El Mato y León Benavente en el Bótanico

Por Armando Rendón 0

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Contra el calor, la música en directo y un entorno propio de El Bosco: Él Mató y León Benavente en Noches del Botánico.

Las bandas argentina y española reviven el duelo, como si de la finalísima del mundial se tratase, con dos conciertos de casi hora y media que confirmaron la buena salud del rock independiente en castellano. En este caso el final fue el esperado: ganamos todos.

El calor también figuraba en el cartel. No aparecía impreso junto a los nombres de Él Mató a un Policía Motorizado y León Benavente, pero estuvo presente desde la apertura de puertas, pegado a la ropa y poniendo a prueba la resistencia de un público que acudía al Real Jardín Botánico  dispuesto a completar casi tres horas de música y sudar, nunca mejor dicho, la camiseta. La velada del 23 de julio reunía a dos de las bandas fundamentales del rock independiente en castellano a ambos lados del Atlántico. Y lo hacía, además, pocos días después de que España derrotara precisamente a Argentina en la final del Mundial.

Él Mató a un Policía Motorizado tuvo que enfrentarse a la parte más ingrata de la jornada. Salir al escenario cuando el sol todavía golpea de frente obliga a competir contra algo más poderoso que cualquier amplificador. Pero los de La Plata conocen bien el oficio de avanzar sin demasiados aspavientos, dejando que sean las canciones las que vayan construyendo lentamente el concierto.

Santiago Motorizado apareció con su habitual actitud entre tímida, distante y entrañable. No necesita grandes discursos ni desplazarse compulsivamente por el escenario. Le basta con agarrarse al bajo, acercarse al micrófono y cantar con esa voz grave que parece llegar desde algún lugar situado entre la melancolía adolescente y el cansancio adulto.

El grupo fue levantando su particular muro de guitarras alrededor de unas composiciones que hablan de amistad, derrotas, recuerdos, noches que se terminan y personas a las que seguimos buscando incluso cuando sabemos que ya no van a volver. Él Mató lleva años demostrando que detrás de su aparente sencillez existe una de las colecciones de canciones más reconocibles del indie latinoamericano. Son temas que permiten cantar con los brazos levantados, pero también quedarse quieto, mirando al escenario como quien intenta ordenar determinados episodios de su propia vida.

Uno de los momentos más emotivos llegó con “El tesoro” y su frase «cuidarte siempre a vos en la derrota», proyectada en las pantallas junto a imágenes de Lionel Messi después de la final del Mundial. La referencia tenía algo de broma, algo de resignación y bastante de emoción compartida. Porque cuatro días después de que España se proclamara campeona frente a Argentina, el público madrileño coreaba las canciones de una banda argentina sin necesidad de levantar ninguna frontera.

Mientras avanzaba la actuación, la luz fue transformándose. El cielo adquirió un tono naranja y grisáceo, inquietante y hermoso al mismo tiempo, provocado por los incendios cercanos de Almorox. Aquel crepúsculo extraño terminó acompañando el tramo final del concierto, como si el escenario necesitara un último elemento visual para completar la atmósfera.

Tras aproximadamente una hora y media, Él Mató cerró con “Mi próximo movimiento”. Antes de marcharse, Santiago Motorizado dejó una última frase que resumió el espíritu conciliador de la noche: «Gracias, amigos de Madrid, y felicidades por la Copa del Mundo». Dicho por un argentino ante un público español, el gesto tuvo más elegancia que muchas ceremonias institucionales y sirvió para cerrar definitivamente cualquier rivalidad pendiente.

Después llegó la noche. Y con ella, León Benavente.

Si Él Mató construye sus conciertos desde la emoción contenida y la acumulación de capas, León Benavente trabaja desde el impacto físico. Su música golpea, avanza y obliga al cuerpo a participar. La batería, los sintetizadores y los bajos funcionan como una maquinaria industrial sobre la que Abraham Boba interpreta cada canción como si estuviera defendiendo un discurso urgente.

La banda abrió con “Úsame / tírame” y dejó claro desde el principio que no había llegado para limitarse a repasar un repertorio. León Benavente entiende el directo como una representación completa: iluminación, electrónica, percusión, tensión corporal y un vocalista capaz de convertir cada gesto en parte de la canción.

Sonaron piezas como “Gloria”, “A la moda”, “Tipo D” y “Ser brigada”, enlazadas con una precisión que, lejos de restarles espontaneidad, aumentaba su potencia. El grupo ha incorporado cada vez más electrónica a su lenguaje, pero sin perder la pegada del rock ni ese componente de agitación política, social y existencial que atraviesa buena parte de sus letras.

Abraham Boba recordó que esta era la tercera participación de León Benavente en Noches del Botánico y felicitó al festival por su décimo aniversario. Después pidió al público que se levantara para cantar “La ribera” a pleno pulmón. A esas alturas, la temperatura seguía siendo elevada, pero ya no importaba demasiado. El concierto se había convertido en una sucesión de movimientos colectivos, aplausos, saltos y brazos en alto.

El desenlace llegó con “Ayer salí”, probablemente la canción más adecuada para terminar una actuación de León Benavente. Boba abandonó el escenario, se introdujo entre los asistentes y cantó rodeado por el público. No fue el habitual gesto calculado de quien baja únicamente para hacerse una fotografía. Permaneció allí, mezclado con la gente, convirtiendo por unos minutos la pista en una prolongación del escenario. Después regresó, tomó unas baquetas, golpeó las percusiones y terminó lanzándolas al público.

También León Benavente estuvo cerca de la hora y media. Tiempo suficiente para demostrar que pocas bandas españolas poseen actualmente un directo tan trabajado, físico y contundente. Puede gustar más o menos su evolución electrónica, pero resulta difícil discutir la intensidad con la que defienden cada canción.