Armilla se pone seria con el Degusta Fest 2026

Por yerman 0

Degusta Fest 2026

Hay festivales que se explican por acumulación: tantos grupos, tantos escenarios, tantas barras, tantas letras grandes en un cartel donde ya no caben casi más palabras. El Degusta Fest de Armilla, en cambio, empieza a interesar más cuando dejas de mirarlo como una simple mezcla de música y gastronomía y empiezas a verlo como otra cosa: un festival todavía pequeño, sí, pero con una intención bien planificada.

La segunda edición llega los días 15 y 16 de mayo a FERMASA con esa fórmula que sobre el papel siempre queda estupenda: conciertos, comida, DJs, familias, cocina de autor, recinto cómodo, día largo, ambiente amable y posiblemente bastante solano. Todo muy bien. Todo muy de folleto. Pero ya sabemos cómo va esto: la mezcla solo funciona si debajo hay algo más que una excusa para venderte una croqueta con dos cifras y un nombre raro. Y este año parece que lo hay. Sobre todo el sábado.

El viernes cumple su papel, y lo cumple bastante bien. Tiene aire de apertura, de festival que calienta motores con músculo local y presente nacional: Lori Meyers jugando casi en casa, Carlos Ares llegando con el viento a favor, Hinds en esa versión suya tan superviviente como luminosa, Vera Fauna poniendo acento sureño y Ash recordando que las guitarras británicas, cuando tienen melodía y nervio, todavía calman y duelen por ahí adentro. Pero el sábado es otra cosa. El sábado no parece una jornada más. Parece una apuesta.

Porque juntar en Armilla a Primal Scream, The Charlatans y Redd Kross no es simplemente traer “bandas internacionales”. Esa etiqueta se queda corta, como llamar “picoteo” a meterse medio mostrador entre pecho y espalda. Lo del sábado tiene más lectura. Coloca al Degusta Fest en otra conversación. Lo saca del rincón simpático del festival gastronómico con música de fondo y lo acerca, aunque sea por un día, a un territorio más serio: el de los carteles con criterio, memoria y hoja afilada.

Primal Scream no son un nombre cualquiera. Son una banda que lleva décadas entrando y saliendo del rock, del acid house, del gospel, del ruido, de la política, del hedonismo y del derrape. Una banda capaz de sonar a madrugada, a manifestación, a resaca y a pista de baile cuando ya se han encendido demasiadas luces a pesar de que los chicos han bajado bastantes puntos su aura de malotes y ya no van de resaca en resaca, hay que cuidarse.

Que lleguen al sur con el eco de XTRMNTR cumpliendo 25 años le añade una capa especial. Y no hablamos precisamente de su disco más amable, ni del Primal Scream de postal para camiseta bonita. Hablamos de su cara más incómoda, más eléctrica, más arisca. Ese punto en el que las guitarras y las máquinas no vienen a darte nostalgia, sino a recordarte que hubo un tiempo en que la música también podía sonar como un puñetazo en el estómago. Y ahí está, para mí, parte de la importancia del sábado: no trae solo recuerdos. Trae historia viva. Que es otra cosa bastante distinta.

The Charlatans completan otra parte de ese mapa británico. Porque podrían presentarse solo como reliquia Madchester, como postal noventera para gente que aún guarda camisetas encogidas en el armario, pero la cosa no va solo de eso. Llegan con material reciente, con repertorio nuevo y con esa condición rara de banda que ha sobrevivido al tiempo, a las modas y a las tragedias sin convertirse del todo en figuras de cera
Hay grupos que envejecen como monumentos turísticos: se visitan, se fotografían y luego uno sigue andando. The Charlatans, al menos sobre el papel, siguen pareciendo una casa con las luces encendidas. Y eso se agradece.

Luego están Redd Kross, que quizá sean el nombre menos obvio del cartel. Y precisamente por eso me parecen uno de los más sabrosos. Banda de culto de verdad, no de esas que se llaman “de culto” porque las escuchan quince personas y doce son familiares. Power pop, punk, glam, psicodelia, ruido californiano, humor raro, melodías con azúcar y cuchillo. Su presencia en Armilla tiene algo de plato fuera de carta. De cosa que no va a todo el mundo, pero que para quien sabe leer la letra pequeña puede acabar siendo uno de los grandes regalos del festival. Y ya que hablamos de gastronomía, no está mal que también haya delicatessen musical.

A todo eso se suma La M.O.D.A., que juega en otra frecuencia, pero con una eficacia directa: la del directo convertido en plaza pública. Lo suyo no es el mito anglosajón ni la arqueología alternativa. Lo suyo es más cercano, más terrestre, más de cantar con los demás como si eso arreglara algo durante cuatro minutos. No arregla nada, claro. Pero a veces lo disimula bastante bien.

Y abrir el sábado con Los Coronas también tiene sentido. Sin grandes discursos, sin literatura innecesaria, sin cantante que venga a explicarnos la vida. Surf instrumental, oficio, carretera y ese punto fronterizo que convierte cualquier escenario en una película donde nadie sabe muy bien si va a aparecer una ola, un revólver o un señor con una camisa imposible. Son una forma magnífica de empezar la jornada sin pedir permiso.

Por eso el sábado importa. Porque puede ser el día en que Degusta Fest Armilla deje de verse solo como una idea simpática —música y comida, plan familiar, buen ambiente, venga, vamos a probar— y empiece a percibirse como una cita con personalidad. Un festival que no solo junta nombres, sino que empieza a afinar un carácter. Y eso es bastante más difícil que contratar grande. Grande contrata cualquiera con presupuesto. Tener criterio ya es otro guiso.

La gastronomía, en ese contexto, debería acompañar sin comerse el cartel. No funcionar como adorno moderno ni como excusa premium, sino como parte natural del día: comer bien, escuchar bien, moverse bien, y estar simplemente a gusto. Si Degusta consigue eso, habrá encontrado una grieta muy interesante: la del festival disfrutable sin renunciar al músculo y sudor.

Los abonos de dos días se venden en Ticketmaster a partir de 99 euros, mientras que las de días sueltos se venden a 66 euros.