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Canela Party 2022: Recuperando el indie

Por Jose A. Rueda 0

Contracrónica del Canela Party 2022, celebrado los pasados 24, 25, 26 y 27 de agosto en el entorno de la plaza de toros de Torremolinos.

Cuando Canela Party impulsó su salto cualitativo en el fallido 2020, la agencia sevillana La Mota Comunicación entró a formar parte del comité organizador. Al frente de La Mota está Tali Carreto, director de Monkey Week y asistente a este Canela con uno de los mejores disfraces: el del pequeño Elliot de la mítica película E.T., el extraterrestre. Con Tali, el festival malagueño se ha abierto a otros subgéneros como el urbano (Bejo), la electrónica (Bronquio) y otras formas más psicodélicas del rock (Derby Motoreta’s Burrito Kachimba). Pero el nuevo Canela sigue manteniendo su personalidad insobornable.

Por su parte, Monkey Week, como la versión sevillana del South By Southwest, es una suerte de feria musical independiente por la que se pasea el elenco de las pequeñas discográficas españolas. Son los sellos independientes los que inscriben a los artistas y los presentan en el festival, que cuenta incluso con noches temáticas dedicadas a estas discográficas. Por ejemplo, las que ya han disfrutado en las últimas ediciones Sonido Muchacho, Limbo Starr, Humo Internacional o La Melona. Pese a esta apuesta decidida por la música independiente, Tali Carreto le tiene alergia a la palabra indie. Así lo mostró en esta entrevista cuando el periodista Víctor Lenore calificó de indie al Monkey Week. ¡Pero cómo no va a ser indie un festival de sellos independientes! Lo que pasa es que Tali da por buena la etimología popular —o más bien, la etimología mediática generalista— que ha equiparado el concepto indie con el pop-rock protocomercial de Izal, Miss Cafeína o Arde Bogotá. Pero, como bien saben nuestros doctos lectores de El Enano Rabioso, el indie es una escena de rock alternativo y pop de vanguardia que se mueve por cauces empresariales distintos a los establecidos: esto es, por medio de la autogestión o de la gestión mediante sellos discográficos pequeñitos —o independientes, de ahí lo de indie—, en detrimento del oligopolio musical que conforman las multinacionales Warner, Sony y Universal.

También es cierto que el movimiento indie ha pecado de haberse focalizado en una sola serie de subgéneros contados con los dedos de una mano: noise rock, shoegaze, dream pop y unos cuantos palabros con el prefijo post  —post-punk, post-hardcore, post-rock…—. Es por ello que estos sonidos representan lo que desde hace ya cuatro décadas se conoce como música indie. Unos estilos que, insisto, no se parecen en nada a los que interpretan las bandas españolas que un numeroso sector de la población identifica con este término. En palabras de nuestro amigo Alfonso Benítez, cofundador de esta revista y músico del after-punk sevillano: «no hay nada menos indie que lo que hoy en día se llama indie».

Carolina Durante en el Canela Party 2022, por Javier Rosa.

De Torremolinos a Benicàssim. ¿Un nuevo FIB?

Cuando Canela Party, decíamos, impulsó su salto cualitativo en el fallido 2020, se abandonó la discoteca poligonera París 15 para instalarse en un recinto abierto. Hasta entonces, Canela Party tenía un espíritu de rock independiente primigenio mucho más cercano al punk, el hardcore y el garage. Por las distintas salas en las que fue residiendo —Vivero, Eventualmusic y, finalmente, París 15— pasaron Metz, Dan Deacon, No Age, Cuello, Juventud Juché, Aina, Juanita y Los Feos, Margarita o Toundra. Con el recién estrenado cambio de localización y el crecimiento en artistas y aforo, este espíritu independiente primigenio se asemeja al de los albores de la escena indie cañí. La que nació a principios de los noventa con el empuje de casas discográficas como Elefant, Subterfuge, Siesta, Jabalina o Grabaciones en el Mar. Luis Calvo, codirector de Elefant Records junto a Montse Santalla, pinchaba y organizaba conciertos en la sala Maravillas de Madrid, que gestionaban los hermanos José y Miguel Morán. A su escenario no solo se subieron bandas anglosajonas de la reputación de Stereolab, The Posies o Teenage Fanclub, sino que Maravillas también fue testigo del inicio de las carreras musicales de Los Planetas, Australian Blonde, Nosotrash o Beef. Lo que en definitiva era la música alternativa española de los noventa más allá del rock agresivo de corte punkarra y metalero.

En 1995, los hermanos Morán, Luis Calvo y Joako Ezpeleta —la cuarta pata del banco— decidieron llevar los conciertos de la sala Maravillas a un espacio mayor, al aire libre y en una localidad costera. ¿Les suena? Sí: todo esto de los festivales nació un 4 de agosto de hace 27 años en un pueblo del Mediterráneo: Benicàssim. Las dos primeras ediciones del FIB —que entonces se conocía simplemente como Festival Internacional de Benicàssim— se celebraron durante tres días en el velódromo de aquella localidad. Solo contaba con un escenario, capacidad para no más de diez mil asistentes y, en su cartel, reclamos principalmente británicos —The Jesus & Mary Chain, Stone Roses, The Charlatans, Chemical Brothers, Orbital, Supergrass, The Pastels…— y una fiel representación del rock y el pop ruidosos que se estaban cocinando en el underground español —Manta Ray, Mercromina, Automatics, Penelope Trip, La Buena Vida, Sr. Chinarro…—. A partir de 1997, los Morán quisieron agrandar el evento, lo cual chocaba de frente con el ideario indie romántico de Luis Calvo. De hecho, Luis acabó abandonando la nave. Así las cosas, desde la tercera edición del Festival de Benicàssim, los tótems del britpop —la facción comercializada del indie inglés— comenzaron a copar la parte alta del cartel. Con Blur y Oasis año sí y año también, el festival castellonés experimentó una progresión ascendente que lo alejó de sus modestos inicios hasta acabar reventando de éxito en los 2000. Primero, con su venta a dos inversores extranjeros distintos —Vince Power y Melvin Benn— y, finalmente, tras ser adquirido por la promotora valenciana The Music Republic, que lo ha transformado en un festival clon de los que Tali Carreto no quiere ni oír hablar: los del mal llamado indie.

El Canela Party ha saltado de la sala París 15 a Torremolinos tal y como el FIB pasó de la Maravillas a Benicàssim. El rock ruidoso de The Jesus & Mary Chain protagonizó la jornada sabatina del FIB 95 del mismo modo que Dinosaur Jr. subió al escenario Jarl del Canela 22. El ecosistema sonoro que formaban Australian Blonde, El Niño Gusano, Los Planetas o La Buena Vida se asemeja al que hoy día abanderan, con sus distintivos generacionales, Camellos, Carolina Durante, Melenas o Perro. Hasta aquí los paralelismos son más o menos acertados y aceptables. Ahora solo queda desear que los organizadores del pitote malagueño —que, al menos hasta 2014, eran siete amigos asociados en el Culoactivo Canela— cumplan su promesa de no crecer más. De no dejarse tentar por inversores privados ni públicos, ni por recintos más grandes ni presupuestos como para traer a Radiohead o Foo Fighters. En pocas palabras, le pedimos al Canela Party que sean indies, pero que no sean indies. A ver…¡cómo no va a ser indie un festival encabezado por Dinosaur Jr.!. Quiero decir, que recuperen el indie, pero que no se conviertan en indies. No sé si me explico. Vaya, que se queden como están y… ¡larga vida!

Perro en el Canela Party 2022, por Javier Rosa.
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