«Vampires» de Osamu Tezuka
Por 20 enero, 2024 23:400

848 páginas del dios del manga debería ser razón más que suficiente para lanzarse a la lectura compulsiva de este “Vampires”, seguramente, una de las piezas más importantes dentro del universo sin fin tezukiano. No en vano, estamos ante el punto de inflexión entre la época Walt Disney y la posterior experimentación con las formas dentro de la oscuridad y crítica devastadora de clásicos incontestables como “MW”, “Adolf” o “Bárbara”, reeditada recientemente por Planeta Agostini. Estos no son más que tres cómics de excepción entre decenas de reclamos totalmente recomendables para toda alma necesitada de una excusa para adentrarse en el universo Tezuka.
Como bien decía antes, quizá “Vampires” no se encuentre a la altura de títulos como los citados previamente, pero igualmente estamos hablando de un Tezuka de pura cepa. Uno al servicio de las necesidades del genio nipón por seguir desarrollando su capacidad de hibridación estilística, dentro de una yinkana fabulosa, donde caben géneros como el terror, la comedia, el drama, la aventura y el thriller en un mismo espacio narrativo. El resultado es sorprendente y define muchas de las constantes creativas que Tezuka seguirá recreando de forma más fluida incluso en colecciones posteriores.
El encanto de “Vampires” está cifrado en diferentes puntos de empatía e incluso autobiográficos. No en vano, al igual que hace en otras muchas ocasiones, el propio Tezuka fluye entre las viñetas como un personaje más del manga. Uno que ayuda a Toppei (protagonista central) a hacer realidad su sueño de convertirse en magaka en nada menos que Mushi Productions.
La metatextualidad acaba siendo otro de los cepos narrativos de tan recomendable incursión hasta el mismo epicentro de la metodología tezukiana. La misma que en este fabuloso tomo nos arrastra a un relato donde se mezclan temas vampíricos con otros como la libertad personal o la discriminación, que sólo Tezuka es capaz de mostrar sin necesidad de sonar pretencioso ni oportunista.
A todo esto, no podía terminar sin subrayar la excelencia de Tezuka con los lápices, una nueva demostración de genio que bien vale como excusa mayor para subrayar el disfrute sin altibajos que proporciona la lectura y visionado de un manga tan notable como éste.
