«Jill», de Philip Larkin: larga vida a un clásico

Por Marcos Gendre 0

Escrita originalmente en 1946, Jill fue la ópera prima de un jovencísimo estudiante de Oxford llamado Philip Larkin. La editorial Impedimenta la devuelve a la palestra.

Más conocido por su producción poética que por sus indudables dotes narrativas, en la obra de Philip Larkin siempre pesó más su dedicación al verso. De hecho, su vocación natural hacia el verbo florido es uno de los aspectos que más pesan en Jill, una de sus pocas novelas, mediante la que dio vida a uno de los clásicos imperecederos de la literatura británica de la década de los años cuarenta. Y es que estamos ante, nada menos, que una exhibición de poderes con la palabra pocas veces vista anteriormente. Sus descripciones de francotirador y diálogos realistas definen una narración también ataviada con esa profusa aureola humorística inherente de todo gran narrador británico que se precie de la primera mitad del siglo pasado. A partir de esta carta de estilo, Jill florece como un relato de fuerte carácter autobiográfico, lo suficiente para armar un poderoso contexto ambientado en el Oxford de comienzos de la Segunda Guerra Mundial, donde el estudiante John Kemp comienza a cursar sus estudios.

La vara que mide los buenos modales inherentes a tan distinguida institución y los deseos secretos de supervivencia social dirime los conflictos por los cuales John llega a inventarse una hermana con la que intenta impresionar a su compañero de habitación, a quien dirige misivas para intentar entrar dentro del círculo de sociedad necesario para alcanzar un respeto y un nombre.

A partir de esta excusa de guión, Jill destaca por su metódico análisis de la crueldad, retrato atroz de la soledad acuciante en vidas enjauladas en el destino dictaminado por su apellido. Sin duda alguna, uno de los análisis más contundentes, hermosos y elegantes jamás realizado de una clase social como la representada en el Oxford de aquellos años.