Crónica Primavera Sound Porto 2024: You’re so f*cking gorgeous
Por 13 junio, 2024 12:390

Cuando nos planteamos cómo cubrir el Primavera Sound Porto 2024 quisimos enfocarlo como: ¿qué ha pasado en estos cinco años en los que no hemos ido? El festival volvió a la carga, como el resto, en 2022, pero entre la doble edición de su homónimo en Barcelona ese año y el doblete con Madrid el año pasado, dejamos un poco de lado la rotonda de la Anémona que nos recibe en la puerta: no volverá a pasar.
Lo que hemos aprendido en estos tres días entre Porto y Matosinhos es que no sólo el festival ha jugado al mantener lo bueno y apostar por cambios mejores. Con él hemos cambiado nosotras, el público y la manera de entender la música en directo.
Para empezar: el recinto. Menos escenarios (la verdad, no hemos echado de menos algunos que hemos conocido en años atrás) y, el que cae sobre asfalto, mejor ubicado, más sensación de espacio, mejor sonido y, de fondo, el Atlántico en lugar de los edificios. Cuál es ahora el escenario principal es discutible, entre este y el del anfiteatro natural sobre hierba, que sigue reinando por la facilidad para ver bien desde cualquier ángulo y para llegar lo alante que quieras, aun a riesgo de rodar cuesta abajo. El resto, fácil de caminar porque no deja de ser un parque, sin socavones peligrosos, y con multitud de apañitos aprendidos después del agua que cayó el año pasado para evitar males mayores a un charco. Ocurrió y el terreno drenó bastante bien. Acuérdate, cuando vengas, de traerte tu mejor calzado de senderismo como pieza ganadora de tu outfit.
Por supuesto, al ser un festival portugués, infinitas posibilidades de merchandising (he conseguido la tote de mi actual producto favorito del súper portugués), comida y entretenimiento. Un festival portugués en general y el Primavera Sound Porto en particular podrían llevar a Bowie resucitado a tocar que siempre estarán llenas igualmente las mesas para comer, la cola del café Delta y, como novedad, la Alpaca Mecánica que no probamos pero nos tuvo mirando un rato largo.
Después, el público: portugueses en su gran mayoría. De todas las edades, de todas las generaciones. Muchos menos españoles que en otras ocasiones, casi siempre gallegos. Y, con la consecuente crecida de turistas que hemos visto en Porto estos años (al menos la pisamos una vez al año), mucho turista extasiado. Un poco de todo.
Y ahora, la forma de entender la música. Ya os contamos que estuvimos viendo a Taylor Swift y también nuestro paso por el Primavera Sound Barcelona. Dos mundos distintos que se tocan, pero en este Primavera Sound Porto 2024 hemos asistido a la concentración de la lucha generacional y de los cambios en la música en directo en el mismo recinto.
Todo empezó en la jornada del jueves: el día de la Generación Z. En un festival en el que prima la ropa del decathlon, de repente encontrarnos con unos outfits loquísimos, maquillaje de fantasía y gente muy muy joven nos voló la cabeza. Eso no quitó que, nada más empezar, todavía bajo el sol, nos encontráramos con uno de los conciertos más arrolladores, con las tres generaciones allí presentes. Royel Otis lo tienen. Tienen la juventud, la frescura, las ganas de pasarlo bien. Y tienen un directo de escándalo. Abrir el escenario principal en la jornada inaugural amedrentaría a cualquiera pero, vaya, se les veía preocupadísimos, sí. Ojalá les vaya muy bien, ojalá vuelvan siempre. El título de esta crónica es en su honor, es el único regalo que se me ocurre hacerles.

Aprovechando uno de los escenarios que sí ha sobrevivido, el escondidinho del bosque, pasamos a echar un vistazo a Blonde Redhead, con ese revival que han tenido este año que convierte en maravilla atemporal cada directo, con los gemelos Pace en estado de gracia y una Kazu Makino envuelta en la misma palestina que en Barcelona, aportado actitud y aptitud. Aquí empezamos a darnos cuenta del cambio: para ser un grupo cuyo primer peak fue hace más de 15 años, aquello estaba lleno de gente muy joven. Si miráis sus números en Spotify, tú, que lees crónicas como esta, verás que “la que te sabes” (pongamos que sea 23) tiene 10 millones de reproducciones. Y verás que hay una con 80 millones, 80. Literalmente 8 veces más. La canción es For the Damaged Coda, la razón, Rick y Morty, la serie animada que la usa como tema recurrente cuando aparece Evil Morty.
Una cosa es hacerte hueco entre fans de los primeros dosmiles (con nuestros achaques) otra, intentar quitarle el sitio a alguien que quiere visualizaciones en TikTok.
De ahí nuestro viaje intergeneracional volvió a llevarnos con los nuestros: los australianos Amyl and The Sniffers subieron el volumen a todo lo que daba y probablemente les escuchaste desde tu casa. Calculamos que Amy Taylor, su solista, quemará unas 7800kcal por concierto y puso a todo el que pasaba por allí en órbita.
Y en órbita nos mantuvo PJ Harvey. Sin artificios, bajando pulsaciones y decibelios. Con un espectáculo teatral hipnótico supo unir la temática de su último disco con lo mejor de todo su repertorio (DEP, The Hope Six Demolition Project 🙁) y consiguió mantener un silencio respetuoso como si fuera una sacerdotisa en plena misa. Y nosotras, súbditas entregadas a la religión que podría comenzar sin despeinarse.
Pero para experiencia religiosa, lo de Mitski. Aquí fue cuando nos sentimos completamente fuera de lugar. Creíamos ser fans y nos encontramos con que la generación siguiente es DEVOTA. Antes de meterse al 100% en el personaje con el que recreará cada canción, antes de actuar con las manos, con la mirada, con cada salto al suelo lleno de furia y dolor, pide perdón porque va a pasar de todos y cada uno de nosotros, pero nos ve, nos quiere. La multitud grita, enloquecida. Su musa ha hablado. Y a partir de ahí, todo ocurre. Son muchos años habiendo estado en conciertos en los que la gente no se sabe la letra de las canciones, por lo que siempre es novedad, para mí, que se coree con una efectividad del 100%. La Generación Z se sabe cada paso del concierto ( de este, del de SZA que vendrá después, del de Taylor Swift) y quiere ser parte de la homogeneidad de los vídeos que le enseña el algoritmo de Tik Tok cuando ponen “Mitski live” en el buscador. Saben cuándo sacar la linterna del móvil, saben cuando mover los brazos al ritmo de qué canción. Saben que NO DEBEN APLAUDIR (esto me está volviendo loca), saben qué canción sigue, qué ocurrirá en todo momento. Y que todo eso ocurra les genera una corriente de dopamina contra la que es imposible luchar. Mi recomendación, si os pasa, es que os dejéis llevar. Disfruta del concierto con las manos atadas, mirando no sólo a quien canta, sino a quien escucha.
Eso sí, la prohibición genZ de aplaudir en SZA fue imposible de cumplir. Supimos retirarnos de las primeras filas para poder ver todo el conjunto de la escenografía que llevaba y nos llevamos uno de los mejores conciertos de 2024. Es una reina, no hay más. La temática marina del atrezzo (de la portada de su último disco) se confundía con el océano que tenía detrás. Su voz, su presencia, su sentido del espectáculo – una bola de demolición, ropa desgarrada – consiguieron llegar a todos los que seguíamos allí, sin poder movernos, sin parar de bailar. A mí SZA me salvó la cabeza en la pandemia con su Ctrl de 2017 y jamás pensé que llegaría a verla en directo, primero por la pandemia, después porque ya se volvió inalcanzable con la viralidad de Kill Bill. Pero allí estábamos las dos ( y el resto hasta el lleno total de su escenario) y sonaron todas aquellas canciones, con un Kill Bill que se nota está ya cansada de cantar pero con un 99% más de espectáculo del que disfruta como una niña, emocionada cuando canta, cuando ve la energía que genera, un estado delusional total en el que casi creímos que aparecería Kendrick Lamar a cantar con ella All the Stars. Una verdadera cabeza de cartel, a la que aplaudimos y gritamos bajo la mirada desaprobadora de la generación que la ha encumbrado.

Encarados ya hacia el viernes, justo después de comer apareció la invitada sorpresa del cartel, telonera incluída: lluvia con tormentas eléctricas. No es la primera vez que pasa y ya es parte de la idiosincrasia del festival y ocurrió lo peor que puede pasar: la cancelación completa de un escenario por problemas técnicos. Adiós a Justice, en pocas palabras. Los ánimos a partir de ahí se caldearon bastante. Vimos a una This is The Kit entregadísima, que consiguió arrastrarnos a lo desértico de su propuesta (se puede hacer una americana perfecta desde UK¿? Vaya que si se puede) mientras pisábamos charcos con el outfit de festival pero las zapatillas de senderismo. Vimos a the next best thing: The Last Dinner Party han aparecido ya en tantos medios encumbradas que teníamos muchas ganas de ver si eran un artificio mediático o, de verdad, la banda que nos pegaremos por ver. La balanza se inclina hacia lo segundo: en un escenario muy grande, ellas tocan muy juntas, como apoyo, como declaración de intenciones. Mucho más crudas en directo de lo que apuntan en su último disco, se atisba claramente que, con la solidez con la que venden temarrales como Sinner ( pese al mood general, el nublado literal y metafórico, la luz de la tarde, fue un desparrame de grupo y público) este será su año y arrastrarán legiones de fans de aquí a un tiempo, mark my words.
Como decíamos, las cancelaciones provocaron un viernes de bajona en el festival. Pero entonces apareció la heroína que nadie esperaba. En ninguno de los escenarios mentales que nos planteamos para ese día aparecía ELLA como salvadora. Dejó de llover. Elevó el tono general, hizo olvidar todo lo demás: Lana del Rey salió (tarde) a salvar el día.
En la crónica de Barcelona ya os conté que no soy precisamente fan. Aquella actuación me pareció una fantasía de diva que da lo que se espera de ella. Pero aquí apareció la diva redentora. Desde el minuto uno epató con todos los allí presentes (sold out, quien no estaba cenando estaba allí) y vendió un show perfecto. Voz, actitud, temazos. Un holograma (del Rey)(perdón) para una canción completa mientras se cambiaba de vestuario fue en único guiño a la sobreactuación. Pero el resto, incontestable. Dudo que jamás vuelva a verla porque toda la sucesión del setlist, la bajada al público a recoger regalos, la manera que tuvo de llevarnos a todos será irrepetible. Tanto para los fans de la genZ como para nosotros, los millennials. No es fácil para mí pasar de ser hater a lover, pero me dejó sin palabras.

Ese sería el último nexo de unión entre las generaciones. Porque el sábado estaba hecho para que, por fin, pudiéramos aplaudir, bailar, vitorear e inventarnos alguna letra sin que nos miraran mal por no seguir la etiqueta pautada por TikTok.
Para empezar, Solluna consiguió algo bastante improbable: poner a bailar a una multitud con chubasqueros. Muchísima actitud y canciones muy buenas. Una fórmula que parece simple pero no lo es.
Despúes, si querías encontrar a los españoles del festival, sólo tenías que ir al Palco SuperBock para encontrarte con Lisabö. Atronadores, como siempre. La tormenta ese día la pusieron ellos que, además, sufrieron un percance técnico durante un rato en el que estuvieron tocando postrock en acústico, sin importarles nada de nada y dando una lección de profesionalidad y ruido. Menos mal que han vuelto.
Caía la noche del sábado y ya se notaba que, salvo los fans de Arca (cabeza de cartel, siempre) la mayoría del público estaba para dos grandes nombres que parece imposible que fallen.
Por un lado, Pulp. Jarvis Cocker, en eterno estado de gracia. Jarvis Cocker, contándonos que era su último concierto de soltero (si alguien está interesado, se casa el viernes 14 de junio en Londres). Jarvis Cocker hipnotizando a los adolescentes que se encontraron de repente rodeados de terciopelo, de noventismos, de canciones que fueron virales en las mixtapes de las cintas TDK. Jarvis Cocker resarciendo las cuentas pendientes de los que no estuvimos en su peak pero sí que nos hemos criado con sus canciones. La oscuridad se cierne con This is Hardcore, se colapsa la red para enviar vídeos (mal grabados) de Disco 2000, de Babies. Se rompe el cielo con el Do you remember the first time? Jarvis salta, corre, se tira al suelo. A nosotros nos duelen las rodillas, las lumbares, pero lo intentamos igual. Es 1994 para toda la Common People allí presente.
Pero ese no era el cierre. El cierre iba a ser perfecto. Nunca podría escribir una crónica objetiva sobre mi grupo favorito, The National, y esta claramente, no va a serlo. Porque de las veinte (20) veces que he podido verles, las dos horas sin descanso que nos regalaron (algo raro en un festival, petición propia del grupo parece ser) entran al top 3 de las veces que les he visto. Durante la pandemia pensé muchas veces: nunca volveré a ver a Matt Berninger de cerca, gritándole al público a la cara. Girl, was I wrong. Han cogido el camino de empezar en lo alto del cambio de rasante con Sea of Love y dejarse arrastrar por esa marea de amor. Recuperan temas antiguos. Te hacen creer que los temas más nuevos (ese Smoke Detector tan tan tan Nudozurdense que cierra su último disco que parece que lleve 20 años entre nosotros) son la canción de tu vida. Disfrutan de cada canción como si fuera el fin del mundo. Arengan al público con consignas políticas. Se recrean, una y otra vez, en lo felices que son en Portugal, en lo que les gusta tocar en el Primavera Sound, en lo agradecidos que están a todos los que estamos allí, por haber creído en ellos hasta en los momentos más bajos. Todo ha merecido la pena. Ojalá hubieran pedido tocar tres horas en lugar de dos.

Y en esas alturas terminó para nosotros el Primavera Sound Porto 2024. Ya tenemos fechas para el 2025: del 12 al 14 de junio, algo más tarde que este año y con un festivo local en el país vecino de por medio. Probablemente vuelva a llover, es parte de la gracia, pero esperamos que las cancelaciones respeten un festival al que merece la pena volver.