Crónica del concierto de Greta Van Fleet en Madrid (Wizink Center)

Por Javier Benítez 0

Greta Van Fleet en Madrid

Mucho se habían hecho esperar Greta Van Fleet para tocar en Madrid. Después de aquel primer concierto en el Mad Cool 2019, que por formato y duración se quedó en un mero aperitivo, no habían traído una gira real hasta la fecha. Y muchos demandábamos un show con mayúsculas, con ellos como artista principal y todo el tiempo del mundo para tocar. Y vaya si lo tuvieron. Quizás demasiado.

Antes de los de Michigan tocaron los ingleses Black Honey. Una propuesta energética en forma de cuarteto, con cierto parecido musical (e incluso estético, en su frontwoman) con los legendarios Hole. “Lemonade”, su más reciente single, parece sacado de la edad dorada del grunge. Pudimos encontrar melodías noventeras, espíritu lo-fi y alguna guitarra surf, en un cóctel perfecto para caldear en ambiente y dejar el terreno preparado a Greta van Fleet.

Así que allí estábamos esperando a que saliesen la banda llamada a abanderar el revival del rock de los 70. Un enorme telón con el triángulo-logo del último disco de Greta Van Fleet, Starcatcher, tapaba la parte frontal del escenario. De fondo se notaba el movimiento propio de cuando algo gordo va a suceder. Empezó a sonar una pieza orquestal que incluía melodías de su último disco, lo cual sobre el papel es una buena idea…hasta que la pieza lleva demasiados minutos sonando y empieza a parecer excesiva. Esto sería una constante en el show de esta noche: bonito, potente, pero excesivo.

Cae el telón y aparecen los componentes de Greta Van Fleet en el centro del escenario, ataviados como superhéroes glam. Hay que reconocer que tienen imagen. Saludan y van directamente a tocar. Sin rodeos atacan “The Falling Sky” y “The Indigo Streak”, ambas del nuevo disco. Y es que tocaron casi todas las canciones de Starcatcher que junto a The Battle at Garden’s Gate, su anterior disco, vertebró el concierto de anoche.

Muy pronto cae la dupla “Meeting the Master” y “Heat Above”, probablemente mis dos canciones favoritas de la banda. La voz de Josh Kiszka es real y apabulla por momentos. Poco después suena “Highway Tune”, la canción con la que se dieron a conocer para el gran público. En este punto el concierto es una apisonadora, pero uno se empieza a preguntar qué van a dejar para el final.

Después de eso llega el primero de los solos. Danny Wagner nos obsequia con un extenso solo de batería, bien ejecutado, que parece que va a acabar en varias ocasiones… para remontar otra vez. Interesante, pero demasiado largo.

Montan un set acústico en el que Wagner “descansa” tocando una mandolina (con bastante solvencia, por cierto). Josh Kiszka abre esta sección cantando la archifamosa “Unchained Melody” a capella y después la banda ataca con la solvente “Waited All your Life” y, para sorpresa de todos, “Black Moon Rising”, otra de sus canciones emblemáticas. En versión acústica. Repito ¿qué van a dejar para el final? Hay que decir que a estas alturas ya no se nota solo la influencia de esa gran banda de los 60 y 70 con la que siempre se les ha relacionado, y que me niego a nombrar en este artículo. Además, hay mucho de Yes en su parte más acústica, bastante de The Doors en el uso de teclados. Y algo de Queen, sobre todo en la manera de llevar el show de Josh Kiszka, parecida por momentos a la del gran Freddie Mercury.

Otro cambio de vestuario, otra reorganización de los instrumentos, y el problema se empieza a hacer más evidente. Sale la banda sin Josh y su gemelo Jake se recrea en otro larguísimo solo, que al principio asombra y después aburre. El anticlimax es evidente. Al menos el joven guitarrista parece disfrutar de verdad mientras toca.

La banda encara la parte final del concierto con la potentísima “Fate of the Faithful”, canción que abre su último disco, y después la cosa se pone algo más tibia con “Sacred the Thread” y “The Archer”. La banda se despide pero todos sospechamos que aún no se ha dicho la última palabra.

Vuelven a salir después de unos minutos y observamos con horror como el bajista/teclista Sam Kiszka empieza a acometer “Rhapsody in Blue” en el piano, que aunque es una preciosa melodía parece presagiar otro extensísimo solo, pero se queda en una breve introducción para la bella “Light my Love”. Ahora sí, Josh se despide en nombre de la banda y termina con la sosa “Farewell for Now”, que solo encaja en este momento por el título.

Tenemos delante a una banda que lo tiene todo: maestría técnica, presencia escénica y, lo más importante, grandes canciones. Pero me voy con la sensación de que el show está mal diseñado. O quizás sobrediseñado. Se agradece un poco de pirotecnia, se agradece ver a Josh repartiendo rosas blancas, y ese tipo de cosas. Pero al final tenemos demasiadas pausas, solos fuera de contexto que son demasiado largos…Los peores tics del rock de estadio se hacen muy evidentes aquí. Pero detalles aparte, uno se va con la sensación de haber visto algo grande. Una banda joven y compenetrada con un brillante porvenir. Nos quedamos con ese inmenso potencial de Greta Van Fleet, que ya es una realidad, y miramos al futuro con optimismo pensando que aún les queda mucha música por hacer.

Foto de portada por Christian Bertrand.