Otro mes de julio en Madrid, otra edición del Mad Cool. Por tercer año consecutivo nos dirigimos al Recinto Iberdrola Music en Villaverde, lugar al que el Mad Cool parece haber venido para quedarse. No sabemos si eso es bueno o malo, pero es mejor que hace dos años cuando se estrenó. Desconozco si logísticamente o a nivel vecinal esta ubicación es más conveniente que las anteriores de la Caja Mágica y Valdebebas, pero a mí me gusta. Puede que tenga que ver con que yo vivo cerca de Legazpi y para mí ir a Valdebebas significa poco menos que hacer turismo.
El caso es que cada año el recinto y los transportes parecen mejorar. También esto se puede achacar a que, salvo en contadas ocasiones (como en el concierto de Muse) en el recinto se estaba cómodo, sin grandes colas en las barras para pedir y viendo los conciertos a buena distancia sin demasiados esfuerzos. Eso sí, nadie te quita la caminata de 20 minutos desde el metro a pleno sol de julio. Si quieres ir en transporte público, algo absolutamente recomendable, el esfuerzo a realizar es algo a tener en cuenta.
Pero los que conocemos el festival estamos mentalizados ante esta aventura, y yo personalmente estoy empezando a disfrutar ese camino, en el que poco a poco se va oyendo la música y se visualiza esa noria que ya es poco menos que un emblema del festival. Aun así, ojalá la parada de metro estuviera justito en la puerta del acceso al festival.
El Mad Cool se presenta apetecible un año más con artistas de diferentes estilos y buenos reclamos para la nostalgia…pero no solo eso. Una cosa muy a tener en cuenta este año, y que se podía apreciar desde el momento en que se reveló el cartel, es el palpable cambio de guardia en los artistas de la letra grande. Olivia Rodrigo, Benson Boone, Gracie Abrams y Noah Kahan pueden gustarnos más o menos, pero desde luego aportan frescura y parecen estar llamados a ser los cabezas de cartel del futuro.

Leon Bridges nos recibió con su elegante soul marca de la casa. Un habitual del festival y acostumbrado a enfrentarse a altas temperaturas (si no me equivoco, en el Mad Cool siempre toca de día), su concierto nos transporta a Lousiana, Mississippi y, como no, esa Texas a la que homenajea en la aplaudida “Texas Sun”. La banda es estupenda, aunque quizás un poco estática. El concierto fluye y nos deleitamos con esa voz que da la sensación que podríamos escuchar toda la vida.
Nos dirigimos al escenario Ouigo, el tercero en tamaño, para ver a Bright Eyes. Conor Oberst y sus secuaces comienzan fuerte con “El Capitán” , de su último disco. La banda repasa diferentes épocas de su carrera, aparentemente inmune al sol de justicia que pega directamente en este escenario (esto será una constante en los tres días que dura el festival). Conor está exultante, incluso un poco acelerado. Pero si nos fijamos en las canciones, en su calidad y en la interpretación, el concierto es casi perfecto. Quizás no consiguen meterse al público en el bolsillo, y esto lo achaco principalmente a la hora y al hecho de que mucha gente no conoce demasiado a la banda, pero es que el concierto es magnífico. Tocan solo una hora, pero te da la impresión de que podían haber estado sobre el escenario dos horas más y la calidad no habría bajado.
Terminan con “One for you, one for me” con esa melodía que recuerda tanto al “Alive and Kicking” de Simple Minds. El final con Conor entregando el micrófono a un asistente en la primera fila para que cante y éste declarándole su amor públicamente no tenía precio.
Aquí llega el momento más delicado de la jornada y posiblemente del festival. Me cuentan que ha habido un problema técnico en el concierto de Gracie Abrams, y que tuvo que interrumpir su setlist. La joven artista, poniéndole buena cara al contratiempo, terminó la canción que tenía a medias ayudada por su público y después bajó al foso, guitarra en mano para cantar algunas canciones a pleno pulmón. Un pequeño regalo que solo pudieron disfrutar los de las primeras filas. La electricidad volvió y pudo agradecer a su público por quedarse y cantar una última canción.
Pero el incidente no terminó ahí. Un rato después en el escenario 2, la leyenda del rock, el icono aparentemente inmortal Iggy Pop salía con un chaleco que le duró en los hombros aproximadamente tres segundos. Y cuando empezaban a tocar… la electricidad cayó. Iggy lo tomaba con humor y cierto sorna, como ha hecho toda la vida. Bromeaba con el público y simulaba cantar. Pero es que la salida nula se repitió una segunda vez. La cosa no mejoraba y el sentir general es que la broma ya duraba demasiado ¿Hemos mencionado que el festival se hace en el Recinto Iberdrola Music?
Por fin, veinte minutos después, el show pudo comenzar e Iggy nos deleitó con el setlist que podíamos esperar: sus temas más populares con The Stooges y las imprescindibles “Passenger” y “Lust for Life” (¿por qué las toca seguidas?).
Iggy Pop siempre tuvo un aspecto particular y eso ha ido a más con los años. Sin embargo, el paso del tiempo no ha conseguido borrar la intensidad de su mirada y su apetito por la vida. Aunque probablemente haya sido ejemplo de muy pocas cosas, ojalá yo pueda conservar una cuarta parte de ese apetito cuando tenga su edad. Si llego.

Y después llegaron los cabezas de cartel de la noche. Muse salieron con el escenario principal (llamado Region of Madrid) y allí no cabía un alfiler. De hecho, fue el único concierto en el que estuve en todo el festival en el que no llegaban los birraman / cervezawoman (¡toma inclusividad!) a las parte con más densidad de público. Algo totalmente normal y comprensible por otro lado.
Y el concierto fue exactamente lo que esperas de un concierto de Muse. Buenas canciones, épica, virtuosismo y cero sorpresas. La zona de confort del rock de estadios. Es extraño que te guste una banda desde hace décadas, que de un concierto objetivamente bueno pero que aún así pienses que no hubiese pasado nada si no hubieras ido.
Pero vamos, que el concierto estuvo bien. Muse tienen discos muy buenos cuyo material encaja perfectamente en el contexto de headliner de un festival. Temas como “Hysteria” o “Time is Running Out” levantan un festival. El problema es que siguen sacando material, ejem, con menos brillo, y se nota cuando se empeñan en tocar esas canciones anodinas de la segunda mitad de su carrera. Pero ellos saben lo que la gente quiere y se lo dan. Confetti, pirotecnia y “Knights of Cydonia”. Y todo el mundo contento.

Weezer cerraban la primera jornada, y para un servidor era de los conciertos más esperados. En este punto quiero contar una pequeña historia: en los años 90 yo tenía una buena colección de casetes grabados, como muchos adolescentes de entonces. Dos de esos casetes, que escuché durante años, fueron Jagged Little Pill de Alanis Morrisette (después hablamos de ello) y el primer álbum de Weezer. Con estas pistas el estimado lector se puede hacer una idea de la edad del que escribe.
Pues qué suerte la mía, que el concierto de Weezer estaba fuertemente basado en ese primer disco, el llamado disco azul. Vamos, que lo tocaron entero salvo “Only in Dreams”. Todo ello mezclado con otros éxitos de su primera época, como “Islands in the Sun” , “Hash Pipe” o “Beverly Hills”. En lo negativo, los miembros de la banda son un poquito sosos y no hay mucha interacción. Las imágenes proyectadas son un bastante desconcertantes y carentes de gracia. Pero el repertorio es fantástico y la interpretación es la de quien ha hecho esto toda la vida. Sonó “Buddy Holly” como fin de fiesta y todos nos fuimos en busca de un transporte seguro para volver a casa.
En el comienzo de la segunda jornada me dio tiempo a ver algo de los Hermanos Gutiérrez, desplegando su música envolvente y lisérgica muy apropiada para el crudo sol de verano. Quizás una propuesta que exigía más concentración de la que se podía dar en ese momento y ese lugar.
Un rato después en ese mismo escenario salieron Future Islands para deleitarnos con su show. Samuel T. Herring, todo sonrisas, nos dijo que esta tarde estaba dispuesto a derrotar al sol. Y consiguió al menos salir vivo, que no es poco. Era la primera vez que los veía y ya estaba avisado de la presencia escénica del vocalista, y lo que encontré era aún más y puede que mejor. Presentaba las canciones , bailaba sin cesar y actuaba en una performance sin fin, de alguna manera compensando el nulo carisma de sus compañeros de banda. Probablemente “Seasons” fue la canción más aplaudida, pero no hay que desmerecer otros éxitos como “Ran” o “For Sure”.
Sin embargo, tengo que reconocer que el concierto después de un rato se hizo algo monótono y uno piensa que sin la presencia de Herring esta banda pasaría bastante desapercibida. En cualquier caso, hay que agradacerle algunos de los mejores vídeos que hemos grabado en este festival.

Después llegó uno de los platos fuertes del festival. No sabíamos muy bien qué esperar de un concierto de Alanis Morissette a estas alturas, pero ella sabe lo que quiere la gente. Basó su concierto en los tres primeros discos (los buenos, que dirían algunos) y nos sumergió en un auténtico viaje en el tiempo. Ya desde el vídeo de introducción, repasando la vida artística de Alanis desde que era una estrella infantil, se veía venir que el componente de nostalgia iba a ser clave. Sin embargo no estaba preparado para la emoción del comienzo, con la cantante interpretando “Hand in my Pocket” entre bastidores, para después salir con una amplia sonrisa y una voz por la que el tiempo no ha pasado. Se suceden los éxitos como “Hands Clean”, “Head over Feet”, “You Learn”. Suenan, como no, “Ironic” que nos remite a su inolvidable vídeo, y la potente “You oughta Know”. El fin de fiesta con “Thank You” es para enmarcarlo.
Han pasado 30 años de “Jagged Little Pill”, cierto, pero Alanis Morisette tiene solo 51 y nos deja la sensación de que muchas cosas han cambiado, pero a la vez nada es diferente. Ella sigue siendo una cantante espectacular y empiezo a pensar que su legado es mayor de lo que todos creíamos.
Vi algo del concierto de Jet, de los que me sorprendió su sonido hard rock, y me dirigí al escenario 3 para disfrutar de Kaiser Chiefs. Los de Leeds están celebrando el 20 aniversario de su debut, Employment, y basaron el concierto en ese estupendo álbum. Ver a Ricky Wilson rejuvenecido e hiperactivo bailando por el escenario es siempre un chute de energia, pero lo fundamental, como siempre, son las canciones: la cantidad de hits encadenados al principio del concierto, desde “Na na na” hasta “I Predict a Riot” le deja a uno en un estado de frenesí festivalero difícil de igualar. Entre medias, “Blitzkrieg Bop” de Ramones nunca está de más.
Sin embargo, lo ajustado del horario nos hizo dejar el concierto un poco antes de la cuenta, para coger un sitio decente para Nine Inch Nails. Cosas de la sobreprogramación.

El escenario principal estaba preparado para la salida de unas auténticas leyendas como Nine Inch Nails. A Trent Reznor le acompañan varias caras conocidas: su colaborador Atticus Ross, con el que además escribe bandas sonoras, y los habituales Ilan Rubin, Alessaandro Cortini y Robin Finck. Vamos, lo que ha sido la alineación titular los últimos 20 años.
El concierto es un verdadero misil. La única pega que se me puede ocurrir es que después del inolvidable concierto del Mad Cool 2018 el factor sorpresa no es el mismo, pero no se puede negar lo evidente: esta banda es una apisonadora. Especialmente disfrutable es ver las evoluciones en la batería de Ilan Rubin, aportando matices a las canciones en directo.
Empiezan de una manera algo tibia con “The Begining of the End”, pero pronto suena la inconfundible percusión de “Wish” seguida de “March of the Pigs”. En ese punto ya estamos totalmente metidos en el universo Nine Inch Nails. Reznor canta los temas más que correctamente, pero deja espacio para todos los demás elementos. Confía en su banda y cede protagonismo. Apenas interactúa con el público, y da la sensación de que quiere tocar todos los temas que pueda.
Mención especial para el cámara que estuvo moviéndose entre la banda, como un miembro más, que nos brindó una de las mejores experiencias de vídeo en directo que he vivido en un concierto. Van sonando temas emblemáticos de la banda, como “Closer” o “Copy of A”. Transcurre el concierto entre momentos de furia industrial y delicados paisajes sonoros. Hacia el final suenan algunas de las canciones más populares de la banda: “Head like a Hole”, “The Perfect Drug”, “The Hand that Feeds”… ¿la última? “Hurt”, por supuesto. Un final poderoso, bello y triste, para otro concierto inolvidable de NIN.
La última jornada empieza con un concierto de The Teskey Brothers en el escenario grande. Ellos me recuerdan a otros Brothers, los Allman, y mi sorpresa es mayúscula cuando al presentarse oigo decir a su cantante que vienen de Australia, y no del sur de Estados Unidos. Un ejemplo más de que las fronteras, en la música y en el mundo en general, están perdiendo su sentido. The Teskey Brothers nos ofrecieron un concierto de blues, rock y soul de ejecución prácticamente perfecta, más que disfrutable para abrir la jornada.
Me dirijo al escenario 3 para ver a St. Vincent, una de las artistas más esperadas del día. De los tres conciertos que vi durante el festival a esta hora en este escenario, este fue en el que hubo más quejas por el sol. Por parte del artista, ojo. Annie Clark salió diciendo que odia el sol y que todos deberíamos ser vampiros. Le pega en toda la cara y parece estar enfadada, incluso desesperada…pero con ella nunca se sabe, porque puede ser perfectamente parte del papel. Lo intenta con una gorra, luego con unas gafas de sol, hace pantalla con sus manos… Y mientras tanto va lanzando sus temas. Empieza con “Broken Man” y el sonido es un poco bajo, y al final de la canción se van todos los instrumentos menos la voz. Pero Annie sigue adelante. Suena un “Los Ageless” un poco deslucido, y después “Birth in Reverse” con el habitual duelo de guitarras (con beso a su guitarrista incluido). Sigue actuando extraño y murmurando cosas sobe el sol. Una amiga me dice que normalmente le encanta su personalidad, pero que hoy le está cayendo mal. Y yo también noto que algo no va todo lo bien que esperaba.
Al final del concierto Annie se baja entre el público a cantar “New York” y parece el momento de conexión real. Ojalá hubiera empezado de esta manera, creo que habría sido otro concierto.

Vamos al escenario principal a ver a Thirty Seconds to Mars con verdadera curiosidad. Llegan tarde, por cancelaciones de vuelos, después explicarían. Cuando por fin salen, lo primero que veo es que no hay ningún bajista. Vamos, que ni disimulan. Empieza el concierto, bien de música y voces grabadas, y tengo que decir que Jared Leto, si bien no es un gran cantante, se defiende más o menos y como frontman se siente muy cómodo. Su hermano Shannon Leto es un batería muy contundente y variado, y me sorprendió para bien. Del guitarrista poco tengo que decir porque apenas le oía tocar.
Se suceden las canciones, en partes cantadas por Jared, en parte por el público y las voces enlatadas. Pop épico y sonidos emos, todo muy coreable. También hay confetti y balones negros gigantes. En un concierto de solo una hora usan dos veces, dos, el recurso de subir a un grupo de fans para bailar en el escenario, con Jared deteniéndose para hablar con algunos de ellos y todo el protocolo. En un momento dado el frontman pide que levanten la mano quién ha visto a la banda antes, y después quién los está viendo por primera vez. Menos mal que no pregunta quién los está viendo por última vez. Aún así, voy a ser sincero. No creo que Thirty Seconds to Mars sea una “banda de verdad”, pero creo que sí es “una experiencia disfrutable”. Dale duro, Jared.
En el escenario 3 Glass Animals hicieron un show muy correcto, en el que su cantante Dave Bayley parecía estar pasando el mejor rato de su vida, y eso repercute en el show para bien. Tocaron un puñado de canciones interesantes con una cierta influencia de Alt–J (esto es mera impresión mía). El fin del concierto con una coreada “Heat Waves” nos dejó un gran sabor de boca.

Después de varias idas y venidas fui al escenario principal para ver una parte de la actuación de Olivia Rodrigo y… no sé describir la experiencia muy bien. Los fans, miles de ellos, parecían en verdadero éxtasis. Ella es todo energía y ganas de agradar. Parece nacida para estar en un escenario. La banda suena sorprendentemente rockera a veces, otras más melódicas. La cuestión es que no puedo decir que ninguna de sus canciones me haya calado especialmente. Incluso diría más: ella tiene mucha voz, pero chilla, chilla todo el tiempo. Incluso chilla cuando habla entre canciones. Seguro que va a mejorar con el tiempo, pero uno piensa en Alanis Morisette, solo 24 horas antes, y no se aguanta la comparación. Pero los fans estaban encantados y ella también lo parecía, así que todo bien.
Para terminar el festival en lo alto elegí ver a Justice en el escenario 2. Como es habitual con ellos, el show en lo visual es muy potente, con los juegos de luces y focos, y esa cruz emblemática que se deja ver de cuando en cuando. Su show es un continuo en el que a veces asoman hits como “We are your friends”, pero se entiende mejor como un todo. Expertos en la banda me cuentan que está sonando mucha música del último disco, lo cual es lógico.

Después de un rato pienso que me gustaría ver gente “tocando algo”. Ellos están concentrados en sus diversos sintetizadores, pero la música no da ninguna sensación de directo. Aunque ya sabemos, esto es música electrónica y las reglas son diferentes. Sacudo los pensamientos intrusivos de mi cabeza y me dejo llevar. El show termina y los dos miembros bajan a saludar. Uno de ellos está incluso hablando con los fans, cigarro en mano. Qué cercanía, qué campechanos.
Esos minutos que uno se queda hablando con amigos, comentando los conciertos y contemplando el recinto medio vacío por última vez nos cuestan caros. Antes de llegar al metro nos dicen que está colapsado y tenemos que ir a coger un autobús lanzadera. La vuelta del último día se convierte en una pequeña odisea, pero uno sabe que en el fondo todo ha merecido la pena. Los conciertos que me han gustado, los que no me han gustado tanto, los artistas que conozco de toda la vida y los que acabo de conocer. Todo suma, todo alimenta esta fantasía festivalera. ¿Hay ya fechas para el año que viene?
