular contemporánea haya muchos “artistas de género”, sin personalidad. Muchas bandas de repertorio hueco que visten muy bien sus canciones con los ropajes canónicos de lo que se considera rock-metal, rap de la vieja escuela, canción de autor o noise-pop, por poner algunos ejemplos. Eso dependerá no solo de la supuesta originalidad de la banda, sino de la sensibilidad del público que conecta con ella. Pero lo que realmente me decepciona en la música es comprobar cómo el aficionado no busca la voz propia de la que habla la cinta de Martín Cuenca. El fan de la música busca el subgénero. Tenemos a un “público de subgénero”. Rockeros, poperos, raperos, raveros, reguetoneros y pachangueros. Cada vez dudo más de encontrar a más gente que diga «me gusta la música». Porque tengo esa triste sensación de que en realidad la música nos importa una mierda.

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