Crónica del Mad Cool 2018

Por Redacción EER 0

La tercera edición del Mad Cool se presentaba como más ambiciosa aún que la anterior. El cambio de recinto, el aumento de aforo, los cabeza de cartel… Hay una clara progresión de este festival desde que surgió, que te hace pensar cuál será su siguiente propuesta. Sin embargo, el prometedor planteamiento de este año se ha visto enturbiado por diversos incidentes. A las quejas habituales sobre los precios de las consumiciones y de algunos horarios, las infraestructuras del recinto les dieron más de un quebradero de cabeza. La insatisfacción en este aspecto era algo habitual.

¿Se podría haber evitado? Quizás era pronto para dar el salto desde la Caja Mágica, quizás hubiera merecido la pena un par de ediciones más a menor escala, sobre las que sacar buenas prácticas y aprendizajes sobre los que crecer. A estas alturas, que haya problemas con la cobertura parece un fallo de principiantes: siempre ocurre y se debe tener un plan B que agilice la entrada y el pago. Pero no fue el único detalle. Desinformación inicial del personal, un aforo distribuido de forma poco coherente, una propuesta de transporte que fue ensombrecida por los servicios que ofreció el ayuntamiento (tanto metro como servicio especial de autobuses), los pedregales de la entrada (que te hacían elegir esguince o tobillos de adamantium)…

Se puede decir que somos quejicas, algo pejigueros, pero si lo que prima es la experiencia del asistente, hubo algo que chirrió. Del jueves al sábado las sensaciones fueron mejorando. Aún así, la comodidad queda como asignatura pendiente.

Jueves 12 de julio

Toundra por Ignacio Sánchez-Suárez

Nuestra pretensión era comenzar el Mad Cool disfrutando de Bifannah pero las colas que había para entrar lo impidieron. Una lástima porque su última canción sonaba tan bien. Corrimos turno en nuestra planificación, que empezaba en el escenario Radio Station. Los elegidos: Toundra. Después de su gira europea, era el turno del circuito de festivales nacionales para presentar Vortex. Se notó que tras un mes tocando los nuevos temas, los habían integrado completamente en su repertorio. Desde “Cobra”, con un sonido más continuista, hasta los nuevos sonidos que buscan en “Mojave”. Probablemente era uno de los temas que más curiosidad suscitaba, por comprobar cómo lo trasladaban al directo, y fue algo exquisito. No fallan. Son cuatro pero son un uno tan consolidado que van sincronizados hasta en sus movimientos sobre el escenario. Siguen creciendo pero es difícil saber cuál será su tope.

Tras la contundencia del rock llegaba la sutileza de Lali Puna. El año pasado volvían a estar de actualidad con su sexto álbum, Two Windows. Quizás fue la propuesta más sensible y matizada del escenario de electrónica The Loop, y quizás por eso no tuvo la mejor recepción posible. Había ganas de verlos en directo pero tengo la sensación de que tuvo que padecer los efectos de la accidentada llegada. Calor, colas, reencuentros… Demasiado parloteo que impedía apreciar esa sensibilidad pop que les hace destacar sobre otras propuestas electrónicas.

Continuamos con el esperado viaje en el tiempo de Leon Bridges, un concierto que no defraudó en absoluto. Apenas una hora de temas que oscilaron entre los ritmos más bailables (¡cómo se mueve Bridges!) y los que nos ponen más tiernos. Sí, sí, no disimuléis, que ese cierre acústico con “River”, acompañado de la maravillosa voz de su corista Brittni Jessie, nos llegó al corazoncito a todos. Aunque se echó de menos alguna versión potente y ampliamente conocida para acabar de meterse al público en el bolsillo, el americano nos regaló un directo potente que lo convierte en digno merecedor de las comparaciones con el soul más clásico.

Primer plato fuerte de la tarde-noche: Tame Impala. Por quienes son y porque la última (y única) vez que estuvieron en Madrid fue hace cinco años, había que verlos. Fueron un despliegue de maestría y buen rollo, intercalando los tintes psicodélicos que les caracterizan con los ritmos más electrónicos de su último trabajo Currents. Podían haber cerrado con ella pero “venían a jugar”: su segundo tema fue “Let It Happen” e irremediablemente había que darlo todo. Les importaba su música, transmitir sensaciones y por eso, en las grandes pantallas, no se les veía a ellos, sino ondas y colores psicodélicas. Había que escuchar, había que disfrutar, y nada más. Se agradecen esos planteamientos tan poco alambicados.

En la otra punta del recinto estaban Yo La Tengo. Pura historia. Más de 30 años de rodaje, 15 discos… ¿qué más razones hay que dar para pasar a verlos? Su eclecticismo y maestría interpretativa son un puro espectáculo que no te debes perder si tienes la oportunidad. Es difícil explicar lo que pudimos ver y escuchar, ya que en más de una ocasión estábamos con la boca abierta y completamente ojipláticos. A medida que van tocando ganan en intensidad y te implican de tal manera que quisieras ser uno de ellos. El colmo de esta comunión fue cuando Ira Kaplan se bajó para tocar con el público, cediéndoles su guitarra.

Pearl Jam por Ignacio Sánchez-Suárez

Llegaba la mayor atracción del jueves: Pearl Jam, que demostró las tablas que tienen y cómo saben conquistar a un público entregado. Vedder y el resto de la banda ofrecieron un concierto algo más compacto que el que ofrecieron 48 horas antes en Barcelona. Un setlist marcado por ese gran disco llamado Ten y que siempre ha estado en la terna de las mejores grabaciones de la década de los 90. Puede que ya no sean aquella banda grunge alocada, pero los años (la mayoría sobrepasan los 50) y la madurez les han sentado muy bien. Demostraron estar en forma y por qué son una de las bandas más poderosas del momento.

Puede que no sea memorable, pero fue un buen concierto el del Mad Cool. Excelente en resolución, selección de canciones y disposición de la banda… La voz de Vedder sigue estando en forma y sin tanto salto ni locura de tiempos atrás sigue demostrando por qué es uno de los vocalistas más importantes de los últimos 30 ó 40 años. El ‘encore’ final con su himno “Alive” y el “Rockin’ in the free world”, que no deja de ser una cover del temazo de Neil Young pero que ellos lo han hecho aún más grande, fue un final de fiesta vibrante.

Paralelamente al gran nombre de la noche, dos jóvenes grupos se planteaban como alternativa desde las redes sociales: Carolina Durante y Biznaga. Los primeros continúan con su progresión, ¿por obra gracia del boca a boca? En parte, pero la pegada de sus canciones y el carisma de Diego es algo que siempre juega a su favor. Con un setlist afinado y completamente pensado para la diversión y un sonido impecable, se ganaron a todos aquellos que habían decidido prescindir de la primera parte de Pearl Jam. Si su planteamiento va a ser parecido en los siguientes festivales, será complicado imaginarse cuál será su siguiente logro. De momento, se quedan con “El Himno Titular” versionado por Amaia y Los Planetas.

Justice por Ignacio Sánchez-Suárez

No tuvieron tanta suerte Biznaga. El coincidir con el cierre de Pearl Jam no jugó a su favor. Eso y que no son precisamente un grupo cómodo. Lo acerado de su sonido y sus letras, que parecen hacer homenajes al conceptismo y al culteranismo barroco, no son aptos para flojeras. Y ellos se lo pierden, porque adentrarse en su universo de ritmos y mensajes es casi catártico: el cuerpo te pide desgañitarte con sus canciones. Comenzaron ajustados, pues el anterior grupo sobrepasó su tiempo, e injustamente cerraron dos canciones antes porque llegaba su hora y les cortaron el sonido. Como bien rezaba el cartel que les acompañaba en el escenario, “Esto es un simulacro”.

Los amantes de la fiesta tenían en The Loop una cita imperdonable con Justice, quienes a pesar de ir flojeando con sus últimos trabajos de estudio tienen un show en vivo que levanta a un muerto. Dándole un vuelta a sus temas de antes y de ahora los franceses lo tuvieron muy fácil antes una masa entregada, incluso KevinParker de Tame Impala estaba por las primeras filas en la carpa. Lo que se dice una buena sudada de baile y despiporre.

El último salto lo daríamos hacia el cercano Koko para reencontrarnos con los canadienses Japandroids. Cerrando la gira de su irregular Near to the wild heart of life, Brian y David tiraron por el camino sencillo de contentarnos con un directo repleto de hits y casi sin respiros, momentos en los que Brian no paraba de agradecer a los presentes su calor. No faltaron “Younger Us”, “Fire’s Highway”, “Wet Hair” o “Heart Sweats”, o un mágico el cierre con “The Nights of Wine and Roses” y “The House That Heaven Built” invitándonos a un festivo pogo a las tres de la mañana. Qué mejor manera de decir adiós a esta primera jornada.

Viernes 13 de julio

Kevin Morby abría la segunda jornada, con una buena muestra de lo que es el rock americano. Se han leído algunos comentarios que dicen que fue una actuación algo soporífera. Pero no, no lo fue: en su sencillez, la música de Morby exige una conexión que te adentra en ese universo cotidiano, que piensa en el bien-être, en esos detalles que reportan algo de felicidad, sin doblez alguna. Todo parece tan simple con él que te genera una sensación de equilibrio que ya quisieran muchos de los del mindfulness.

At The Drive In por Ignacio Sánchez-Suárez

Tras esta ensoñación llegaba la leyenda: At The Drive In. El Relationship of Command y su turbulenta historia tienen la culpa. Después de más de 15 años sin saberse nada de ellos, su confirmación en el Mad Cool era todo un reclamo. Y no defraudaron. Desde el primer acorde nos agarraron por el gaznate y nos tuvieron de vapuleo placentero. Bueno, concretamente quien lo hizo fue su cantante, Cedric Bixler. No para quieto, se tira por los suelos, usa un ventilador a modo de voleadoras argentinas, toca la batería con el cinto para luego trolear a un cámara… Es todo un espectáculo que refuerza ese poderío post-hardore que derrocha la banda.

Funcionan por una cuestión de autenticidad. Si decimos esto es porque, en ocasiones, el personaje que se crea hace que el público se distancie. Algo así les ocurre a Goat Girl. Demasiada actitud. Su papel de chicas airadas hace que en ocasiones se hagan algo planas en directo, pues te llegas a plantear si es que están incómodas. Temas como “The Men” y la personalidad y convicción de la voz de su cantante bien merecen que tengan un largo recorrido, pero esa frialdad puede jugar en su contra. Todo lo contrario era Jain, dispuesta a hacer bailar a todos los que allí estaban, pero sólo estaba ella con sus bases. ¿Perdona? No dudo de que transmita todo lo que ella pretende, pero su mensaje de multiculturalidad se queda deslucido ante la ausencia de otros músicos.

Menos mal que ya llegaba Jack White. ¿Podemos decir que ese hombre está llamado a hacer historia en la música? Es puro virtuosismo. Puede chocarnos lo estudiado de su personaje en blanco y negro, lo intensito que se pone en el documental It Might Get Loud, pero ya. Una vez comienza su concierto olvidas esos prejuicios y te vas con él a donde sea. Su setlist hizo gala de su eclecticismo estilístico, que se remontó incluso a sus orígenes en The White Stripes, y que repasó los mejores momentos de sus trabajos en solitario. Pero ese virtuosismo no se limita a la composición y a la interpretación. La elección de sus músicos también es algo digno de destacar, pues además no escatima ocasiones en las que presumir de ellos. Se pasea por el escenario para llenarlo y para darles momentos de protagonismo a cada uno de ellos. Eso es grandeza.

Mientras unos se derretían con el chorreo rockero de Mr. White, otros optamos por dejarnos llevar por la electrónica estimulante de Odesza. A medio camino entre el ambient, chillwave y alguna gota de EDM, los estadounidenses congregaron a un gran masa de público foráneo con ganas de bailar. Disparando samplers y aporreando sus tambores a lo Safri Duo, Harrison Mills y Clayton Knight, contaron con la ayuda de instrumentos de viento para darle mayor empaque y épica a un show con unos visuales brutales y al que solo le faltó un poco del confetí que Tame Impala tiraron con tanta generosidad. Para el recuerdo “Higher Ground”. Qué bien sonaba la jodida carpa.

Antes del turno de Arctic Monkeys, nos dejamos sorprender por Young Fathers. Una pura fiesta contagiosa que la verdad es que daría envidia a Jain (e incluso a Outkast si quisieran repetir un éxito como el de “Hey Ya”). Alloysious Massaquoi, Kayus Bankole y ‘G’ Hastings, con sus bases, su percusión y sus bailes, ganan adeptos al escucharles en directo pues son de esos grupos que les notas que se lo están pasando bien. Incluso el más reacio a moverse puede acabar dándolo todo con temas como “Only God Knows” y “Shame”.

Arctic Monkeys por Ignacio Sánchez-Suárez

Y por fin, unos de los grandes protagonistas de la noche, Arctic Monkeys pisaban el escenario Mad Cool para presentar su trabajo más reciente Tranquility Base Hotel and Casino. Con uno de sus últimos singles, “Four Out or Five” aparecía en escena Alex Turner en su nueva faceta de señor-viejuno-crooner. Sus detractores dicen que es demasiado ególatra, pero desde aquí pensamos que no es más que otro papel en su carrera: igual está buscando su propia identidad, o simplemente le gusta cambiar de personalidad en cada disco. Lo cierto es que tanto en modo susurros, como a guitarrazo limpio (“Brianstorm”, “Teddy Picker”) te das cuenta de que Alex no es del montón.

Todo iba rodado hasta que llegó el momento de Massive Attack. Ya el jueves parecía inconcebible que un grupo con ese renombre tocara en un escenario tan escueto; sin embargo, lo grave no era tamaño sino la aglomeración que se creó entre los que esperaban a los de Bristol y los que se disponían a marcharse: podías retrotraerte a tu primer día de existencia, saliendo del útero. Se empiezan a escuchar voces que dicen que van a cancelar, que ya lo han hecho en alguna ocasión porque les molestaba el sonido del otro escenario. ¿En serio? Si ya ha pasado, ¿por qué no se busca un espacio en el horario en el que haya el menor volumen de interferencias? Si tanto te molesta, ¿por qué aceptas un festival? Francamente, en ocasiones hay artistas que se merecen un toque de atención: en cierto modo, es una falta de respeto con ese público que te ha llevado hasta donde estás.

Tras la desilusión de los de Bristol no podíamos irnos así del recinto, así que una última carrera hacia el principal para emborracharnos con el garrafón excesivo de The Bloody Beetroots. A esas horas de la madrugada lo suyo fue un “veni, vidi, vici” en toda regla. Quién puede quedarse quieto si a las primeras de cambio tiran de “My name is thunder” o “Wolfpack”, o si en todo lo alto hacen lo propio con su hit junto al macarra de Steve Aoki, “Warp 1977”, o repescan de nuevo su versión del “New Noise” de Refused corriendo como un poseso por los pasillos de seguridad entre las zonas valladas. Lo que se dice prenderle fuego con un par de narices al escenario.

Sábado 14 de julio

Ya llegábamos al último día del festival y probablemente nos encontrábamos con el concierto más emocional de todos los que se sucedieron: el de Hurray for the Riff Raff. Alynda Segarra, con ese característico tono de voz, que recuerda a las cantantes de country, es de esas intérpretes que tiene el don de narrarte una historia mientras la canta. Te implica, te hace empatizar con esos sentimientos, te indigna, porque muchas de esas canciones son más que un toque de atención, te emociona hasta hacerte llorar, como ocurre con “Pa’lante”.

Frankie Cosmos por Ignacio Sánchez-Suárez

Los siguientes en ocupar el escenario Radio Station fueron Frankie Cosmos, que era la primera vez que tocaban en España. Como ocurriera el día anterior con Kevin Morby, son de esos grupos que generan una experiencia bonita con su pop con trazas rockeras, con una producción mínima, imbuida del DIY. Probablemente les queda mucho que rodar, pero tal y como se presentan dan ganas de adoptarlos para observar cómo crecen y evolucionan.

Tras estas propuestas más modestas, llegaba el momento de la triada del carisma. Porque claro, si te dan a elegir, con quién te quedas. ¿Josh Homme, Dave Gahan o Trent Reznor? Bueno, puede que te inclines por uno de ellos, ¿pero prescindirías de alguno? Son el aspecto más sensual del rock, en sus diferentes vertientes, o como bien nos gusta definir a unos cuantos: son música para follar.

Se ha dudado mucho de si era adecuado contar con Mark Ronson en la producción del último disco de Queens of the Stone Age, pero cuando les ves en directo parece que Josh Homme se te pone macarra y te dice «¿que qué?». Desde el primer acorde se quedan con la peña y ya cuando dice que se niega a seguir tocando si no se llena el corralito VIP, la hace completamente suya. Son una lección de cómo reinventar el sonido stoner, sin perder esa esencia rockera que te invita a mover las caderas. Los años afianzan su propuesta, muy lejos de perder vitalidad y de decir que está hecho un abuelo.

A continuación llegaba el momento del espectáculo, de su sinónimo: Depeche Mode. Están mayores, sí, pero probablemente sean uno de los mejores directos que te puedas echar a la cara, porque divierten, y punto. Conocen al público, saben qué tecla tocar para hacer con ellos lo que quieran, ya sea bailar, cantar o mover las manos en alto. Con un repertorio plagado de hits que todo el mundo conoce, Dave Gahan se lanza a sus tareas de seducción (aunque roce el patetismo), como si fuera un maestro de ceremonias de una sesión fetish. Se contonea, deja caer su mirada de forma coqueta, su poquito de poll dance con el pie de micro… Martin Gore nos da una pequeña tregua al cantar “Somebody” y es de las pocas veces que se agradece que te corten el ritmo con una balada. Nuestras agujetas y los achaques de Gahan lo necesitaban.

Nine Inch Nails por Ignacio Sánchez-Suárez

Probablemente la propuesta de Trent Reznor fue la triunfadora de la noche. Algo de tapadillo, pues sonoramente son más complejos y porque no se presentaban como cabezas de cartel, Nine Inch Nails arrasaron. Por la sensación de satisfacción que dejaron al terminar y porque te dejan del revés con tantas emociones. Son de esas apisonadoras sonoras con las que te juegas la vida en los pogos que provocan. Los de Cleveland tienen el don de mezclar metal y electrónica con una efectividad que no está al alcance de todos. Quizás por esa extraña veracidad y visceralidad que les caracteriza. Escuchar “Closer” en directo es sentirse perro de Pavlov.

El final de Nine Inch Nails se solapaba con Gruppo di Pawlowski. Algo más de media hora de rock industrial que es difícil de definir. ¿Se parodian a sí mismos? ¿Van más allá de la imagen pretenciosa que se tiene de algunos artistas? Mauro Pawlowski bailaba con un estilo peristáltico, lanzaba besos, hacía imposible el beberse una cerveza, acompañado de una banda que bien podía hacer la competencia a los vecinos. Provocaban más de una sonrisa pero los que allí estábamos decidimos unirnos a esa extraña fiesta y darlo todo.

Cuando nos marchábamos pudimos escuchar de fondo a Jet. Al término de “Are You Gonna Be My Girl” ellos continuaron con su repertorio mientras la mayoría del público se iba de allí. Debe ser muy duro ser un one-hit wonder.

Crónica por Ana Rguez. Borrego, Ignacio Sánchez-Suárez, Alberto Cabello, Nieves Solano y Virginia Rodríguez.

Galería del Mad Cool 2018

Fotos por Ignacio Sánchez-Suárez.

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