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Así es «Encrucijadas», la familia que retrata Jonathan Franzen

Por Marcos Gendre 0

Encrucijadas, la última novela de Jonathan Franzen, retrata la familia prototípica en los Estados Unidos de los setenta.

Seguramente, Jonathan Franzen es el novelista más aplaudido de lo que llevamos de milenio. Autor de obras incontestables como Las correcciones (2001) y Libertad (2010), pocos casos como el suyo en pos de encontrar el santo grial de las letras yanquis. O sea, “la gran novela americana”, que, más bien, habría que empezar a denominar de una vez como “norteamericana”. En el caso del genio de Chicago, está claro que dicho objetivo ya lo alcanzó al menos en esas dos ocasiones, y lo vuelve a hacer con Encrucijadas, muestra mayor del genio que emana de un autor pleno de ambiciones en su necesidad de exponer todas las aristas y contradicciones del modelo típico de familia estadounidense. Bajo esta premisa, inherente en todas sus novelas, Franzen va más allá en su acentuación de la disfuncionalidad consecuente a las búsquedas de perfección social entre los miembros de un núcleo familiar; en este caso, por medio de un rebaño altamente tendente al choque y las disputas, surgidas de un crisol de situaciones enmarcadas en el Chicago de comienzos de los años setenta. Contexto incomparable que promete ser el arranque de una trilogía, iniciada por esta brutal demostración de ironía vital y humor cocinado en los fogones del drama candente, expuesto por una jauría de seres atados a una naturaleza de la que, inconscientemente, siempre están intentando escapar y que, como en el caso de Perry, el hermanísimo, le llega a plantear serios dilemas existenciales acerca de la utilidad y la esencia real del alma humana.

Con este caudal narrativo de fondo, Franzen siembra un árbol argumental repleto de tramas, subtramas y choques frontales alrededor de Encrucijadas, siempre con la intención de inflamar las dotes estilísticas de todo un alquimista del diálogo con tirachinas y las descripciones más subterráneas de nuestros deseos. Todo ello, expresado con su fluidez natural, en algún punto entre el modernismo desaforado de su gran aliado David Foster Wallace y la sencillez de un tono que, eso sí, nunca deja de abrir claraboyas de conocimiento en su exposición de la ficción como forma más realista de encontrar la verdad de nuestro día a día. Y a buena fe que estamos ante una muestra poliédrica y monumental de ello. Otro clásico contemporáneo que sumar a su ya más que consolidada trayectoria. Y lo que aún nos queda…

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